Gente desagradable

Silvana Melo

Siete de cada diez niños son pobres en Santiago del Estero. La misma tierra cansina de siesta interminable en el verano hacia donde hay ganas de trasladar la capital. La misma donde Gerardo Zamora hizo construir dos torres de estética neoyorkina frente a las villas que rodean el corazón santiagueño.

Casi el 50% de los misioneros transcurrió el año pasado mirando hacia arriba el índice de pobreza. Cerca del 22 % quedaron confinados bajo los índices de indigencia. La misma provincia donde Maurice Clos gastó 830 mil pesos en megustas de Facebook y clicks de Google. La misma donde en 2010 murieron más de 300 niños por desnutrición. Es decir, por hambre.

El 40% de los tucumanos son pobres. 335 mil personas en el Gran Tucumán y Tafí Viejo, según los cálculos de la CTA. 34 mil personas según el Indec tucumano, que tiene la cara y los gestos de José Alperovich. El mismo que estaba usando el avión sanitario cuando se necesitaba para salvar la vida de una nena. El mismo que calcula la baja en la desnutrición a partir de la talla de los guardapolvos. El mismo que decide cuál va a ser el criterio de medición de la desnutrición para que los niños se conviertan en sanos y fuertes en las estadísticas aunque sean, en la realidad, flaquitos, petisos y con languidez cognitiva.

Sergio Berni se cuelga de un helicóptero para operar, grandiosamente, sobre los desterrados de Lugano y los cesanteados de Lear. El mismo que juega al superhéroe con Macri, que no se ensucia las manos nunca. Pero envía su fuerza de choque a diluir cualquier chispa de resistencia. El mismo cuya imagen pública trepó a la cúspide cuando blanqueó su RH de mano dura y de xenofobia selectiva: los migrantes limítrofes son pobres, morenos, delincuentes y pueblan las villas que han desbordado su obesidad en los últimos veinte años. La mayor parte son paraguayos en la 21-24. La mayor parte son bolivianos en la 1.11.14.

Tanto Sergio Berni como Mauricio Macri son hijos de la xenofobia institucionalizada de los 90, cuando el distinguido canciller Guido Di Tella pronosticaba que “en el 2020 el 20% de la población será boliviana o paraguaya”. Hoy, seis años antes, La Nación titula “el 20% de los delitos son cometidos por extranjeros”. El mismo Di Tella definía el modelo apuntado en Estados Unidos: “We want to be near the rich and the beautiful” (“Queremos estar cerca de los ricos y los bellos”), y “We don’t want to be with the horrible people” (“No queremos estar con gente desagradable”).

La gente desagradable de Di Tella y los extranjeros de Berni y Macri se parecen demasiado a los jujeños, a los misioneros, a los correntinos, a los santiagueños que migran de los feudos clientelares donde el empleo surge de la administración pública y si no es el empleo son los planes o el confinamiento en la marginalidad extrema. Las villas y los asentamientos están atestados de ellos. Que tampoco son ricos y bellos

Las llaman las Torres Gemelas santiagueñas. Es un edificio con aires de Dubai. Pero en el corazón de una de las provincias más pobres del país. Donde el modelo de los agronegocios avanza como una topadora sobre los bosques y las chacritas, alfombra de soja los campos, cerca las escuelas con alambre y rehoga la tierra con la sangre de campesinos que se plantan a resistir la marea.

En ese enclave, en esa herida plantearon primero Julián Domínguez y luego Cristina Fernández el traslado de la capital federal. Allí donde el día se plancha con 50 grados en veranos extendidos, se mudarían funcionarios, estatales, concesionarios, satélites y arribistas, miles de aparatos de aire acondicionado y la explosión del sistema energético santiagueño. La resignación nativa, con el castigo esculpido en la piel, los verá pasar, ahogarse y partir. Y para ellos no cambiará nada. Sólo Gerardo Zamora por Claudia Ledesma de Zamora. Y después viceversa.

Desde las torres se ven las barriadas chatas de los confines. Un 50% de los santiagueños no tiene vivienda digna. La metáfora brutal del Sheraton desde la 31 se replica mansamente por las provincias del norte.

Se siente dueño de la maravilla. Maurice Clos, como Gerardo Zamora y José Alperovich, no podrá volver a postularse. Entonces busca un lugar hacia donde las locas aguas del Iguazú que deslumbraron a Alvar Núñez lo eyecten para el futuro venturoso que merece. Por eso coqueteó con Massa y ahora quiere ser vice de Scioli. Por eso, en una estrategia de marketing moderna, gastó 830 mil pesos para juntar fans en su página de Facebook y clicks en Google. En 2010 murieron 300 niños por hambre en Misiones.

El intendente del pueblo Alba Posse, Nelson Carvalho, decidió tomar medidas extremas con los chicos marginados y criminalizados por el Estado: determinó el toque de queda para los niños menores de 15 a partir de las 22. Al que encuentren, lo levantará un patrullero y lo depositará en la comisaría. Se trata de evitar “la vagancia, la drogadicción y el alcoholismo”. Se estudia la eliminación de los niños, como herramienta para terminar con el problema desde la raíz.

José Alperovich tampoco puede ser otra vez gobernador. Al menos en 2015. Pero está su esposa, que muda de tercera en la sucesión presidencial a primera en la sucesión gubernamental. Ella y el maleable Juan Luis Manzur –vicegobernador y a la vez Ministro de Salud de la Nación- serán seguramente la próxima fórmula oficial. Ella, dueña de frases inolvidables hacia la gente vulnerada de su provincia y de imágenes más inolvidables aun, montando un camello, de vacaciones en el hotel más caro de Emiratos Arabes. La impunidad y la pobreza extrema en los jardines de la República no entran en esa foto.

Los chicos que vivían en Lugano perdieron sus lápices, sus guardapolvos y sus zapatillas bajo las topadoras. Perdieron sus escuelas cuando los cargaron para llevarlos a un parador a diez kilómetros. Donde si quieren ir a clase no pueden comer porque el viaje es larguísimo. Y los horarios de almuerzo son estrictos. Los chicos que vivían en Lugano no tienen techo ni suelo amigo donde pisar. Son nadie y viven en la nada. Los desalojaron sin identidad. Sin documentos. Sin conejo de peluche. Son nadie y viven en la nada. Mientras Sergio Berni se cuelga de los helicópteros. Y Mauricio Macri no se ensucia las manos.

Tan parecidos, ellos, a los misioneros flacos y de patitas coloradas, tan parecidos a los tucumanitos arrasados por el hambre y el paco, tan parecidos ellos a los siete de cada diez santiagueños que son pobres y que pasan la siesta en los charcos linderos a los sembrados. Migaja tóxica para los que quedaron afuera.

Tan parecidos todos ellos. Gente desagradable que se expulsa o se barre bajo la alfombra.

Debajo de los dueños de este mundo.

*Agencia de Noticias Pelota de Trapo
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