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Para La Libertad

Periodismo de Intervención social

DEDICADO A LA MEMORIA HISTÓRICA DE AGUSTÍN RAMÍREZ

Cultura contra natura

Por Alfredo Grande/APe).- Como he contado varias veces, fui rodeado en mi infancia por algunas tías locas. Incluso quizá psicóticas. Gracias a eso, nunca me importó demasiado entender qué era normal y qué no lo era. Para mí era suficiente mirar el rostro de mis tías. Recuerdo cuando le pregunté a una de ellas, con el asombro que nunca perdí y el entusiasmo que a veces me falta, “por qué los duraznos al natural venían en lata”. La publicidad decía “de la naturaleza a su mesa”. Pero en la naturaleza no había árboles con latas de durazno. La respuesta de mi tía fue determinante para poder entender lo que décadas después llamaría cultura represora. “Cállate y seguí comiendo”. O sea: La evidencia no debe ser interpelada, sino simplemente aceptada.

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Mis tías han pasado a mejor vida, al menos eso deseo. En cierto sentido yo también, aunque no siempre. En esta mejor vida, que ya lleva 69 años, me di cuenta de que una lata de durazno era uno de los símbolos más adecuados para ilustrar la cultura contra natura. Freud, apoyado en el trabajo de antropólogos, establece que el pasaje de la naturaleza a la cultura es la matanza del proto padre. El déspota primordial. Y por lo tanto el pasaje de la horda a la alianza fraterna. Al decir de León Rozitchner, el pasaje del último colectivo natural (la horda) al primer colectivo cultural (la alianza).

Entre naturaleza y cultura habría un tránsito, un continuo, incluso con momentos donde el proceso se invierte y la racionalidad cambia de signo. Un ejemplo de ello es cuando decimos, como insulto, “sos un animal”. En realidad siempre somos animales, y es cuando mejor hacemos las cosas. El problema es cuando ese animal queda domesticado y se convierte en esclavo de las nuevas formas de “protopadre”. Y en palabras de Mariano Moreno, asesinado por un integrante de Cambiemos, digo, de la Primera Junta, “el destino será cambiar de tirano sin terminar con la tiranía”.

La cultura contra natura es lo que hoy denomino cultura represora. ¿Represora de qué? De nuestra animalidad. Y de todo aquello que la posibilita. La tierra, el aire, el agua. La catástrofe ambiental es el extremo límite de esta cultura represora. Empezó reprimiendo todos los deseos y ahora arrasa con toda posibilidad de satisfacer las necesidades. Entonces aparecen estrategias de supervivencia monstruosas. Los pibes chorros, al ejemplo. La animalidad ha sido clonada y el instinto de supervivencia se ha convertido en una máquina de matar. Los efectos son tan devastadores que muy pocas se asoman a evaluar las causas. La ley penal juvenil es un ejemplo, en realidad, un pésimo ejemplo, de esto. Patéticos funcionarios, copias actuales del protopadre, que insisten en explicarnos cómo se debe proceder frente a la tragedia que ellos mismos han generado.

Ni siquiera son el veneno de la serpiente, que al menos permite fabricar su antídoto. No hay antídoto para los asesinos seriales que han administrado con diferentes recursos, incluso democráticos, diferentes formas de solución final. Siempre dije que para la derecha es una solución aquello que para la izquierda es un problema. El hambre, por ejemplo. Alimentamos cerdos en china y hambreamos a nuestros niños y niñas. Soja si, trigo no

La cultura contra natura arrasa con sus propios orígenes, los pervierte, y como nadie puede sostenerse con un pincel, inventa, delira y alucina sus propios orígenes. Los argentinos descendemos de los barcos. En este país no hay problemas raciales. Argentina granero del mundo. Aunque ahora nos resignemos a ser el supermercado del mundo. Al mundo en 50 cuotas. Y en forma simultánea, toda forma de “natura” es arrasada.

Pontificamos contra la “naturalización del conflicto social”. Vale. Pero seguimos arrasando la naturaleza. No vale más. Naturalización es lo opuesto a natura. Porque la natura tiene razones que el mercado, artefacto nunca entenderá. El más simple: los recursos no son renovables. Como dije ayer en una jornada organizada por el Colectivo de Psicoanálisis Implicado del Comahue: “debemos entender lo que dijo Bertold Brecht: ya es tarde”.

La cultura represora siempre denominó “contra natura” a las formas culturales que escapan a sus determinaciones, mandatos, bulas, leyes. La animalidad fue sofocada, condenada, torturada. El cuerpo sometido a toda forma de vejamen, de escarnio, de sufrimiento. Destroza el cuerpo y quebrarás la mente, es el catecismo del torturador. También serial. También funcionario.

Pero la derecha siempre tiene razón, aunque es una razón represora. Porque la cultura represora exterminó todas las formas de cultura que pretendieron enfrentar al fundante represor de la cultura. Por eso demonizó a la natura, a los naturales, a los originarios, a los ocupantes de la tierra. Nunca pudieron entender que aquello que encontramos al llegar, no es propiedad de nadie. La natura ya estaba, y entonces ser dueño de la tierra, ser dueño del agua, ser dueño del aire, no es un acto de propiedad, sino de vandalismo. De usurpación. De exterminio. Y la natura es también nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras luchas, nuestra espiritualidad.

Cuando llegamos a este mundo, este mundo nos esperaba con los deseos, los anhelos, las luchas y la espiritualidad de las generaciones pasadas. De nuestros ancestros. De nuestros antiguos. La cultura represora a través de sus armas de persuasión permanente, que algunos llaman historia oficial, arrasa con la memoria histórica. Toda lucha empieza como si fuera la primera, como nos enseñara Rodolfo Walsh. Creamos fetiches. Pero la parte, por hipertrofiada que sea, nunca dará cuenta del todo.

“La Cámpora” no dará cuenta de lo que fue la masacre fascista perpetrada por la derecha peronista. La patria socialista por la que lucharon tantas y tantos, hundida en el pantano de la alianza anticomunista argentina (que algunos llaman AAA). La cultura contra natura también arrasa con la natura rebelde y revolucionaria del sujeto.

De ciudadano a consumidor, de consumidor a contribuyente, IVA mediante. Por eso resulta indispensable que la memoria histórica sea preservada en los museos de la militancia. “El pasado lunes 5 de junio se cumplió el 29 aniversario del secuestro, tortura y asesinato del joven militante de las Comunidades Eclesiales de Base Agustín Ramírez. Por esta ocasión se llevó adelante en la sede del SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia) una conferencia de prensa en donde se anunció la presentación del caso ante la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos). La jornada contó con la presencia de Pablo Pimentel de la APDH de La Matanza; Alejandro Bois, abogado de la familia; Adolfo Pérez Esquivel, Presidente del SERPAJ; Alberto Santillán, padre de Darío Santillán; Francisca Quintana, Madre de Agustín y los hermanos de Ramírez. (Por ANCAP-La Retaguardia-FM La Barriada).

Invitado por Pablo Pimentel, presidí un tribunal ético para juzgar el asesinato de Agustín. Se realizó en la Universidad de Quilmes y en el tribunal estuvo la imprescindible Norita Cortiñas. El joven militante desafió los mandatos de la cultura represora. Entendió que la natura es, también, la vivienda digna. No hubo piedad. Ni la habrá. Pero hay algo que la cultura represora nunca entenderá.

Ni siquiera lo entendió Cornelio Saavedra, probable instigador del asesinato de Mariano Moreno. Y lo que no entendió es que se necesitaba mucha agua, pero nunca logró apagar el fuego. Por eso a pesar de las pesadillas capitalistas, en su formato neoliberal, seguimos con nuestra mas secreta esperanza: donde hubo fuego… las brasas quedan. Y esas brasas, con nuevos vientos, lograrán prender nuevos fuegos.