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Para La Libertad

Periodismo de Intervención social

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LOHANA BERKINS

Poner el cuerpo

(APL) “A diferencia de muchas identidades, el travestismo se forja en un contexto de violencia. La primera es la violencia familiar, que va del maltrato hasta la expulsión de ese niño o niña de su hogar para desterrar el pecado del living familiar. Después viene la violencia que se empieza a sufrir en la calle. Y, luego, la brutal transformación del cuerpo, que no se da en un marco de cuidado porque el Estado, cuando no te mata a balazos o a golpes, se desentiende de tus necesidades. Además, está la intrínseca relación con la prostitución, lo que plantea otro contexto de violencia. Hay que tener mucho coraje y bastante valor para atreverse a ser travesti. (…) “si acaso alguien me amara, yo desearía que sin ningún tipo de prejuicios él dijera: “mi compañera es una travesti”. Quisiera, con toda mi alma, que ese revolucionario fuera capaz de sentir y gritar a los cuatro vientos: amo a una travesti y se llama Lohana Berkins”. Fragmento de la extensa entrevista publicada en el libro “Ardiente y Pasional. Dolores y rebeldías de la Argentina misma” realizado por Castelnovo (Ediciones Desde la Gente/2004), donde Lohana hizo un recorrido minucioso de su intensa vida. Hoy la querida militante revolucionaria partió, aunque nos dejo un inmenso legado de lucha, toda su fuerza y su furia travesti. ¡Hasta la victoria, siempre, Lohana!

Lohana

Su partida de nacimiento afirma que nació en Tartagal, Salta; pero es mentira: llegó al mundo en Yacuiba, Bolivia. El mismo documento sostiene que es varón, cosa que tampoco es cierta. A su vez, esa partida certifica que masculinamente se llama–supongamos- Juan Pérez, aunque ese nombre y apellido en nada se corresponden con la realidad. Sucede que en la Argentina y en buena parte del mundo todos la reconocen como Lohana Berkins.
¿Quién es ella en realidad? ¿Tal vez una ficción montada por un burócrata trasnochado? ¿Quizá una mentira encubierta que se desvela a cada paso? Definitivamente no. Ella es de carne y hueso, tiene una voz capaz de destapar conciencias con sus denuncias en todo el planeta y, ante todo, un alma empecinada en desafiar las reglas. A saber: refutó el mandato de su propia biología; contrarió el nombre que le habían puesto ante el Estado burgués; contradijo la voluntad de su padre, ex militar en la católica Salta; fue una mujer atrapada en un cuerpo de varón; resistió las humillaciones padecidas en innumerables comisarías y cárceles durante más de siete años (si se suman sus días de detención); se forjó comunista en medio de la brutal avanzada del neoliberalismo exitoso de la Argentina; puso el cuerpo para prostituirse, primero, y luego para rescatarse a sí misma y a tantas otras como ella. Fue así que su cuerpo, su voz y su alma se unieron para impulsar una lucha por la legitimidad de un deseo, el respeto a una identidad y el derecho a la vida. Fue así que desde los arrabales lascivos de Salta, – desde el prostibulario barrio Villa San Antonio- llegó a las Naciones Unidas, Sudáfrica, Roma, Nueva York y San Francisco, donde le otorgaron un reconocimiento mundial a su lucha en defensa de los perseguidos, entre más de 500 luchadores postulados. También llamó a las cosas por su nombre. Luego de un largo proceso en el cual se desarticuló y rearmó su humanidad, varias veces, afirma que no es varón ni mujer: es travesti. Ahora bien, si no es mujer y si según su propia definición pertenece a un género distinto, ¿por qué Lohana Berkins, transgrediendo las normas una vez más, puede o debe integrar un libro de reportajes a mujeres que desmienten lógicas? Así responde ella:

-Porque todas las desventuras que sufrí sucedieron por ser portadora de una feminidad que desafía a la cultura hegemónica que impone el sistema esquemático sexo-género: o sos varón o sos nena de acuerdo a los genitales con que naciste. Lógica binaria que rechazo de plano. Entonces, todo mi devenir y el de las compañeras travestis: desde la expulsión familiar y social, pasando por la cárcel, la prostitución, la persecución, y el cuerpo golpeado, hasta el desprecio soportado y el alma en pedazos, todo eso nos pasa por ser portadoras de esta feminidad y, a su vez, por renegar del privilegio de ser varones y de pertenecer a la supremacía. Yo parto de la idea de que este sistema binario sigue sosteniendo que sólo hay hombres y mujeres. A quien no se encuadra en esa norma, el poder tiende a encajarlo a la fuerza en uno de esos dos lugares con menoscabo y represión. Y ahí se entrecruza nuestra realidad con la de las mujeres: los que oprimen a las mujeres, cuando hablamos de hegemonía de género, son los mismos que nos avasallan a nosotras. En definitiva, sufrimos la represión cómo travestis por ser portadoras de esa parte femenina.

-Pero esta es una conclusión a la que llegas hoy. En otra época sostenías que tu identidad travesti era una forma distinta y singular de ser mujer.
-En realidad ni siquiera decía “identidad travesti”, así con todas las letras. Es que simplemente yo viví muchos años de mi vida, los primeros sobre todo, convencidísima de que era mujer. Creía que Dios se había equivocado, y que un día la sociedad se iba a dar cuenta de que yo era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. También tenía fantasías que hoy rechazo de plano: encontrar un marido, casarme con el príncipe azul y todas estas cosas. Aunque hoy las impugne, en su momento todas esas rotulaciones me eran funcionales y me servían como los únicos instrumentos que yo tenía para definirme y justificar mi existencia en el mundo. Creo que pasaba por ahí.

- En ese mismo sentido, ¿Qué recordás de tu infancia?
-Hay una cosa que graficaría exactamente esa etapa: mi primera comunión. Si bien mi familia no era precisamente atea, tampoco eran católicos fanáticos. Yo insistí para tomar la comunión, supongo que porque lo hacían todos los niños y porque de chica pude tomar decisiones. Recuerdo que mis compañeras estaban con sus vestiditos blancos y yo no. Todo el tiempo me fantaseaba que entraba a la Iglesia con la ropita blanca, con mis moños y que era la más linda de todas.

-Entonces, ¿Tomaste la comunión con el trajecito?
-No, menos mal. No tuve que ponerme el furioso traje con corbata de varón porque la tomé con guardapolvo. Yo siempre tuve facilidad de neutralizar la cuestión.

-¿Cuándo comenzaste a sentirte diferente?
-En la comunidad travesti se da un patrón repetitivo de las historias: el travestismo lo asumimos entre los ocho y los trece años de edad, y además no sé por qué razón la mayoría somos del noroeste. Te imaginarás la situación que se produce en esas ciudades cuando nosotras nos manifestamos abiertamente con nuestro deseo más íntimo de vivir como travestis: es directamente la expulsión del hogar. Entonces, comenzamos a vivir a esa temprana edad una orfandad no solo familiar, sino también social.

“Todavía sigo esperando”

-¿A qué edad te echaron de tu casa?
-A los trece. Al principio me fui como jugando y creyendo que mis padres por una cuestión lógica me iban a venir a buscar.

-¿Y…?
-Todavía sigo esperando.

-¿Qué características tenía tu familia?
-Nací en una familia con padre y madre. Previo a casarse con mi papá, mi mamá tuvo cuatro hijos en sus primeras nupcias. A su vez, mi padre tenía un chico de su primer matrimonio. Después juntos tuvieron ocho críos más. Lo cual suma 13 en total.

-¿Todos sabían todo?
-No. De hecho, si tuviera que dar una característica de mi familia diría que estuvo muy signada de silencios. Nunca se hablaba nada, nunca se explicaba nada. Las cosas sucedían, lo que era evidente era evidente. Por ejemplo, de los hijos de mi mamá y de mi papá nos enteramos muchos años después, siendo más bien grandecitos. Los cuatro de mi mamá se habían quedado con su respectivo padre, y el de mi papá con su madre.

-¿Dónde vivían?
-Por entonces yo vivía en Salvador Maza, que es un pueblo fronterizo con Bolivia. Pero en realidad nací en Bolivia, en Yacuiba. Aunque estoy asentada legalmente en Tartagal, Salta.

-¿Y por qué naciste en Bolivia si no vivían allí?
-Porque mi mamá iba a tenernos en Bolivia. Supongo que lo haría porque ella era boliviana, aunque no asumía mucho que lo fuera. Era una mujer que medía 1,70, la recuerdo muy blanca, muy bella, con el pelo negro, muy flaquita y bien vestida. Mi mamá venía de un origen muy pobre, en cambio mi papá no. Cuando se casaron mi padre trabajaba en YPF y ganaba muy buen dinero. Ella en seguidita se convirtió en una especie de super dama.

-¿Pero ella quería que fueran bolivianos?
-No lo sé. Había esa cuestión de los silencios, nunca nos explicaron por qué.

-¿Quién era tu papá?
-Él había sido marino. Se retiró muchísimos años antes de la última dictadura y entró a trabajar en YPF. Siempre nos contaba que había navegado en la Fragata Libertad. Era un tipo muy instruido, muy inteligente. En YPF ocupaba cargos muy altos, y como jefe tenía a 200 o 300 personas a su cargo en el área de perforación. Y también era gremialista.

-¿Podrías recordar la escena de cuando te echaron de tu casa?
-Mi papá se sentó en una mesa grande que teníamos, se notaba que con mucho esfuerzo, y dijo que quería hacerme un planteo: “esto ya no puede ser más”, recuerdo que dijo.

-¿Qué no podía ser más?
-No sé, no lo explicitaba. Dijo: “Yo no voy a seguir agachando la cabeza por vos. Esto ya se ha pasado de la raya. Mirá lo que te quiero decir…”. Y no lo decía, hasta que de golpe lo lanzó: “o te hacés bien hombre o te vas”. Esas fueron las palabras exactas. No me explicó qué era ser bien hombre, ni por qué me tenía que ir. Eso fue todo.

-¿Por ese entonces te vestías de mujer?
-No, yo nunca me vestí de mujer cuando era chica. Creo que habían varias cosas que molestaban de mi. En el Colegio San Francisco lo habían llamado a mi papá para cuestionarle mi comportamiento, mis constantes desobediencias al orden de la escuela. Por ejemplo, yo a los curas les cuestionaba todo, que por qué vivían así, que dónde estaba Dios, que por qué no tenían más actitud de pobreza. Y ellos decían que era un instituto de muchachos, que ahí sí que había que ir con uniforme y pantaloncito gris, camisa celestita, y corbatita y saco azul. Entonces ahí el problema no sólo era que fuera bien afeminado, sino también mis cuestionamientos. Un buen día le dijeron a mi viejo: “su hijo no viene más al colegio”.

-¿Tu mamá nunca intuyó nada sobre tu diferencia?
-Sí, en esa época nos mudábamos de pueblo a cada rato. Yo le contaba a mi mamá que en el lugar nuevo donde estábamos había conocido una niña muy bonita, que vestía bien y tenía una casa muy linda. Un día ella me miró y me dijo: “me parece que tu amiguita sos vos misma”. Entiendo que esa era mi manera de canalizar mi propia fantasía de lo que quería ser.

-¿Como nació el nombre Lohana?
-Cuando era niña tenía la certeza de ser mujer y que cuando fuera grande me iba que operar las tetas y me llamaría Ana, como mi mamá. Años más tarde, cuando empecé a alternar entre la prostitución en la calle y el cabaret, efectivamente me llamé Ana. En el cabaret rápidamente me convertí en una especie de figura. Y una amiga me sugirió cambiarme el nombre “porque Ana no dice nada”. Entonces comencé a pensar en otro que incluyera la palabra “Ana”, pero que además no fuera de los que conocía, como Yohana o Anabella. Buscaba algo más rimbombante. Recordé que un tío solía anteponerle a todo el artículo “lo” (lo Oscar, lo Adolfo, lo chicos, lo mesa, etc…). Cuando llegaba a casa y preguntaba por mi mamá, decía: “¿dónde está lo Ana?”. Ahí se me ocurrió fusionar este “lo Ana”, y le agregué la hache intermedia para que quede más fantástico. Así surgió Lohana. Berkins lo adopté cuando fui más grande y tuve de una historia de amor medio platónica con un chico norteamericano, cuyo apellido me sonaba parecido a como se pronuncia Berkins.

-¿Cuándo eras chica tenías amigos, amigas, novios?
-Tenía mi bandita: la Dalia, la Iris, la Odile, quienes eran mis amigas y chicas muy bonitas.

-¿Qué hacías con ellas?
-Eramos chicas de pueblo, las tremendas del pueblo. Todas eran más grandes que yo, y ellas salían con camioneros, que allá era “la” diversión. Bueno, y yo también fui novia de un par de camioneros cuando recién había entrado a la secundaria.

-¿A los trece?
-Si, la verdad es que era tremenda.

Singular feligresía

-¿Qué pasó después?
-Me fui metiendo en la calle, en un mundo que era muy difícil. Siendo aún niña tenía que negociar en un espacio de adultos. Así fue como conocí a La Pocha, una travesti salteña, que era la gran madraza de nosotras. Todas las que habíamos sido echadas de nuestros hogares íbamos a parar a su casa.

-¿De qué modo diste el paso de la casa paterna a la prostitución en la calle?
-Empezó como un juego. Había que vivir de algo y esa casa debíamos sustentarla, porque La Pocha no trabajaba. Había que poner lo que en el léxico travesti se llama “la diaria”. Pero insisto en que empezó como un juego y después se fue convirtiendo en la única forma de subsistencia, acompañado con la cárcel y golpizas.

-¿Cómo fue ese recorrido inicial?
-Me fui a Salta, así de bien atrevida, y llegué a la casa de mi tía, quien vive en un barrio. Una noche, por ejemplo, me fui al centro y me encontré con un chico (allá no se usa mucho la palabra gay, ese es un término de grandes ciudades. Se les dice maricas) Entonces me encontré con una marica y me dijo que podría trabajar en el Parque San Martín. Y aunque esa vez no llegué al Parque, ya presentía que quería buscar un mundo que estaba por ahí, y que era mi espacio, donde no iba a ser censurada. Eso lo pienso hoy, no en su momento, pero fue algo así como una búsqueda.

-¿Por qué no llegaste al Parque San Martín?
-Porque me llevaron presa. Ahí fue el inicio de un raid ininterrumpido de encierros, violaciones, abusos y maltrato. Creo que las travestis somos de las pocas personas que conocemos casi todas las cárceles y comisarías del país.

-¿Y de esa comisaría adónde fuiste a parar?
-A la casa de La Pocha. Ahí se vivía una estructura de hogar y también una economía cooperativa, donde compartíamos todo. La Pocha era la madre, la que impartía las reglas y nos cuidaba. Esa relación madre-hija travesti duró muchos años hasta que ella murió. Incluso todos los veranos volvía a su casa. La Pocha falleció hace unos años y su velorio fue como el gran acontecimiento en Salta. Hasta el propio gobernador le tuvo que mandar una corona. La casa quedaba en el barrio Villa San Antonio, que eran manzanas y manzanas de casitas donde las chicas y las travestis nos dedicábamos a la prostitución. En el invierno hace un frío que te la regalo y trabajábamos con los braseritos encendidos. El barrio queda en el bajo, a orillas del Río Arenales, un río de dos centímetros de agua que cruzábamos cuando venían los milicos a reprimir.

-¿Qué hacías ante la represión? – De acuerdo a cómo estaban de pesados los milicos iba rotando entre el Parque San Martín y el Cabaret 1514 hasta que volvía al barrio cuando amanaiba la persecución. Y así un día llegué al cabaret Macumba Internacional, de mejor nivel que el 1514, y conocí a la primera travesti con tetas: Mónica Mayo. Era una rubia descomunal, yo quedé enloquecida y la acribillé a preguntas sobre cómo había sido, cuándo, y cuánto. Confirmé mi sospecha de que nosotras podíamos tener tetas. Ahí dije “a mi no me para nadie” y me fui al centro de Salta. Me convertí en la primer travesti en hacerlo, porque el circuito céntrico era sólo para las mujeres prostitutas. Tuve mis problemas pero fui ganando posiciones centímetro a centímetro, paso a paso, cuadra a cuadra, con los codos, con las uñas, con los dientes, hasta llegar al podio, al sitio que todas las putas queríamos llegar: la esquina de la Catedral de Salta.

-Singular feligresía la que anhelaba ese espacio…
-Sí, ni te cuento el horror que causábamos. Estamos hablando del centro de la provincia más conservadora de la Argentina. Pero fijate la hipocresía: los mismos que se horrorizaban de día nos contrataban de noche.

-¿Cuánto te llevó llegar a esa esquina?
-Más de un año, varias palizas y muchas noches en cana. En el país gobernaba la dictadura. Yo tenía 15 años y recuerdo que me sentí una reina.

-¿A pesar de la cana y de los milicos?
-Sí. Todos los años yo era la Reina del Carnaval de Salta en la famosa murga “Los caballeros de la Noche”, que incluía sólo a travestis. Antes se llamaba “Arde París”, pero cuando los milicos llegaron con el gobernador Capitan Ulloa, no dejaban salir a murgas de travestis. Entonces mandamos a la hermana de La Pocha para que nos inscribiera y finalmente lo logró. Si le poníamos “Arde París” se iba a notar que había una relación directa con las mariconas, pero ¿quién iba a sospechar de Los Caballeros de la Noche? Cuando anotó la murga le preguntaron de qué era, y la hermana de La Pocha contestó que se trataba de chicas y muchachos disfrazados de época. Cuando llegamos al carnaval y salimos a desfilar, ¡la policía se puso loca! Por lo que al final fuimos todas presas. Muchas maricas se habían metido en otras murgas, pero de varones, nosotras insistimos en salir al carnaval siendo nosotras mismas.

-¿En qué otra ocasión te sentiste una reina?
-El día en que me miré desnuda frente al espejo luego de hacerme las tetas. Me las operó un médico en Brasil. Eran siliconas de verdad, no eran “siliconas para pobres”. Igualmente me agarró una infección y el médico no me dio ni bola, porque había sido una intervención ilegal, trucha, sin condiciones óptimas de higiene y cuidados. Aún así, ese fue el día más feliz de mi vida. Cuando vi que mi cuerpo tenía tetas no me importó del dolor, la fiebre, el riesgo, nada. Si hubiese muerto ahí, hubiese muerto feliz.

“Ser travesti te cuesta la vida”

-¿Qué son exactamente las siliconas para pobres?
-Se trata de aceite para aviones o para máquinas industriales que te inyecta otra travesti “especializada”, sin ninguna condición de asepsia. De hecho, esta práctica condujo a muchas compañeras a la muerte.

-¿Te aplicaste esas “siliconas”?
-Sí, en las caderas. No tenía miedo ni nada, era parte de lo que yo quería ser. Todas queríamos tener esas caderas turgentes, esas tetas tremendas, ser un mujerón, era el modelo de las travestis en su momento.

-¿Cuál es el promedio vida de las travestis?
-En casi toda América Latina no supera los 40 años. Una de las causas de muerte más recurrente son los asesinatos a manos de la policía, sin que nadie investigue nada: ni juez, ni Estado…nadie. Otra causa relevante es el uso indiscriminado de las cirugías, de las siliconas para pobres. Sucede que el sistema capitalista ha creado un modelo de mujer único: linda, dulce y muy bella, que es la que consume el patriarcado. Entonces, cuando vivimos nuestra realidad, cuya única alternativa de supervivencia es la prostitución, la sociedad nos dice “si este chico no quiere ser varón, pues que sea mujer”. Pero no cualquier mujer, una mina espléndida superbella, superpotra. Ese es el modelo que imponen. Y por distintas causas ser travesti te cuesta la vida. Ni más, ni menos. Además, mientras estás viva te cuesta dolor y humillaciones hasta el día de tu muerte. Es como si nuestro sufrimiento no fuera el mismo que el de otros seres humanos…para algunos habremos nacido en travestilandia. Si a mi cualquier dolor me interpela, ¿por qué a mucha gente no le interpela mi padecimiento? Como si lo mío perteneciera a otra especie de un planeta sin sentimientos.

-¿Nunca pensaste en operarte, en ser transexual?
-Si de chica siempre repetía “ya me voy a operar, ya me voy a operar…”.

-¿Y por qué no lo concretaste?
-Porque a partir de que tomo conciencia política, si algo me entristeció es el haber agredido a mi cuerpo. Nada de lo que yo me hice lo volvería a hacer.

-¿Nada?
-Bueno… solamente las tetas, pero mucho más chicas y buscaría todas las garantías médicas. Siento una especie de dolor por haber agredido mi cuerpo, que es lo que más amo. Creo que este sistema me había metido tanta mierda en la cabeza que a pesar de lo mucho que yo amo vivir no me importó ponerme en una camilla ilegal y morir. Mirá el nivel de inconciencia que tenía, que con tal de obtener una imagen no vacilé un segundo en exponer mi vida. También recurrentemente pienso que muchas amigas mías murieron en ese intento. Y es así como me encierro en dolores y en silencios. Tampoco juzgo a la travesti que las aplica, porque creo que tanto una como otra somos todas fruto de la mierda que te meten y de la ilegalidad y marginalidad en la que vivimos. Pero bueno, mis amigas murieron por causa de las siliconas.
Ese es otro error que nos impone la sociedad: que no sólo tengamos un cuerpo, sino que además sea visible en labios y tetas enormes. Pero la cuestión no pasa por ahí.

-¿Por dónde pasa?
-Está en lo más profundo de mí, no en la superficie. Una vez cuando estaba en la cárcel nos cortaron el pelo, nos cachetearon y nos pusieron ropa de varones. Había un milico que se llamaba Quiroga, lo miré y le dije: “Si querés vestime de gaucho, pero adentro soy Lohana Berkins”. Eso al milico lo quebró, porque la imagen tranquilizaba a su mirada, no a mí. Ahí adentro cuando nos hacían hacer un pozo, yo seguía siendo Lohana Berkins. Porque son muchos los elementos que constituyen a una persona y no solo la circunstancial realidad de sus genitales, ni de su ropa, el maquillaje y las cirujías, se trata de maneras de sentir, de pensar, de relacionarnos y de ver la realidad.

-De los hechos surge que parte de la identidad travesti es construida a partir de una violencia inevitable…
-Absolutamente. A diferencia de muchas identidades, el travestismo se forja en un contexto de violencia. La primera es la violencia familiar, que va del maltrato hasta la expulsión de ese niño o niña de su hogar para desterrar el pecado del living familiar. Después viene la violencia que se empieza a sufrir en la calle. Y, luego, la brutal transformación del cuerpo, que no se da en un marco de cuidado porque el Estado, cuando no te mata a balazos o a golpes, se desentiende de tus necesidades. Además, está la intrínseca relación con las prostitución, lo que plantea otro contexto de violencia. Hay que tener mucho coraje y bastante valor para atreverse a ser travesti.

-¿Qué es ser travesti?
-No lo sé con certeza, pero podemos reflexionar sobre el tema. Porque si algo cuestiono es que no hay una sola posibilidad de ser mujer, tampoco hay un solo modo de ser varón, ni una sola manera de ser nada. De la forma más primaria, más clara, travestis somos quiénes nos atrevemos a desafiar a un sistema sexo-género. Así nos convertimos en la prueba viviente de que quien nace con un genital puede construirse o autoconstruirse en otra identidad que no le haya sido asignada por esa relación sexo-género. Ser travesti es tener una actitud muy íntima y profunda de vivir un género distinto al que la sociedad asignó a su sexo. O sea, que quienes tenemos un pito podemos construirnos en una imagen femenina, o en otras imágenes y gozar en correspondencia, vivir sin miedo y ser felices. Con el paso del tiempo nosotras proponemos erradicar los encasillamientos en identidades preconstituídas por el mismo sistema opresor. En otras palabras, quiero decir que el travestismo constituye un giro hacia el no identitarismo, porque en la medida en que las identidades se convierten en definiciones señalan límites y se vuelven separatistas y excluyentes. Hoy tratamos de no pensar en sentido dicotómico o binario. Creemos que es posible convivir con el sexo que tenemos y construir un género distinto, propio, nuestro. Estoy convencida de que los seres humanos somos un punto de partida más que un punto de llegada, constituimos un largo proceso.

El activismo

-¿Cómo comienza tu activismo?
-Me inicié, mejor dicho me desperté, al conocer a las lesbianas feministas. Ellas empezaron a poner elementos en mí y desencadenaron una furia de lucha por justicia y reivindicaciones que eclosionan de manera instantánea cuando empiezo a descubrir que en el mundo había mucho más de lo que yo pensaba. Para mí fundar en 1992 la Asociación de Meretrices de la Argentina (AMAR) fue un primer paso muy importante, porque significó comenzar a ver qué nos pasaba y quiénes éramos.

¿De qué modo se inicia la lucha organizada en defensa de las travestis específicamente?
-Esta lucha política se inicia en el año 1992, cuando un grupo de compañeras forman la primera Asociación de Travestis Argentinas (ATA). Por entonces tuvimos el primer contacto con Carlos Jáuregui, integrante de Gays por los Derechos Civiles, y él no sólo nos brinda el apoyo, sino que nos impulsa a organizarnos. Recuerdo que nos dijo: “es la pata que le faltaba al movimiento”. Por ese entonces nosotras hicimos un Programa que se llama Construyendo la ciudadanía travesti. Ojo, no tiene nada que ver con la ciudadanía del liberalismo, sino que está expresado en un sentido mucho mas amplio y revolucionario. Allí apuntábamos a cuatro cosas: la educación, la salud, la vivienda y el trabajo. Recuerden que no gozamos de ninguno de los beneficios del Estado, sus planes sociales no nos llegan, según las definiciones no somos ni jefes ni jefas de Hogar, y no hay puestos de trabajo dignos para nosotras ya que nadie contrata a una travesti.

-¿Cómo fueron recibidas por el conjunto de organizaciones de gays y lesbianas?
-Una parte de estas organizaciones sintieron nuestra presencia como una invasión.

-¿Por qué?
-Algunas lesbianas discutían nuestro “femenino” y decían que nos organizáramos dentro del espacio gay, o sea que nos veían como una versión dentro de esa orientación sexual. Y por su parte los gays oscilaban entre el maravillarse por el glamour travesti y el rechazo al mismo. Es así como en el marco de la Tercera Marcha del Orgullo Gay-lésbico se da nuestra primera lucha por un espacio en el movimiento, ya que cuando la estábamos preparando fuimos excluidas de los volantes que la convocaban y en el cartel principal casi, casi, nos caíamos del contorno. Sin embargo, la participación de las travestis en las marchas fue no sólo numéricamente mayor a la de otros grupos sino que nuestro colorido y nuestra vestimenta nos destacaban del conjunto. La decisión de llevar esos atuendos fue una estrategia contra la invisibilidad que se nos había impuesto.

-¿Qué otro momento importante recordás en este trayecto político?
-Por ejemplo, cuando nosotras presentamos la obra “Una Noche en la Comisaría” durante el Primer Encuentro Nacional Gay, Lésbico, Travesti, Transexual y Bisexual (Glttb) en Rosario. Así fue como por primera vez nuestra realidad fue vista por otros que no fueran ni la policía ni nosotras mismas. También por primera vez, públicamente, expresamos nuestros sueños y deseos. Fue un hecho muy importante. Las lesbianas y los gays allí presentes nos pidieron disculpas por los prejuicios que tenían hacía nosotras. Y si bien Rosario marca un antes y un después, ahí logramos una victoria pero todavía no trasponíamos la frontera del movimiento Glttb. Deberían pasar varios años para autopercibirnos como personas con derechos o con una identidad propia, ni masculina ni femenina. Estos temas nos llegan a través del feminismo porque el contacto con las mujeres feministas nos puso ante una serie de preguntas vinculadas a nuestra identidad: ¿qué somos las travestis? ¿somos varones? ¿somos mujeres? ¿somos travestis?. Y en la búsqueda de respuestas a estos interrogantes creamos dos organizaciones más: la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT) y la Organización de Travestis Argentinas (OTRA).

-¿Desde que sectores o ámbitos comienzan a recibir apoyo?
-Por ejemplo, desde el sector universitario. Ahí articulamos nuestras primeras alianzas con estudiantes y docentes. Pero no todo eran rosas. Recuerdo que en ocasión de un debate sobre travestismo e identidad un alumno avanzado de antropología se refirió a mí como un homosexual con tetas. Fijate la falta de lenguaje para nombrar una diversidad y la carencia de amplitud para ver la pluralidad de la vida.
Otros espacios donde fuimos creciendo y recibiendo apoyo fueron los debates en la Estatuyente de la Ciudad, o durante las discusiones para derogar los edictos policiales y para aprobar el mal llamado Código de Convivencia Urbana. También por entonces comenzamos a tener relación con organismos de derechos humanos y partidos de izquierda porque, al ser blanco de la represión policial, éramos un grupo destinado al exterminio. Nos asesinaban a mansalva en la Panamericana, en las comisarías, en los callejones y descampados de cualquier provincia argentina. En el año 98 teníamos una lista de casi cien compañeras asesinadas por la represión. Hoy tenemos 110 chicas asesinadas y ni un solo responsable castigado.

-¿Cuándo y cómo llegaste a las ideas revolucionarias, de izquierda?
-Yo creo que en el fondo mi espíritu libertario siempre estuvo presente. Una vez escuché a Vargas Llosa que dijo que su padre era tan autoritario que se lo agradecía, porque así le enseñó a amar la libertad. Yo también agradezco que mi padre haya sido tan autoritario, ya que desde niña amé la libertad.
En 1998 tuvimos una reunión con Patricia Walsh y eso también nos marcó. Ella era candidata a presidenta y empezamos a articular con Izquierda Unida (IU). Fuimos fiscales de mesa de IU y cuando hicimos una protesta de 24 horas impidiendo que se inaugure la cárcel contravencional frente al Teatro Colón, IU fue la única fuerza política presente dándonos apoyó en la movilización. En ese momento la política pasaba por ver quién era más represivo con las travestis, por lo que a nosotros esa actitud solidaria nos flasheó. De todos modos, nosotros ya íbamos a las marchas de la Resistencia y las del 24 de marzo. Estábamos con las Madres y habíamos tenido un trabajo super interesante con HIJOS. Ya estábamos encausadas en todo esto. De todo ese contacto lo primero que me surgió fue ser anticapitalista. Entonces estas organizaciones que se oponían al capitalismo, para mí, eran muy afines. También comprendí que la única alternativa posible es el socialismo. Entendí la profundidad del cinismo del capitalismo, no hubo que explicarme nada.

-¿En que circunstancias te incorporaste al Partido Comunista?
-Fue un año después de que empecé a trabajar en el despacho del PC como asesora de Derechos Humanos. Y acá debo destacar lo respetuosos que fueron conmigo al darme trabajo sin ser del Partido, nunca se me condicionó a una afiliación o pertenencia partidaria. Creo que se pusieron en juego muchas cosas, porque era darle el trabajo a alguien que nunca había tenido ese tipo de experiencia laboral. Recuerdo que primero me tenían ahí sin saber bien en qué ocuparme, hasta que plantee que no sabía hacer nada, pero que si me lo enseñaban podría aprender. A partir de entonces todos/as tuvieron una actitud de docencia conmigo. Aprendí el manejo de una oficina, de la computadora, los trámites, cosas de tipo técnico, y distintos aspecto del manejo de la Legislatura. Estoy orgullosa de esa experiencia.

-¿Ese fue tu primer trabajo después de la prostitución?
-Mi primer trabajo formal donde tenía papeles, cumplía horarios y me pagaban fue ese en la Legislatura. Significó un cambio tremendo pasar de estar en la calle corriendo peligros, poniendo el cuerpo, el arreglo, la policía y la humillación, a tener respeto y compañeros. Para mí es algo muy profundo, porque era la misma persona que en determinadas horas tenía que ir a parar en una esquina arriesgando la vida, la que de repente ahora estaba en una oficina ocupando un cargo. Sobre mí había otro tipo de miradas, sobre todo por parte de mí misma. Empezaba conocer otra cotidianeidad que me era absolutamente ajena, otros códigos, nuevas formas de expresarse y negociar, otras formas de resolución de un conflicto donde no siempre había que poner el cuerpo, el manotazo o la violencia. Bueno, también entendí rápidamente que la política de los partidos del sistema es también la prostitución legalizada.
Y el nuevo trabajo me dio impulso para hacer otras cosas: pude terminar la escuela secundaria y estoy haciendo un profesorado en el que me falta un año para recibirme de maestra. Eso no fue fácil, tuvo que intervenir la defensora del Pueblo Diana Maffia porque no me querían aceptar. Luego de una amenaza de juicio pude estar segura en el aula y lograr que, en las listas oficiales, me llamen Lohana Berkins… todo un logro.

-¿Qué incidencias tuvo tu empleo en el movimiento Travesti?
-El que me dieran un empleo como secretaria de Patricio no solo significo contribuir a mi dignidad como trabajadora, sino que sirvió como un ejemplo para muchas compañeras, en el sentido de decir: esto empieza a ser posible. Se contribuyó a generar otra imagen de la travesti, que hasta ese momento era la de ser prostituta.
Otro logro importante fue cuando Izquierda Unida me llevó como candidata. Esto se leyó dentro de la comunidad travesti como que no solo entrábamos en el juego democrático a votar, sino que también podíamos ser elegidas para legislar. Y también adentro de los partidos políticos se rompió con el mito de que las minorías sexuales somos “piantavotos”.

Siempre vivimos en estado de sitio

¿Qué significaron las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 para el movimiento travesti?
-Fue un hito histórico. El pueblo ganó las calles, desafió el Estado de sitio y determinó la huída de De La Rúa, y nosotras fuimos parte activa de esa lucha. Muchas compañeras travestis esa noche empezaban a producirse, ( a vestirse, pintarse) y de pronto fuimos sorprendidas por algo que a primer oído parecían los tambores llamando a participar de los carnavales. Como es sabido, el carnaval es para nosotras el único lugar de aceptación. Pero estos eran otros tambores, sonaban para resistir el Estado de sitio que De la Rúa había declarado minutos antes. Entonces, desde los barrios de Palermo, San Telmo, Constitución y Flores las travestis a medio maquillar comenzamos a caminar y nos sumamos a ese grito rebelde que se reunía en cada esquina, en las calles y las avenidas: ¡Qué se vayan todos! Y allí, al lado de nuestros vecinos fue un gran asombro no escuchar los insultos con que muchos nos recibían apenas notaban nuestra presencia. Fue una sorpresa ver que las exageradas siliconas, los pudorosos genitales, las indecorosas pinturas y corpiños se fundían y se desvanecían en la protesta social.

-¿Se desvanecían?
-Te quiero decir que cuando no nos miraban, cuando no llamábamos la atención, cuando éramos unas más fue cuando mejor miradas nos sentimos.

-¿Por primera vez se sentían parte de un reclamo común?
-Sí, por primera vez nos sentimos unidas a un reclamo general, que en ese momento era el “No” rotundo al estado de sitio. Pero ¿sabés qué pasaba?, las travestis vivimos en estado de sitio todos los días. La rutinaria persecución policial, el no poder circular libremente por las calles porque portamos una identidad subversiva, y el carecer de derechos consagrados para todos los ciudadanos convierten la vida de las travestis en un Estado de sitio permanente. Y ese 19 y 20 hasta pudimos cantar contra la burocracia sindical, porque Hugo Moyano, el dirigente camionero, había dicho públicamente en una entrevista televisiva “digame todo, menos puto”. Las travestis le contestamos desde la Plaza de Mayo “dígannos de todo, menos Moyano”.
-¿Por qué pensás que jode tanto la diferencia sexual?
-Porque el sexo asociado a la libertad es una fórmula subversiva, cuestionadora del orden establecido. Por eso cuando travestis, gays, lesbianas y otras personas manifestamos algo distinto se vuelve una hecatombe. A mi me impactó mucho un texto de Octavio Paz que define muy bien la cuestión: “Sin sexo no hay sociedad porque no hay procreación; pero el sexo también amenaza a la sociedad. Como el dios Pan es creación y destrucción. Es instinto: temblor pánico, explosión vital. Es un volcán y cada uno de sus estallidos puede cubrir a la sociedad con una erupción de sangre y semen. El sexo es subversivo: ignora las clases y las jerarquías, las artes y las ciencias, el día y la noche: duerme y sólo despierta para fornicar y volver a dormir”. ¿Qué te parece? La jerarquía eclesiástica, el establishment, los burócratas, los vecinos “correctos”, todos se ponen algo nerviosos, ¿no?

Por el mundo

-¿Qué te aportaron los viajes internacionales donde denunciaste violación de los derechos de las travestis? – Significó un crecimiento notable para el movimiento travesti y ni te cuento en lo personal. Fui la primera travesti que entró a las Naciones Unidas, donde además dimos talleres sobre nuestra realidad en Argentina y Latinoamérica. Viajé invitada por la Comisión Internacional de Derechos Humanos para Gays y Lesbianas y llevé documentos con denuncias contundentes. Por ejemplo, presenté el caso de Vanesa Piedrabuena, quien fue torturada en Córdoba por nueve policías, entre otros casos de violación a los derechos humanos, detenciones y muertes causadas por la policía.
También nos entrevistamos con los relatores de la ONU y, curiosamente, el único que no nos recibió fue la delegación Argentina, pero fuimos recibidos por la paraguaya y la cubana. Fue en la época que gobernaba De la Rua y el presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU era Alejandro Despuy, de la Alianza. Nos entrevistamos con delegados de la Comisión de Detenciones Arbitrarias y la Comisión por la Libertad de Imágenes. Hasta entonces jamás los relatores de la ONU habían incluido a las travestis en sus informes. A partir de esa intervención fue cuando comenzaron a incluir a las minorías sexuales en sus relatorías.

-¿Y luego adónde llevaste tu voz?
-De ahí fui a Londres donde estuve con Amnistía Internacional dando charlas de esclarecimiento y denuncias. En Roma me reuní con organizaciones travestis, lideradas por una compañera brasilera llamada Líela. Después participé en la Convención Mundial contra el Racismo, y en forma conexa contra la Intolerancia y la Discriminación que se hizo en Sudáfrica, donde también fui becada y tuve participación en distintos talleres con Rigoberta Menchú, Winnie Mandela y Angela Davis. Y el último viaje fue San Francisco y Nueva York, donde me dieron el premio Felipa de Souza y me pude relacionar con distintas organizaciones de Estados Unidos, y di unas 30 charlas en Universidades y centros de lucha con reconocidos dirigentes que, incluso, integraban la Comisión contra el Bloqueo a Cuba.

“Quiero ser el deseo lícito de un revolucionario”

-¿Qué aspectos de la discriminación cotidiana te molestan más? -La sutil discriminación y las formas que ésta va adoptando. Por ejemplo, cuando muy alegres de cuerpo dicen delante de nosotras “putos, hijos de puta”, y ante nuestra interpelación inmediata responden: “Bueno, es una cuestión cultural, es una costumbre”. Una vez, durante una marcha un compañero le gritó“puto” a un policía delante de mío. Cuando llegué a mi casa me puse a pensar en la escena, y me pregunté: ¿Por qué “puto” es un insulto en boca de un revolucionario?

-¿Por qué?
-Porque es más fácil marcar, “delatar”, el deseo de los otros como un disvalor que hacerse cargo del propio deseo. Porque es más sencillo cuestionar el sistema en general que tratar de modificar nuestras propias miserias.

-¿A qué atribuís la demanda de travestis en la Argentina y en otros países?
-No estoy segura si se incrementó o es que ahora somos mucho más visibles. Yo suelo decir que las travestis somos el deseo ilegal de la burguesía capitalista. Aunque también nos desean desde diversos sectores populares. Imaginate que hay cinco mil compañeras trabajando sólo en la Ciudad de Buenos Aires. La pregunta que yo me hago es si algún día seremos el deseo lícito de la izquierda revolucionaria. Para mí cuando vos encarás una lucha debés hacerlo en plenitud. Cuando se habla de las travestis, los compañeros de izquierda deben plantearse (por ellos mismos, no porque lo establezca ningún Partido) venir a una marcha nuestra y apoyar todas las reivindaciones y no quejarse si hay una travesti desnuda, sino tratar de entender por qué en ese espacio lo único que puede mostrar es un cuerpo desnudo. Además, pareciera que unas luchas aparentan ser mucho más valiosas que otras. Si es por víctimas, nosotras tenemos víctimas. Si es por cárcel, tenemos cárceles. Si es por represión, tenemos represiones. Entonces yo no veo por qué no se puede pensar de una forma totalizadora y pedir por todos los derechos. Si yo voy a las marchas contra el FMI o contra el imperialismo yanqui, entre tantas otras, ¿por qué los revolucionarios, los compañeros de izquierda y los luchadores en general no vienen masivamente a apoyar nuestra lucha?

-¿Qué estás expresando concretamente cuando anhelás ser «el deseo lícito de los revolucionarios»?
-Lo que quiero decir con esto es que si acaso alguien me amara, yo desearía que sin ningún tipo de prejuicios él dijera: “mi compañera es una travesti”. Quisiera, con toda mi alma, que ese revolucionario fuera capaz de sentir y gritar a los cuatro vientos: amo a una travesti y se llama Lohana Berkins.