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TRAS LAS DECLARACIONES DE CORDERA

Sexualidad represora: Del placer a la tortura

(Por Alfredo Grande/APe)Hace varios años dicto un curso cuyo título es: “del abuso sexual del niño al abuso político del adulto”. El abuso sexual, denominación que incluye diversas formas de maltrato, desde el más maquillado hasta la crueldad del incesto, es el paradigma de las formas de producción de subjetividad de la cultura represora. Lo sexual del abuso es solamente para el abusador/violador/torturador. O sea: el impune victimario. El abuso es para la víctima, y nada tiene de sexual.

Sexualidad

La sexualidad es el placer ligado al cuerpo, y el cuerpo del abuso es un registro lacerante de dolor, terror, vergüenza y humillación. Nada más ajeno al placer. Los discursos justificatorios sobre los abusos tienen el eje común de culpabilizar a la víctima. Incluso negar que lo sea, en tanto se lo buscó. La sexualidad represora es la forma en que desde un adulto, o persona de evidente diferencia de edad o mayor jerarquía, se reprime la sexualidad de la víctima. Porque además del daño psicofísico, habitualmente permanente, también se lesiona la capacidad de generar placer en ese cuerpo lacerado.

Por eso denomino a la violación, al abuso, al maltrato como tortura sexual. Los torturadores, todos profesionales del diabólico arte de generar dolor, violan a sus víctimas. Y especialmente lo hacen por medios aberrantes, con lo cual la fusión entre violación y tortura queda en la superficie sin ningún relato que lo encubra.

En la cultura represora se cultiva sexualidad represora. Es un concepto con el cual titulo uno de mis libros, publicado en el año 2008. Desde sus primeros trabajos, Sigmund Freud hizo un análisis de la sexualidad reprimida. Por la moral sexual victoriana que amputaba mujeres y construía histéricas. Cultura patriarcal, jerárquica y represora

Freud señaló la sexualidad de los niños pero jamás avaló la sexualidad con los niños. Y el tema de la edad debe ser discutido, ya que la madurez sexual actual no es la de principios del siglo pasado. Pero a mi criterio, no es el tema principal. A cualquier edad la violentación de un cuerpo para expropiarlo de su placer y ejercer crueldad de género, es una forma de tortura. Violar a una mujer para que aprenda a gozar es lo mismo que amputar una mano para que aprenda a tocar el piano. Violar es mutilar y no hay glorificación psicodramática que lo pueda avalar. Ni en nombre de ningún cordero o cordera de Dios o de Freud.

La sexualidad es alegría, placer, acercamiento, ternura, cuidado, acuerdos, reciprocidad. No incluyo al amor, que viene por otro lado, y si llega, mejor. Pero como siempre digo, lamento repetirlo, la derecha siempre tiene razón, aunque es una razón represora. Porque todas las formas de sexualidad represora se cultivan en los terrenos fértiles de la sexualidad reprimida.

Los violadores torturadores están de los dos lados del mostrador. Reprimiendo la sexualidad y reprimiendo con la sexualidad. Pero siempre reprimiendo. La Iglesia condena la lujuria, el placer no sacramental, las formas no reproductivas de sexualidad, pero genera pedofilia en escala industrial. Y el discurso jerárquico clerical tiene sucursales en las artes, las ciencias, las políticas, las (in)justicias.

Las profecías sobre las libertades sexuales quedaron sepultadas por el SIDA y por los torquemadas del sexo. Entre los abusos políticos del adulto también está la prohibición, la condena, el castigo para toda forma de interrupción de embarazo, incluso los no punibles. Y eso también es sexualidad represora. Embarazos no deseados como castigo por el derecho a desear.

En el marco de la cultura represora, la sexualidad represora es castigo, amenaza, culpa y mandato. El mandato del debut sexual también es una forma de violar el deseo adolescente. El tabú de la virginidad y el tabú de la no virginidad también. En verdad, el tabú de la genitalidad, porque la sexualidad es cuando lo humano deviene placer. Y si bien la cultura represora pretende exterminarlo, no pudo lograrlo. Aunque sí puede – y lo hace, de eso estamos hablando- degradarlo. Entonces hasta será placer vuelto contra el propio sujeto. Y en vez de un encuentro, habrá una invasión.

La violación es también una invasión: corporal, mental y vincular. Y especialmente la mujer, ha sido despojada por la cultura represora de los mecanismos para repeler esa invasión. Mujeres violadas son asesinadas por manchar el honor de la familia, bajo la coartada de preceptos religiosos. Y no creo que el concepto de violencia de género sea suficiente. Hay una demonización de la sexualidad en el marco de la cultura represora. Por eso sobreviven las formas más salvajes, a las que he denominado sexualidad represora.

Todas las libertades, incluso las sexuales, son la única forma de salir de estos pantanos de la historia. 2000 marchas de las Madres son también una forma de seguir enfrentando todas las formas del abuso político. Y para los que siguen afirmando que libertad es libertinaje, les reservo una platea en el gran teatro de la cultura represora.