MASACRE DE PERMANINO – CRÓNICAS DEL JUICIO – DÍA 17 –

«No eran nenes de un jardín de infantes»

En la ante última jornada del juicio por la Masacre de Pergamino fue el turno de los alegatos de la defensa. Se escucharon las palabras de Carlos Torrens y Federico Mastropierro, defensores del ex comisario Alberto Sebastián Donza  y de Gonzalo Alba, abogado defensor de los otros cinco ex policías imputados. Todos pidieron la absolución para sus defendidos. Sólo resta escuchar la sentencia, que será el 20 de Diciembre.  Foto: El abogado defensor Gonzalo Alba, en pleno alegato.  (Por El Diario del Juicio*)

“¿Qué más tenían para hacer los policías?» A las 10 se da ingreso al tribunal. Alba está parado, da vueltas cerca del estrado. Saluda a sus defendidos con fuertes golpes de manos. Saluda también a los policías encargados de la seguridad del juicio. Se lo ve confiado, como seguro del triunfo. Como en su salsa. Ayer el juez no le dio lugar a la palabra cuando la pidió. Así que hoy tendrá mucho para decir.

Pero primero le toca el turno a Torrens y Mastropierro. Empieza Torrens, lento, con voz baja y poco clara. No se impone. Sin entenderse el motivo, pide perdón de antemano por su declaración. Dice que tratará de hacer lo mejor posible. Y empieza diciendo que todavía no le dijeron «qué es lo que no hizo Donza». Según él, no hay pruebas de que su defendido haya actuado de manera indebida.

Asevera, tal como sostuvo en la audiencia de junio de 2018 cuando el ex comisario se entregó luego de más de 400 días, que Donza nunca estuvo prófugo, ganándose así la risa de las familias de los chicos asesinados. Retoma la idea de que hubo 12 sobrevivientes porque ellos los salvaron y afirma que «es un sinsentido decir que quisieron salvar algunas vidas y otras no».

Insiste en que «es imposible decir que Donza no hizo nada. Algunos dicen que lo vieron apoyado en la pared. Bueno, puede haber estado cansado, o bien podía estar haciendo lo que debía hacer», dice ganándose nuevamente las risas de las familias.

Luego desmerece los alegatos de las querellas y la fiscalía, mencionando que «el jueguito de los mensajes» son puras palabras, pero que no resuelven el problema de fondo. Esos mensajes, que para él son un simple juego, son pruebas claves de lo que pasaba adentro y lo que no hacían los policías aquel 2 de marzo.

Afirma que Donza entregó las llaves cuando se las pidieron, enseguida. Que nadie de los que declararon habló mal de Donza. Que no hubo maltratos y torturas por parte de él. La cara de Donza no denota estar muy orgulloso de su defensa.

Torrens desvía responsabilidades, afirmando que Donza no era el mayor responsable. Allí, sin muchas certezas, nombra a Rojo, de la Departamental, dependencia que se encuentra arriba de la Comisaría Primera. Rojo, recordemos es uno de los policías que declaró en el juicio y que por su testimonio la querella de la CPM pidió se siga investigando su responsabilidad funcional en la Masacre.

Reflexiona que puede haber habido negligencias, errores en el accionar policial. Que quizás faltó mayor rapidez. También, problematiza las realidades de las cárceles y las comisarías a modo general. Torrens afirma, a modo de argumento defensivo, que el Estado es el responsable, pero, curiosamente, no reconoce a los policías encargados de cuidar a los detenidos como representación de carne y hueso de ese Estado que denuncia responsable. .

Aunque advierte que «cada uno de los imputados hizo lo que pudo dentro de sus posibilidades» también reconoce que «es imperdonable el maltrato posterior a los familiares». Admite la dificultad de que los testigos sobrevivientes que siguen privados de su libertad hablen respecto de lo que pasó con la verdad.

Pide en primer lugar la absolución para su defendido y subsidiariamente, alega un delito culposo (es decir, sin intención de generar el daño). Luego pasa la palabra a su acompañante. Cachin, el padre de Franco Pizarro besa la foto de su hijo.

Mastropierro comienza diciendo que todos sabemos y que quedó establecido que el fuego es responsabilidad de dos de los internos. Asegura que «no hayamos actos probatorios que muestren que entre que comenzó el fuego y llegaron los bomberos haya pasado tanto tiempo». Recalca que los bomberos fueron «bastante inoperantes». Dice que no les echa la culpa de todo, pero que claramente vinieron a mentir, con una animosidad contra los policías.

«¿Qué más tenían para hacer los policías? » se pregunta.

Dice también que «es fácil pegarle a Donza, acusarlo. Porque era el comisario. Pero no hay pruebas contra él más que algunos testimonios que dicen que no hizo nada» y concluye, levantando la vista «¿qué es no hacer nada?».

Por último, asegura que le parecen exagerados los pedidos de condenas. Solicita la absolución de su defendido, alegando falta de autoría, remarcando que «él hizo todo a su alcance para que no suceda lo que finalmente sucedió «.

El tribunal llama a un cuarto intermedio de 15 minutos.

“Los derechos humanos son para todos” Se reanuda la sesión. A las 11 y media comienza a alegar Gonzalo Alba, defensor de Carolina Guevara, Matías Giulietti, Brian Carrizo, Sergio Rodas y Alexis Eva.

Introduce criticando el rol del bloque acusador y del Ministerio Público Fiscal. Y comienza luego con la descripción cronológica de lo ocurrido, según su versión.

Advierte que está probado que la pelea que dio lugar al engome fue con facas. Menciona entonces, otra vez, lo que ya escuchamos de su boca en la segunda audiencia de este juicio oral: las víctimas no eran «nenes de un jardín de infantes».

Alba es enérgico al hablar. Sus gestos y sus palabras se perciben convencidas. Vuelve a destacar, como el primer día del juicio, no eran diecinueve sino veinte los detenidos al momento de la Masacre. Ese dato parece ser fundamental para el defensor. Reitera que no es necesario que en todos los hechos existan culpables, aunque después se observa cómo intenta correr las responsabilidades a terceros.

Denuncia una parcialidad evidente por parte de la fiscalía. Mientras tanto, Eva y Giulietti escuchan con atención a su defensor. Parecen hasta creerle.  Alba intenta mostrar cómo existen contradicciones en las declaraciones de los sobrevivientes con respecto a los horarios.

Asegura que aún no se pudo determinar cuál fue el comportamiento criminal por parte de ninguno de sus defendidos. Que esto es un juicio y hay que acreditar los hechos. Denuncia la actuación del GAD en general y describe su comportamiento, «primero pegan y después preguntan». Por eso, sostiene Alba, las víctimas pusieron, para protegerse, los colchones de manera vertical. Eso termina en el fuego causante de las muertes, afirma y cierra su argumentación en un intento de responsabilizar a las víctimas, que pusieron los colchones, y al GAD.

Contradice a Donza y a su defensa. Dice que en este juicio no se pudo terminar de acreditar si los matafuegos estaban en disponibilidad de uso. Asegura que hubo advertencias previas de los imaginarias respecto a lo que podía pasar si prendían fuego. Carrizo asiente con su cabeza. Tal vez, las advertencias eran que ellos no estaban dispuestos a abrirles.

Cada vez que puede, Alba ataca al fiscal. Intenta embarrar la cancha sobre un alegato del Ministerio Público Fiscal, que fue claro y preciso.

En relación a los bomberos, Alba es crítico. Dice que hubo una gran falta de profesionalidad. Que no entiende por qué ellos no eligieron decir la verdad. Pide que se acuse de falso testimonio a los bomberos voluntarios Ariel Ardis y Santiago González. El padre de Donza, el único que hace gestos del sector de las familias de los imputados, asiente con la cabeza todo el tiempo. Cada frase de Alba. Quizás hubiera preferido que él defienda a su hijo también.

Gonzalo Alba continúa su alegato hablando de la ya mencionada situación carcelaria: dice que las comisarías están superpobladas y responsabiliza al poder judicial «el error de los tribunales es dictar las prisiones preventivas». Recuerda que la formación de los policías es para seguridad pública. No para custodiar a detenidos.

Dice que están más que acreditadas las llamadas a los bomberos, aunque no estén en los registros. Que el fiscal hizo una investigación muy parcializada y que «es una desgracia que se dedique a esto».

Alega que «los derechos humanos son para todos. Para los que vistan o no ropa de oficiales. No importa cómo se vista alguien para ir al trabajo a la mañana», respondiendo al alegato de la Comisión Provincial por la Memoria. Y continúa pidiendo la suspensión del juicio en el caso de que se califique como homicidio. En su alegato del día anterior, la CPM pidió se condene a los ex policías por el delito de homicidio simple.

Responsabiliza a Rojo diciendo que este «sí mostró desprecio por la vida humana», a lo que Carrizo también asiente de manera vehemente.

Para cerrar, pide la absoluta y total absolución de sus defendidos.

El juez abre la posibilidad a los policías de dar unas últimas palabras. Ninguno lo hace.

Burrone explica que aquí terminó el juicio.

Lo que sigue será la lectura de veredicto, sentencia y penas. La fecha será, informa el presidente del tribunal, el 20 de diciembre. El ex imaginaria de calabozo, Brian “Rojitas” Carrizo grita “Noooo” al escuchar la fecha anunciada. Todos los ojos se dirigen a él.

Hasta ese momento, las familias de los chicos se quedarán con la inquietud de lo que determinará el tribunal, pero con la frente bien en alto, no solo porque los pedidos de condenas de las querellas y de la fiscalía fueron altos, sino porque quedó sobradamente probado: «Dejar morir también es matar».

El ex oficial de servicios Alexis Eva, escuchando los alegatos de su abogado defensor

Texto: Julian Bouvier (La Retaguardia)

Fotos: Luis Angió (La Retaguardia)/ Juan Cicale

Edición: Antonela Alvarez (FM La Caterva) / Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia)

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

MASACRE DE PERGAMINO: CRÓNICAS DEL JUICIO -DÍA 16-

Dejar morir es matar

En la primera jornada de alegatos, las querellas y la fiscalía argumentaron para demostrar la responsabilidad policial en la muerte de los siete pibes. Pidieron penas de entre 25 y 9 años de prisión. La novedad es que apareció la figura de «homicidio simple», cuando hasta aquí se hablaba de «abandono de persona seguido de muerte».  Desde las 6 de la mañana, familiares e integrantes del Colectivo Justicia x los 7 se acercaron a la puerta de los tribunales de Pergamino para comenzar con los preparativos de lo que fue una audiencia proyectada al afuera. Pinto, la calle frontal del tribunal, estaba cortada, y en la plaza, enfrente, familiares, amistades y militantes se concentraron bajo los árboles, en una soleada y pesada jornada, para ver en una pantalla gigante los alegatos de la Querella y la Fiscalía. (Por El Diario del Juicio*)

La sesión estaba prevista para las 9  pero  recién a las 9.40  entran los imputados y luego los jueces. La sala está llena de familiares de los chicos, no así de los policías. Una frase retumba por todas las paredes del Poder Judicial pergaminense. Una que todas las familias tienen en sus remeras, mochilas, camperas: «Dejar morir, también es ma7ar». Esa sentencia, nos cuenta una familiar, es de una canción que escribió una banda local a los chicos.

La jornada de hoy no es cualquier jornada. Se escucharán reiteradas veces historias que nunca más queremos volver a oír. El paso a paso, cada momento, cada rasgo de ese 2 de marzo de 2017. Con lujo de detalles. Todos esos detalles que durante este juicio la defensa y los policías quisieron ocultar. Todas esas «confusiones» o «no recuerdos» que generaron grandes contradicciones y muy pocas certezas entre los relatos de las fuerzas de seguridad.

“Resulta complicado creerles a los imputados cuando dicen querer que se sepa la verdad”

El primero en alegar es el fiscal Nelson Mastorchio. Hace hincapié en algunos puntos fundamentales de lo que dejó este juicio: básicamente, la no respuesta del personal policial en todo momento.

Afirma que los policías no solo tuvieron un rol pasivo sino que además impidieron y obstaculizaron la tarea de los bomberos. Advierte que los oficiales «no utilizaron matafuegos, desinteresándose de sus deberes, privando del auxilio que era necesario para que los jóvenes sobrevivan». Recuerda que el ex comisario Donza estuvo presente y poseía las llaves que abrían todos los candados.

Por otra parte, destaca aquellos mensajes de texto que los chicos mandaron hacia el exterior, a sus familias. Los horarios coinciden con la hora del fuego, con la hora en la que la policía dejó que el fuego mate. Remarca también que los registros de llamadas del teléfono de la Comisaría Primera en la franja horaria en la que ocurrieron los hechos no da cuenta, por ejemplo, de ninguna a los bomberos voluntarios, lo cual contradice  lo expresado en reiteradas ocasiones por los policías en sus declaraciones, centralmente la de Carolina Guevara que sostuvo ante el presidente del Tribunal que ella misma, y desde el teléfono de la oficina del oficial de servicios Alexis Eva, había llamado a los bomberos voluntarios.

Mastorchio, más de una vez, reitera «¿qué hicieron los imputados hasta el desenlace fatal?». Aclara que «no hay apoyo probatorio de que los chicos los hayan amenazado, excusa con la que intentan justificar el cierre de la puerta de imaginaria» y asegura que «los amenazados por parte del personal policial eran los internos». Recordemos que una de las preguntas centrales del debate era por qué estaba cerrada la puerta del box de imaginaria, a la que los imputados respondieron alegando un miedo de que los de la celda 1, que los amenazaban, rompieran -ilógicamente- el candado de una patada. «¿Qué hicieron para sofocar el fuego? Nada. Se pudo escuchar en los numerosos testimonios de los sobrevivientes», se pregunta y se responde el fiscal.

Recuerda que «no abrieron las puertas ni del patio, ni de adentro, contando con dos manojos de llaves» y agrega que ellos «eran policías, no simples ciudadanos. Por eso su conducta fue muy distante de lo esperable». Expresa «hemos escuchado a los imputados diciendo que quieren que se sepa la verdad. Resulta complicado creerles» y allí demuestra reiteradas contradicciones entre las declaraciones de los propios policías.

Durante el juicio, en varias oportunidades, los imputados intentaron deslegitimar y poner en duda el trabajo realizado por la Fiscalía desde el mismo 2 de marzo. El fiscal dedica la parte final de su alegato a este punto, «se ha puesto en duda mi trabajo para evitar lo inevitable» y agrega que «no se puede guionar tamaña causa, si pudiera debiera dedicarme al cine». Ante esto, Giulietti levanta la cabeza y asegura con su movimiento que sí, que debería dedicarse al cine. Momentos después, Mastorchio recuerda la declaración del propio Giulietti de semanas anteriores, cuando dijo que él no sabía hacer RCP, contradiciéndose con su primera declaración, donde aseguró habérselo realizado a varios de los chicos.

Sobre Donza, asegura que este «demostró inacción, falta de empatía y solidaridad, incumpliendo el deber de actuar e intervenir activamente en la dependencia donde prestaba servicio, dando ejemplo contrario a todos, máxime considerando su rango».

Sentencia: «lo corroborado es que lo ocurrido era evitable y debía evitarse, pero no solo no actuaron sino que obstaculizaron el accionar de los terceros». Argumenta que el hecho de ser funcionarios públicos y  la situación de desamparo y vulnerabilidad de las víctimas son agravantes. Rodas se va al baño exactamente en el momento en el que se van a empezar a dictar los años de condenas que pedirá el Ministerio Público Fiscal.

Mastorchio solicita al tribunal: 15 años para el ex comisario Alberto Donza; 14 años para Alexis Eva; 13 años para Matías Giulietti y para Brian Carrizo; 11 años para Sergio Ramón Rodas y 9 años para Carolina Guevara.

“Ante el Estado carcelero, el interno queda a merced del custodio”

Cuando llega el alegato de Margarita Jarque, Alba se saca los anteojos y se estira en su silla, se sostiene la cabeza con su mano. Cierra sus ojos. Con la otra mano, hace una leve percusión con la mesa. Ya demostraron en las declaraciones de los policías que la voz de la CPM no les importa. Estos gestos dan cuenta de ese desinterés.

El alegato de Margarita Jarque, comienza con el recitado de fragmentos de la canción «Pabellón 7», del Indio Solari, que habla de un hecho similar ocurrido en el Penal de Devoto. Luego agrega que «venimos a pedir Justicia con mayúsculas».

Hace, como en los primeros lineamientos del juicio, un análisis a modo general del sistema carcelario. Destaca que «cuando se trata del Estado carcelero, el interno queda a merced del custodio. Depende de la voluntad del funcionario que puede ser tiránico o benévolo».

Habla sin tapujos de «graves violaciones a los Derechos Humanos «. Expresa que las prisiones deben ser lugares de seguridad y no de mortificación de detenidos. Luego, deja su palabra a su compañera Carla Ocampo Pilla.

“No hicieron nada, los dejaron a su suerte”

Allí mismo, Carla toma la palabra y comienza un alegato que dura más de una hora. Certera, convencida, con argumentos y fuerte presencia ante el juez.

Realiza, al igual que el fiscal, una descripción de lo que se puede saber, de las certezas que nos dejó este juicio. Un recorrido cronológico, lo que los imputados intentaron embarrar con sus declaraciones. Recuerda aquel video en el que se ve el fuego, el primer foco ígneo. Ese que tranquilamente, asegura, los imaginaria podían apagar, ya que estaba a un metro y medio de su posición.

Remarca aquellos testimonios de los sobrevivientes que decían:»Nos dejaron solos, tuvieron tiempo a todo». Recuerda que cuando los familiares y amistades preguntaban cómo estaban los chicos, una vez consumado el fuego, Guevara les dijo que todo estaba bien. También hace hincapié en los mensajes de texto de las víctimas. Esos mensajes que son claros. Los estaban matando.

Reitera lo que planteó Mastorchio. Nunca salieron llamadas de la comisaría a los bomberos voluntarios. Cita cada fragmento en el que alguna declaración de las y los testigos mostraba la responsabilidad de la policía.

Asevera que «no hicieron nada, los dejaron a su suerte y no salvaron doce vidas. No se murieron por suerte» y agrega:  «Lo que faltó acá es voluntad». Recuerda que Giulietti envió un mensaje el 6 de marzo, cuatro días después de la masacre, diciendo: «Todavía escucho gritos, gritos de ayuda, tengo las imágenes».

Retoma la frase que los familiares hicieron bandera: «Dejar morir también es matar». Y aquí se plantea algo novedoso en la causa. La abogada asegura que «deja de haber abandono y pasa a haber homicidio por omisión cuando el peligro de muerte ya es del todo concreto y directo «. Y sigue «¿qué pasa si no apagamos el fuego de una celda donde están personas detenidas? Se mueren».

Pide las siguientes condenas: 21 años para Carolina Guevara, 22 años para Sergio Rodas, 23 años para Matías Giulietti, 23 años para Brian Carrizo, 24 años para Alexis Eva y 25 años para Alberto Donza.

Cierra, exigiendo: «Memoria, Verdad y Justicia para los chicos». Al terminar su exposición, algunas familias cierran sus puños y susurran palabras de esperanza.

“En una cárcel, el Estado dispone del cuerpo y del tiempo de una persona”

Le sigue el turno a Maximiliano Brajer, abogado de la pareja y la hija de Fernando Latorre. Asegura también que no hay registro de las llamadas a los bomberos. Que hacia las 18.16, todo el personal sabía del incendio. Que ninguno hizo lo que había que hacer. Y se pregunta: “¿Hasta qué momento hubo chance de rescatar con vida a los fallecidos?”.

Menciona también la demora de los policías para entregar las llaves a los bomberos voluntarios. Recuerda que Hamué dijo: “A todos se les escapó de las manos”. “No”, asevera Brajer. No se les escapó a todos. Se les escapó a ellos.

Recuerda también que otros policías, en la misma comisaría, pero algún tiempo atrás, pudieron apagar un fuego similar. Otra vez, la falta de voluntad.

Brajer teoriza: “El detenido que ingresa a carcel es introducido a una institución total. Es la omnidisciplina en que el Estado dispone del cuerpo y del tiempo de una persona”.

Hacia el final, muestra disentir con lo expresado por la CPM, alegando la imposibilidad de imputarse en este hecho por homicidio a los policías. “Entiendo que el código es claro en explicitar el momento procesal. Modificar la calificación legal no garantiza derecho a la defensa”.

Entonces, con agravantes por multiplicidad de víctimas, por ser funcionarios públicos, por las formas de las muertes, por el tiempo que hubo para evitarlas, por conducta mendaz y artera desplegada durante el debate, pidie: 9 años para Carolina Guevara, 11 años y seis meses para Matías Giulietti, 12 años y seis meses a Brian Carrizo y a Sergio Rodas, 14 años para Alexis Eva y 15 años para Alberto Donza.

Además, acompaña el pedido del resto de las partes y pide que se revoque la prisión preventiva de la que gozan cuatro de los seis imputados. Carrizo se come las uñas. Rodas se toca la cara, posa su codo sobre su pierna y recuesta su cuerpo allí. Se lo ve descompuesto. En algún momento, incluso, pide salir de la sesión.

Breve pero contundente

Las últimas declaraciones son más breves. Por un lado, el Juez Burrone, respetuoso en toda la sesión de las querellas y la fiscalía, les pide que intenten ser más breves. Por otro, se pudo advertir en todo el juicio que estos abogados y abogadas son quienes menos intervinieron, ya que en general adherían a las preguntas de sus antecesores. De este modo, de aquí hacia el final transcurrió poco más de una hora.

Comienza Ramiro Llan de Rosos, candidato a Concejal por Consenso Federal en Pergamino en las próximas elecciones. Representante legal de la familia Perrotta. Menciona las irregularidades de los policías. Por ejemplo, el hecho de que hayan encendedores dentro de las celdas. Se pregunta, “si hubo alertas de que los internos iban a prender fuego, ¿es lógico cerrar esa puerta?”.

Recalca la demora o falta de colaboración que tuvieron para con los bomberos. Que el último mensaje que salió de alguno de los celulares de los chicos fue un minuto antes que la llegada de los bomberos. Asegura que las dos primeras fases de incendio se podían sofocar con baldes de agua y uso de matafuegos. Que había una situación que los obligaba a actuar y que ellos incumplieron con el auxilio debido. Reflexiona: “Tenían un incendio en su propio lugar de trabajo y no hicieron nada”.

Para cerrar su alegato, explica que a solicitud de sus patrocinados, adhiere al planteo de la CPM, entendiendo que una vez confirmada la sentencia corresponde el revoque de arresto domiciliario.

Le sigue Jaquelina Conti, abogada por la familia de Noni Cabrera. Ella también acompaña a la la CPM en la calificación legal y al pedido de pena. Asegura que en este caso no cumplieron con obligaciones legalmente impuestas en su función de garantes.

Agrega que “los imputados captaron el peligro para la vida de todos los detenidos, que no podían salir por sí mismos. No hay manera de no escuchar, de no ver, de no oler, de no sentir”.

Habla de Violencia Institucional. “Los procesos de memoria verdad y justicia nos han dejado una enseñanza : la prueba testimonial es la más importante”, afirma para resaltar la importancia de la declaración de los sobrevivientes. Dice que éstos dan cuenta de la inacción, del incumplimiento de todo deber, del abandono.

Decreta: “La palabra de las víctimas se ha podido oír. Memoria verdad y justicia por los chicos”. Acompaña la declaración el abogado Assaf. Habla del derecho a la vida como un derecho absoluto, único. Afirma que “acá  se está juzgando el derecho a la vida. Si la vida significa algo o no significa nada en este país. Si es el bien supremo que proteger o si la vida puede abandonarse a la suerte en una celda prendida fuego”.

Por último, el abogado Villalba, por parte de la familia de Franco Pizarro adhiere al pedido de condena que propuso la fiscalía.

Los alegatos no dejan dudas porque la prueba recabada es indiscutible: aunque hay indicios de que 18:09 puede haber empezado el fuego sabemos con seguridad que a las 18:16 del 2 de marzo de 2017 ya había fuego en el sector calabozos de la Comisaría Primera porque Carolina Guevara llama a esa hora a los bomberos de policía. A las 18:21 sale el primer mensaje de auxilio desde la celda 1. A las 18:44 salen los últimos de Fede Perrotta a su mamá y de Paco a su tío. 18:45 llegan los bomberos, que no pueden entrar hasta 15 minutos después porque los efectivos policiales no entregaban la llave.

Los tiempos los condenan, los imputados tuvieron tiempo a todo, pero no hicieron nada.

Texto: Julián Bouvier (La Retaguardia).

Edición: Rodrigo Ferreiro (La Retagurdia) y Antonella Àlvarez (La Caterva).

Fotos: Luis Angió (La Retaguardia) y Juan Cicale

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

12, 13 Y 14 DE OCTUBRE SE ESPERAN CERCA DE 200.000 PERSONAS EN LA PLATA.

34° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries.

(Por Fernanda Giribone/APL) Este fin de semana se realizará en La Plata el 34° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No binaries, que reunirá a centenares de miles de personas de todo el país en esta ciudad. Se trata de un evento único en el mundo y se estima que en esta oportunidad la convocatoria sea realmente multitudinaria, la más grande desde su fundación, allá en 1986. A lo largo de los años los encuentros se fueron masificando, y creciendo en número, pero dieron un salto en su convocatoria a partir de 2015 con el fenómeno del #NiUnaMenos, que marco un hito en la lucha por los derechos de las mujeres en Argentina y el continente. De esta manera, el encuentro de La Plata se producirá en medio del auge de luchas por los derechos de las mujeres y disidencias; a un año de la multitudinaria lucha por el derecho al aborto legal seguro y gratuito, que lograra la media sanción y que se dio por nombre marea verde; y a pocos días de la elección presidencial. Por estos motivos, y por su ubicación, este año no será un encuentro más. En esta segunda oportunidad en que La Plata se ofrece como sede, se esperan al menos 200.000 personas, bastante más que aquellas 15.000 pioneras del año 2001.

Este 34° Encuentro tiene también pendiente importantes decisiones, como el cambio de su nombre, para que sea un encuentro Plurinacional, y para que no sea solo de mujeres. Este cambio no significa simplemente un problema de palabras, sino que se trata de tomar y hacer propio los avances que se han dado en los debates del movimiento feminista, para poder incluir los planteos de los pueblos originarios que vienen desde el encuentro de Trelew 2018, el carácter plurinacional,  así como también la inclusión de otras identidades que, como las mujeres, son oprimidas por el orden patriarcal (lesbianas, travestis, trans y no binaries).

Asimismo, por ser año electoral y por congregarse a días de ir a las urnas, este 34° encuentro, con mucha más claridad que otras oportunidades, representa  una gran posibilidad para llevar un mensaje claro frente a la violencia de género: los gobiernos son responsables.

El 34° Encuentro arrancara el sábado con un acto en el Estadio Único a partir de las 9:30, y continuará con sus características instancias de debate y socialización en talleres. En los más de 80 talleres temáticos que se tienen programados, se debatirá sobre la situación actual de las mujeres y las disidencias; la forma de participar y organizarse para pelear contra los femicidios y trans-travesticidios, las múltiples formas de violencia sexual, contra la trata y la explotación sexual, la discriminación laboral de las mujeres y disidencias, y por el derecho al aborto.

Además de los clásicos talleres habrá también una gran oferta de actividades: charlas temáticas, proyecciones de  audiovisuales y documentales, actividades especificas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, peña, festivales artísticos, entre otras cosas. El día domingo a las 18:00 hs. se realizará una gran marcha, el encuentro terminará el lunes, momento en que se decidirá la sede para 2020.

MASACRE DE PERGAMINO – CRÓNICAS DEL JUICIO -DÍA 14-

«Siete nada más»

En la jornada número 14 del juicio siguieron declarando los imputados, fue el turno de Brian Carrizo y Sergio Rodas. Ambos intentaron culpar a los bomberos por su accionar “poco profesional”, además de presentarse como dos personas que esa tarde hicieron todo por salvar a los pibes. Carrizo contradijo todo lo probado hasta acá, afirmó que nunca les faltó la llave. Además, se presentó Ulloa, el policía motorizado que faltaba. (Por El Diario del Juicio*)

Diez minutos pasaron de las diez de la mañana, el ex comisario Alberto Donza, desde el banquillo, repasa como si estuviera estudiando los últimos contenidos que le faltaron antes del parcial. Se presenta el tribunal y cita al primer y único testigo de hoy. Diego Jesús Ulloa. Tanto al momento de la Masacre como en la actualidad es Comando Patrulla de Pergamino. Entra, y a pesar de que hubo que hacerlo comparecer con la fuerza pública, parece comerse el mundo.

¿Tenés recuerdos de ese día?, pregunta la abogada de la querella Ocampo Pilla. «Algo», responde Ulloa que mueve mucho las manos y se masajea la espalda.

Comienza contando lo que ya se sabe: ese día fueron a la Comisaría Primera para hacer el traslado de un demorado. En la dependencia, alojan a la persona en un pasillo, cuando ya estaban en la calle dispuestos a ir a la casa de Chida, Alexis Miguel Eva (uno de los imputados) les pide ayuda para engomar a los chicos.

El testigo menciona que habían compartido partidos de fútbol con Eva, y agrega que era buena persona. Ante la manifiesta amistad con uno de los imputados la querella de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) lo indaga “¿eso te impide declarar con total franqueza en este juicio», el testigo dice que no y sigue. A esta altura el murmullo es generalizado en la sala. La amnesia policial que ya se vivió en otras jornadas del juicio indigna a los familiares de las víctimas que oyen el relato. El testigo relata el momento del ingreso para encerrar a cada uno en su celda, junto a Ciro y Eva. Chida se queda afuera. Estaba también Carrizo. Eva se encargaba de cerrar las celdas después de «hacer entrar a los chicos, que estaban enojados porque no les explicaban por qué los estaban entrando».

A 2 cuadras de distancia se encuentra la casa de Chida, allí se dirigen “para terminar de labrar las actuaciones”. Cuando vuelven a la comisaría era de día asegura, aproxima la hora de regreso a las 18:45. Sin embargo no recuerda haber visto el camión de bomberos.Su relato difiere con lo testimoniado por su compañero Brian Ciro la jornada anterior, que aseguró que el regreso fue antes de las 21. Mientras que Ciro sostiene que cuando vuelven a la dependencia policial solamente entra el jefe, y afirma que el se quedó estacionado en la esquina, en Dorrego y Merced, desde donde mandó el audio que reconoció como propio, Ulloa señala que en esta segunda vuelta en la dependencia los tres se bajan de sus motos y entran a entregar las actuaciones.

No recuerda haber visto a Donza, a nadie de la policía local. Recuerda que había familiares. Recuerda que por comentarios, de no recuerda quién, sabía que había muertos. No sabe de la existencia del audio de Ciro. No recuerda si el portón estaba abierto o cerrado. No recuerda el camino que hizo a la vuelta. Se acuerda que Tolosa termina de hacerle los papeles de actuación de la comisaría, pero no recuerda qué pasa después. Dice haber estado más de dos horas dentro de la comisaría, pero que no escuchó ningún grito ni recuerda el momento en que se lee el listado de los fallecidos. No recuerda cuándo se fueron, ni por dónde salieron. No recuerda si ese día llovió.

Ulloa había elegido como primer opción no presentarse el día lunes cuando había sido citado, el tribunal decidió que se lo fuese a buscar con la fuerza pública. El inevitable momento de declarar y como los imputados son sus «compañeros» lo resolvió, al parecer, en dos palabras: no recuerdo.

La defensa policial propone exhibir el vídeo de cuando las motos se retiran de La Primera para que Ulloa reconozca que eran ellos y clarificar el horario en que se retiraran. El vídeo, que atrasa 10 minutos, muestra las 18:15, es decir, las 18:25. Luego de confirmar la hora de partida, Alba intenta que el testigo especifique la hora de arribo a la dependencia

-¿Podés graficar a qué hora llegan a la comisaría? teniendo en consideración ese horario, a qué hora ustedes llegan a la comisaría. Antes de eso

-20 minutos antes, imagino- responde Ulloa

-No imagine- ordena notablemente molesto Burrone

-Es que no me acuerdo con exactitud- sigue Ulloa

-Diga no recuerdo, entre el “no recuerdo” permanente que ha dicho y el “imagino” prefiero el “no recuerdo” – sigue Burrone

-Bueno, pasó mucho tiempo por eso no recuerdo

-Para todos pasó mucho tiempo, pero usted es un agente público y tiene un compromiso especial con la justicia, no es un ciudadano común.

-Y pero yo seguí trabajando- interrumpe Ulloa

-Déjeme hablar. Acá hay siete personas fallecidas y seis privadas de libertad.

-Sí, seis compañeros- sostiene incansable

-Ya sabemos que es compañero pero no puede ser que no se acuerde de nada

-Sí puede ser porque no me acuerdo- desafía Ulloa

-Bueno haga un esfuerzo

-Sino sería una computadora

-Nadie le pide que sea una computadora

-Si me acuerdo algo lo voy a decir- termina Ulloa en uno de los momentos más tensos de la jornada.

Por último reconoce la voz de Ciro en el audio, que el día anterior, el mismo Ciro reconoció como propio. Listo, queda liberado, sentencia el juez. Luego de un apretón de manos con el ex comisario Donza, Ulloa se retira de la sala.

Las familias en el cordón frente al tribunal, esperando mate de por medio  en el cuarto intermedio

Recuerdos que mienten un poco

El siguiente en declarar es Brian Carrizo, que ni bien se sienta, hace la misma aclaración que Guevara el día anterior: «quería decir que todo lo que dije en mi primer declaración sobre Donza no fue así. El abogado que nos defendía antes quería que lo culpemos a él».

Brian Carrizo era el imaginaria de calabozo el día de la Masacre de Pergamino. El box de imaginaria es el que está al inicio del pasillo de calabozos. Tiene dos puertas: una de acceso al mismo por el patio y la segunda de acceso al pasillo de las celdas. Fue el primero en enterarse que había habido una pelea y el que avisó vía mensaje desde su teléfono personal al oficial de servicios Alexis Eva, aunque los mismos detenidos expresaban que no pasaba nada. El mensaje lo mandó 17:55, lo recuerda porque hizo una captura de pantalla que le mandó a su mamá. Carrizo no puede precisar ni siquiera estimar los  tiempos posteriores al mensaje de aviso. «Imagínese la desesperación» repite en varios pasajes de su declaración para justificar la amnesia temporal.

Su relato luego es el ya conocido: con la excusa de la pelea Eva decidió engomar a todos. Para eso pidió ayuda a los policías de la motorizada que ya declararon en el juicio, Ulloa, Chida y Ciro. También le ordenó a Giulietti y a Rodas que lo acompañen. Todos entraron bien a sus celdas menos los de la 1, cuenta Carrizo. Se quejaban porque no era el horario.

La puerta de imaginaria que conecta con los calabozos se supone debe permanecer abierta cuando los detenidos están “engomados”, es decir cada cual en su celda. Fue una pregunta que se repitió durante el juicio ¿por qué la puerta, esa que los bomberos no pudieron abrir porque no les entregaron la llave, estaba cerrada? Carrizo intenta una explicación : los de la celda 1, relata, los habían amenazado de que los iban a pinchar y por eso, el oficial de servicios Alexis Eva, había decido dejar dos imaginarias, a él y a Matías Giulietti, y cerrar esa puerta que debe permanecer abierta.

-Pero, ¿hay posibilidad de agresión si están engomados?- quiere saber la Fiscalía

-Teníamos miedo de que rompan el candado de una patada- asegura Carrizo

-¿Usted piensa que un candado se puede romper con una patada?- inquiere el fiscal Nelson Mastorchio con cara de sorpresa

-Sí, más si tenían facas. Pueden hacer palanca- termina Carrizo

Ese mismo miedo a que los pinchen explica que no hayan abierto la reja para apagar el fuego cuando todavía era pequeño, aunque quien conoce la comisaría o mira la maqueta se da cuenta que no existía riesgo alguno.

Carrizo, afirmó que esa tarde él tiró botellas de agua que tenía en el box de imaginaria para apagar el fuego cuando comenzó, que ayudó a los bomberos a desenredar la manguera junto a Giulietti, que alumbró mientras abrían el candado de la puerta de acceso a las celdas una vez aparecida la llave. Parece haber estado en todos lados pero no puede precisar los tiempos que pasaron entre que termina el engome, se inicia el primer foco ígneo, se llama a los bomberos y al grupo GAD. No parece ser azaroso: los tiempos son clave en el abandono de persona por el que están imputados.

Contra toda evidencia asegura al igual que su compañero Rodas que a los bomberos nunca les faltó la llave.

-Por qué los bomberos tiraban desde la reja- le consultaron

-No estaba el GAD

-Escuchó a los bomberos pedir que abran la reja

-Sí

-¿Inmediatamente se abrió?

-Ahí nomás. Justo llega el GAD y se abre.

Sin embargo sabemos por las declaraciones de los bomberos que pasaron cerca de 15 minutos hasta que la llave apareció y que hubo que pedirla tres veces.

En su relato, luego de desesperarse por intentar apagar el fuego, le pide a Rodas, que se encontraba en el patio, a pocos metros del box de imaginaria, que les abra porque no podían más. Del lado de las familias de las víctimas se oye por lo bajo “ustedes salieron, a los chicos los dejaron morir”. Rodas entonces le pide la llave al jefe y les abre a los dos imaginarias que salen descompuestos pero que, rápidamente, y siempre según sus palabras, corren a ayudar a los bomberos. No recuerda cuánto tiempo pasó desde que se inició hasta que sale.

Cuando Carrizo logra salir le ordenan que vaya afuera. Los internos, cuenta, habían mandado mensajes a las familias diciendo que vayan a la puerta y prendan fuego, el relato se centra ahora en reforzar la teoría de la responsabilidad de los bomberos: “Los bomberos tardaron bastante en ingresar, podrían haber hecho más rápido, fueron sin cambiarse, no tenían presión, no les llegaba la manguera. Podrían haber actuado más rápido y ser más profesionales”.

Si era tanta la desesperación de lo que se vivía, y sus intenciones de ayudar, no se explica por qué nunca informaron a los bomberos la magnitud del hecho.

-¿Sacó fotos en ese momento? – consulta la querella por la situación en la que se dice haber alumbrado a los bomberos, para tratar de encontrar al responsable de las imágenes filtradas de los cuerpos de las víctimas

-No, creo que filmé con flash para alumbrar. Creo que lo eliminé. No recuerdo haber sacado ninguna foto.

A los imputados les secuestraron los teléfonos un mes después de La Masacre cuando los detuvieron. Al momento de analizarlos todos los teléfonos estaban vacíos.

El relato de Carrizo se vuelve inaguantable para las familias. No tanto por los detalles que ya se escucharon en otra jornadas, sino porque les resulta una narración mentirosa. Algunas madres salen de la sala cuando se escucha un “no lo soporto”.

Tal como adelantó la defensa policial Carrizo se niega a responder las preguntas de la querella de la CPM “a los de la comisión por la memoria prefiero no responderles” avisa. Sin embargo Carla Ocampo Pilla y Margarita Jarque le preguntan paso a paso todas las dudas y confusiones que se generaron en la declaración, a lo que se suceden los “no voy a responder” del imputado.

Las preguntas de Maximiliano Brajer sí son contestadas.

-¿No le pidió a Eva que les abra a los detenidos?

-No, no pensé que iba a pasar a mayores. No imaginé que iban a prenderse fuego ellos mismos, como hicieron- responde.

-¿Le pidió las llaves a Eva para abrir?

– No me corresponde. ¿En qué momento pregunta usted?

-Cuando se estaban ahogando

-No. No estaba el grupo gad. No podemos ingresar sin ellos.

Según Carrizo, nadie le abre a los bomberos porque el GAD todavía no había llegado. Ante el incendio generalizado que ya estaba desatado, pareciera ser que la precaución de los imputados fue evitar que se puedan fugar. Recordemos que en la primer jornada de este juicio fue el defensor Gonzalo Alba el que habló de la peligrosidad que representaban las víctimas que rogaban auxilio: “esto de harás lo posible por salvar la vida del otro, esta lógica más elemental que implica que al primer foco ígneo uno lo que tiene que hacer es abrir todas las rejas como si estuviéramos hablando de un jardín de infantes”.

Brajer señala otra inconsistencia en el relato: Carrizo habla del accionar de los bomberos como poco profesional y que podrían haber hecho todo más rápido. Pero, según testimonia, a los bomberos no les iban a abrir si no estaba el GAD, por lo que, por más que hubieran hecho lo que el imputado parece reclamarles, no hubieran podido entrar. Carrizo hace silencio ante la observación.

“Espero que sea justo, que se juzgue como se tiene que juzgar porque si fuera abandono de persona hubieran fallecido 19 y no 7 nada más. Creo que si se juzga como se tiene que juzgar yo voy a quedar en libertad” termina. Hasta aquí: nadie más que él (ni los sobrevivientes, ni los bomberos) hablaron de la linterna con la que dice haber alumbrado, tampoco nadie relató el momento en que el imaginaria tiraba agua y sólo su compañera Guevara lo ubicó ayudando a desenredar la manguera.

«Ese maldito colchón»

Sergio Ramón Rodas es el siguiente imputado en declarar. Ese 2 de marzo, estaba de servicio. Su función era la de «disponible”, aquel que no cumple tarea específica, sino la que se necesite. Rodas fue parte del grupo que, previo a la Masacre, encerró a cada detenido en su celda. Suma un detalle al ya conocido momento del engome: antes de retirarse del sector de calabozos los de la celda 1, dice, discuten con Carrizo y Eva. Es él mismo el que le pide a Carrizo que deje de discutir y salga. Repite la versión de las amenazas que hace unos minutos sostuvo Carrizo, como los pibes los amenazan el oficial de servicio decide dejar dos imaginarias en vez de uno.

Rodas sale con Eva y se quedan del otro lado de la puerta de acceso a imaginaria, en el patio. Los dos se anotician del fuego. Declara que él les gritaba a los de imaginaria que tiren agua porque veía humo, sin embargo ningún sobreviviente escuchó los gritos de Rodas. Lejos de eso, los relatos del horror cuentan que los policías miraban y no hacían nada.

Con el fuego y el humo desatado Rodas relata el momento en que Carrizo lo mira, en posición de cuclillas y le pide que por favor lo saque. Le pide las llaves a Eva y los dos imaginarias salen. Regresa las llaves al oficial de servicios pero se las pide nuevamente “dame la llave que voy a intentar sacar ese maldito colchón”, asegura que le dijo a Alexis Eva y que él mismo tuvo toda la intención de apagar el fuego, pero ya no se podía respirar. Eva también intentó, dice Rodas, pero aguantó menos que él. Del lado de las familias de las víctimas se escapa un “acomodale la capa”.  La versión policial que dan los imputados los acerca a los superhéroes de capa.

Sergio Ramón Rodas, ex policía imputado

En los testimonios de los policías que ya declararon apareció un personaje nuevo, Fontana, integrante de la fiscalía, que ubican al lado de Donza al momento del hecho. La estrategia parece clara: ubicar a alguien de mayor jerarquía esa tarde de la Masacre en la Comisaría Primera, aunque no hay más prueba de su presencia que los dichos de quienes se están defendiendo en el juicio. Rodas afirma que fue Fontana el que dio la orden fatal “no abran hasta que no llegue el GAD”. Rodas, que al igual que Carrizo no tiene la obligación de decir la verdad por ser imputados, también habla del accionar de los bomberos. El presidente del tribunal Guillermo Burrone lo escucha entre desconcertado e impaciente.

-Aparece un bombero, bien la hora no le sé precisar, no uso reloj, viene caminando como lo declaré, como si fuera un shopping- testimonia el imputado

-¿Un qué?- pregunta el presidente del Tribunal que parece no haber entendido la palabra “shoping”

-Como lo declaré en su momento, viene caminando como si fuese un shopping, como de paseo.

-¿El bombero?- inquiere Burrone

-El bombero

El silencio en ese momento es generalizado y dura algunos de segundos. Burrone le indica que siga

-Él mira para adentro y se va caminando nuevamente, desde el interior gritaban que se apure, que se apure, que apagaran

-¿Y el bombero se fue caminando?- sigue preguntando Burrone que no sale del desconcierto

-En ningún momento se fue corriendo

-Usted habrá escuchado acá que los bomberos relataron que tuvieron dificultades para entrar porque no estaba la llave, ¿usted vio que los bomberos pidieron la llave?

-En ningún momento- insiste Rodas con la versión que parece ser la única estrategia de la defensa. Culpar a los bomberos.

El papel del ex comisario Donza

A pesar de haber aclarado que sus anteriores declaraciones fueron armadas para “tirarle el muerto a Donza” hasta el momento, los imputados no pudieron dar datos concretos sobre qué hizo el ex comisario, la máxima autoridad presente en la dependencia la tarde de la Masacre. No pudieron precisar ninguna orden de él. Sólo que se lo vio hablando por teléfono y hablando con Fontana, a quien además hacen responsable de la orden fatal: no abrir hasta que no llegue el GAD.

-¿Lo vio hacer algo a Donza? – preguntan a Rodas

-Impartía órdenes, hablaba por teléfono

Pero las órdenes concretas nadie las recuerda. Rodas también cuenta que, por propia iniciativa, le dijo a Eva que vayan por el otro lado a sacar a los de la celda 6. Que entonces el jefe les dio la autorización para realizar la acción. Esa parece ser la única intervención concreta de Donza hasta acá.

-¿Y no le preguntaron a Fontana? Porque parece que en la cadena de mando quedó primero Fontana ahí, que dijo que no entre nadie hasta que no llegue el GAD y no entró nadie- cuestiona irónico Burrone que advierte la estrategia defensiva

-Yo voy con esa iniciativa, le aviso al oficial hacia adelante. No le pasé importancia a Fontana, mi jefe directo en ese momento era Donza, después seguía Eva. Es la cadena de mandos.

El final del testimonio genera una indignación generalizada de los familiares en la sala, «tuvimos toda la voluntad de entrar y no pudimos» asegura Rodas que le pide al tribunal que “vea las cosas como realmente fueron”. Termina, previa pausa que intenta dramatizar el momento cuando sobreviene la palabra de su abogado defensor Gonzalo Alba “¿te sentís bien?” mientras le alcanza un vaso de agua. “Como lo dije siempre, yo sí los voy a poder mirar a la cara a los padres”, acción que las familias aseguran, jamás realizó. En los asientos de la querella lo escuchan todas madres, parejas, primas, tías, abuelas y hermanas de las víctimas.

Antes de que los retiren, y mientras lo esposan, Matías Giulietti (otro imputado) se incomoda ante las fotos que le toman, “queres sacar fotos, sácale a esta” se desata, agarrándose la entrepierna. Se retiran los imputados, se desaloja la sala.

Texto: Antonela Alvarez (FM La Caterva)/Julian Bouvier (La Retaguardia)

Fotos: Andrés Muglia

Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente)/ Lautaro Romero (Revista Cítrica)

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

CRÓNICAS DEL JUICIO -DÍA 13-

El show de los no recuerdo

En la jornada de hoy del juicio por la Masacre de Pergamino declararon un psicólogo que participó del acompañamiento a sobrevivientes y familiares de las víctimas fatales del 2 de marzo, un policía de la motorizada, de quien ya se conocía la voz a partir de audios exhibidos las anteriores jornadas y la única mujer imputada: Carolina Guevara. No se presentaron a declarar uno de los sobrevivientes, que denunció amenazas de muerte, ni Diego Ulloa, el tercer motorizado que estaba la tarde de la masacre en la comisaría primera. (Por El Diario del Juicio*)

El sol ya pega en las callecitas de Pergamino. Desde las 9:00 se amuchan familiares de las siete víctimas de la masacre, en el día 13, número que gustaba a Fernando Latorre. Aunque estamos en una ciudad grande, la sensación que da es de pueblo. Como si casi todxs se conocieran. En la espera rondan muchos mates y abrazos. Silvia nos muestra un video del jardín de Fer, chiquito de guardapolvo azul.

Son las 10:20 de la mañana en la calurosa Pergamino cuando los jueces ingresan y se da comienzo a esta jornada, que pronto develaría ser la primera donde escuchemos relatos de la parte imputada.

Mónica Raquel Alegre es la madre de Luciano Nahuel Arruga, joven desaparecido y luego asesinado por las fuerzas policiales en el 2009, en Lomas del Mirador, Provincia de Bs. As. Para las madres de Pergamino, es una compañera, una amiga y hasta una referenta en la lucha por la búsqueda de verdad y justicia por las muertes de sus hijos. Ellas, las madres de todos los pibes que sufrieron gatillo fácil, desapariciones forzadas o muertes por el sistema carcelario, son quienes más pueden sentir en carne propia, empatizar y comprender el dolor que sienten estas madres en un momento así de intenso como es el juicio por la muerte de sus hijos. Entre risas y chistes se saluda con Karina, la tía de Fernando Latorre, para hundirse luego en un abrazo con Silvia Rosito, la mamá. Un diálogo de ojos húmedos se sucede entre las dos. En el pecho de Silvia la cara de Fer, en el pecho de Moni, Alejandro Cabrera Britos, y en la espalda, Luciano.

Hay notoriamente menos presencia del lado derecho, el de las familias de los imputados/as.

Empieza la sesión con lectura del juez Burrone de un acta del Servicio Penitenciario de Junín, con fecha de hoy, donde se anticipa que uno de los sobrevivientes que ya compareció ante el tribunal y denunció amenazas de muerte, no se presentará tampoco en el día de la fecha. El fiscal Nelson Mastorchio solicita que se incorporen las declaraciones del testigo, brindadas a la propia Fiscalía, los días 2 de marzo de 2017 (el mismo día de la masacre) y del 7 de marzo de 2017.

Seguido de esta lectura, Gabriel Capria, que acompaña a Gonzalo Alba en la defensa, aclara que el abogado llegará tarde porque tuvo un altercado con su automóvil. Dan a entender que pinchó la goma del auto en Salto. Alba llega por segunda vez tarde al juicio.

«Los gritos y los golpes de los pibes: las pesadillas de los sobrevivientes»

En primera instancia declaró el psicólogo Luis Onofri, quien participó como parte de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) en el acompañamiento de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas de la masacre.

El psicólogo comentó las secuelas que les dejó a los sobrevivientes el daño sufrido en el hecho del 2 de marzo.

«Dificultades para conciliar el sueño, pesadillas, estrés post-traumático; daños crónicos, somáticos; dificultades para respirar» son algunos de los síntomas que quedaron y, seguramente, quedarán en los sobrevivientes.

Comentó que «nunca se realizaron placas de pulmón para ver los daños respiratorios» y dio cuenta de que «la falta de atención posterior generó un peor daño psíquico, lo que deriva en los síntomas de un hecho traumático», retomando el Protocolo de Estambul, ya mencionado anteriormente por los dos psicólogos de la ONG Enclave, que declararon el miércoles próximo pasado. . Señaló que «nunca se le realizó un abordaje integral a los sobrevivientes» y que «todos los chicos coinciden en cuadros depresivos, incluso ideas de suicidio».

Hizo referencia también a que previa a su intervención, algunos sobrevivientes tuvieron que declarar frente a integrantes del Servicio Penitenciario y que no contaron muchas cosas por el miedo a las represalias que podían tener, por las amenazas recibidas por parte de oficiales de la policía.

«Las pesadillas tenían que ver con los gritos y los golpes que sus propios compañeros daban en el momento del hecho, hasta morir», dice, mientras Benjamín, el hermano de Federico Perrotta, mira la foto de su hermano y mientras Alicia, la madre de Franco Pizarro, comienza a soltar lágrimas. Van quince minutos desde el comienzo del juicio y las familias de los chicos, como cada jornada, ya están reviviendo el horror de aquel 2 de marzo. Onofri afirmó que los testigos coinciden en que, al comenzar el fuego, ellos pedían auxilio y que a los policías no les interesaba, como si esos gritos y esos golpes no se escucharan. El psicólogo manifestó sobre el sentir de los sobrevivientes “Creían que para la policía sus vidas no tenían valor. Que les tenían bronca, odio” Luego, comentó su trabajo con las familias. También remarcó los síntomas depresivos. Denotó la vulnerabilidad que sufrieron porque quienes se encargaron de custodiarlos fueron las propias fuerzas de seguridad que habían generado este desastre.

La única pregunta de la defensa, en boca del acompañante de Alba, Gabriel Castro Capria, fue: «esa falta de presencia del Estado que comentas ¿fue solo con los sobrevivientes o se da en general en la Provincia de Buenos Aires?». Otra vez parecen responsabilizar al Estado, a algún superior. A alguien, que no sean sus imputados.

Pero la respuesta de Onofri es certera. «Seguramente es en general, pero en este caso, ellos (las familias) sufrieron amenazas puntuales de policías y eso además genera una fuerte revictimización».

Termina la declaración de Onofri y le sigue Brian Ciro, quien cuando entra, recibe la mala cara de varios familiares, que ya lo tienen entre sus cejas.

Son las 11 en punto y llega el café para los jueces. Siempre, remarca uno de los integrantes de Justicia x los 7, el muchacho del café llega a las 11. En punto.

¿Usted es adivino?

Brian Ciro es el segundo en declarar. Actualmente presta servicios para la Comisaría Primera. El 2 de marzo de 2017 era parte de la policía motorizada y el motivo de su presencia esa tarde noche en la dependencia, según testimonia, tuvo que ver con llevar notificaciones por un detenido en la vía pública, por resistencia a la autoridad. Viste un pantalón jean ajustado y un buzo rojo y negro, también ajustado. Su corte de pelo es de los tradicionales en las fuerzas de seguridad: bien cortito a los costados, un poco más largo arriba. Se sienta lejos del micrófono y habla bajito. Se acomoda ante el pedido del presidente del tribunal, Guillermo Burrone, y luego de presentarse y jurar decir la verdad, continúa.

Ni bien comienza su relato de los hechos esa noche, Ciro dice el primer “no recuerdo” de muchos durante todo el testimonio. Es para responder a la pregunta de la querella de la CPM

-¿Qué hacés cuando llegás? -empieza Carla Ocampo Pilla

-Fuimos a la oficina del oficial de servicio- responde visiblemente nervioso Ciro

-¿Quién era?

-Eva

-¿Él estaba?- quiere saber la abogada

-No recuerdo

Sin embargo, segundos más tarde Ciro asegura que su compañero y jefe, Mauro Chida, entró a la oficina del oficial de servicios Alexis Eva y dice “encontramos a Eva en su oficina”. Ciro sigue su relato “Mauro sale de la oficina y nos fuimos afuera”. La querella de la CPM pide a Ciro que señale donde encontró a Eva, a lo que el presidente del tribunal le consulta

-¿Usted lo vio a Eva o lo vio Chida?

El juez intenta recapitular lo que va de su relato, que ya en su inicio es confuso. Entonces, ante la nueva pregunta de dónde y cuando vio a Eva responde “nos estábamos retirando del lugar. Se acercó a la moto y nos pidió si podíamos ayudarlo a engomar”. A partir de este momento del relato viene la parte del engome: entraron a las celdas, vio a Brian Carrizo, que era el imaginaria de calabozos, y entró con Eva, Ulloa (también de la motorizada)

-¿Nadie más ingresó? ¿Giulietti? ¿Rodas?- quiere saber la querella de la CPM

-Giulietti sí. Después de mí entra él- recuerda entonces.

Entraron sin problemas. Eva les pidió a cada uno que vaya a su celda, cuenta. Eva cerró las puertas de cada celda. En un momento el reclamo, relata Ciro, se puso más intenso y los detenidos empezaron a patear las rejas ya cerradas luego del engome, “tienen palabras fuertes contra Eva” sigue.

-En ese momento nos retiramos. Quedan dos imaginarias, Giuletti y Carrizo

-¿Logras ver si cierra la puerta que conecta calabozo con imaginaria?- pregunta la querella

-No recuerdo

-Según tu experiencia como policía, ¿quién tiene la llave de las puertas?

-El oficial de servicio

Según su relato, Ciro no vio ni olió humo. Se fue de la Comisaría Primera a la casa de Mauro Chida a terminar de “labrar las actuaciones” para regresar y entregarlas en la dependencia. Sin embargo, en la causa hay aportados tres audios que esa noche salieron, según Daiana Brunel y Camila Gamarra, del celular de Ciro. En esos audios, ya escuchados en anteriores audiencias, se oyen de fondo explosiones, como disparos, gritos, ruidos de rejas, y sonido ambiente de oficina.

-¿Tuviste conocimiento de un audio que anda circulando? – indaga la querella de la CPM

-El audio lo mandé yo, lo mandé contando pero siempre me puse en primera persona- explica Ciro. En la sala el desconcierto es generalizado, nadie entiende a qué se refiere con “en primera persona”.

-¿Qué decía el audio?- prosigue la querella.

-Conté todo pero lo mandé en primera persona cuando yo no viví lo que ví

Burrone lo interrumpe para recordarle que su declaración es bajo juramento de decir verdad

-¿Es adivino usted? ¿Cómo relató algo que no vivió?- interpela Burrone

Ciro intenta explicar, ya más nervioso que al principio, que él mandó ese audio porque se informó por los medios. Sostiene que lo mandó cerca de las 21:00, desde la calle de Merced y Dorrego, la esquina de la Primera. Cuando dice en “primera persona” quiere decir que mandó el audio como si hubiera vivido algo que no vivió. En el audio en cuestión, que reconoce como propio, se oye:

“Discutieron entre los presos y nosotros justo estábamos en la Primera. El oficial de servicio de la Primera nos pidió si podíamos ayudarlos a engomar, o sea a guardarlos cada uno en su celda. Entramos y los empezamos a engomar. Todos adentro, qué sé yo. El último que entró fue Paco, el de Vicente López. Agarró y empezó a patear la reja… Que por qué lo engomaban… empezó a discutir con el oficial de servicio de la Primera. Y dijo que él ahí no iba a vivir. Al ratito nos fuimos, salimos afuera y empezó a salir humo. Todos pensamos que era como lo que hacen siempre, prender una sábana y la apagan. Pero no, agarró toda la celda completa de ellos y murieron todos los de la celda”.

Aunque Ciro al principio de su declaración reconoció que el audio se lo mandaba a un “compañero de Pergamino” que le había preguntado qué había pasado en la Primera ante la consulta de a quien le mandó el audio, regresó el siempre presente “no recuerdo”.

Brian Ciro también sostuvo, aún cuando el presidente del tribunal le advirtió por segunda vez que tenía obligación de decir verdad, que el audio lo mandó cerca de las 21:00, desde la calle, subido a su moto. Sin embargo, en el audio en cuestión se oyen ruidos de oficina, un telefono, el movimiento de una puerta, handys, gente.

-¿Durante todo el audio no pasó ningún auto? – inquirió Burrone y antes de que Ciro pueda responder siguió- Usted no está imputado, no se tiene que defender de nada, debe decir la verdad, porque si no se va a tener que defender después.

-Yo recuerdo que estaba en esa esquina- insistió el testigo.

Ciro escuchó también los otros dos audios que se le adjudican. Dijo no ser él.

-¿Por qué lo hiciste? ¿Tenes problemas de fabulación? – preguntó Margarita Jarque de la CPM sobre el cierre de la testimonial.

-No- respondió.

– Queda liberado- terminó el presidente del tribunal.

Lo que se sabe hasta acá es que el primer mensaje de auxilio de Paco Pizarro salió a las 18:23 y que la cámara de seguridad muestra que la motorizada se va 18:26. Cabe la pregunta: ¿Cómo fue que Ciro no vio ni olió humo?. De hecho, lo dice en sus audios. Pero

intentó algo que se repite en los uniformados que se sientan en el estrado: la amnesia policial sobreviene en el momento de declarar.

16 botellas de agua

Luego del cuarto intermedio, y ante la no comparecencia de Diego Ulloa, la defensa policial esgrime que sus defendidos están en condiciones de declarar. La primera de los seis en testimoniar es Carolina Denise Guevara. Antes de sus palabras el abogado defensor Gonzalo Alba aclara al tribunal que sus defendidos se someterán a las preguntas de todas las partes, menos a las de la CPM porque, según sus argumentos, esta parte incurrió en descalificaciones y condena adelantada. El juez le explica que según el código de procedimiento los imputados que deciden declarar pueden negarse a responder, pero que el anuncio carece de sentido, porque en realidad, lo que debe suceder es que cualquier pregunta que la imputada no quiera responder, tendrá que avisarlo en ese momento.

Guevara entonces se desplaza desde el banquillo de los acusados al banquillo de los testigos. Las familias de las víctimas también se paran para escuchar a la primer imputada en declarar.

-Primero quisiera aclarar que algunas cosas no van a coincidir con la declaración anterior. Al principio teníamos un defensor que nos quería enfrentar. Hoy voy a decir la verdad- comienza.

Más adelante expresará que su abogado anterior, quería que le echasen toda la responsabilidad a Donza, que digan que él estaba cruzado de brazos mientras todo ocurría. Y continuó: “eso no fue así”.

-¿Y cómo fue? Le pregunta el juez. Ante los titubeos y las inconsistencias del relato, Burrone le recuerda que no tiene la obligación de decir la verdad, ya que ella no está allí en carácter de testigo, sino de imputada. Pero, agrega “no puede decir que llueve de abajo para arriba, hay ciertos límites. Si se defiende le conviene que su relato sea coherente”.

Carolina Guevara estaba en la oficina de guardia de la Primera el 2 de marzo, cuando se enteró que había un problema en los calabozos. Pasaron entre 20 y 30 minutos para que empiece a oler y a ver humo cuando, según su relato, el oficial de servicios Alexis Eva apareció corriendo y le dijo que vayan a llamar a los bomberos porque habían prendido fuego. Sin embargo, aún ya en presencia del fuego, Eva y Guevara llamaron primero a la fiscalía. Se escuchaban gritos, pero ella no logró distinguir ningún pedido de auxilio, nada le llamó la atención. Luego, desde el mismo teléfono que estaba en la oficina del oficial de servicio marcó ella misma 3 veces a los bomberos voluntarios (número que suele responder con celeridad a emergencias), como no se pudo comunicar, manifestó que marcó el teléfono de los bomberos de policía. Luego realizó un llamado a los bomberos voluntarios y les dijo que “había un incendio en los calabozos” a pesar de que los bomberos declararon que la voz femenina que se comunicó habló de “un motín”.

Guevara hizo alusión durante toda su declaración a que, en medio de la situación de desastre de humo y corridas que relataba ella “anotaba todo en un papel” para pasar luego al libro de guardias, como si fuera más importante la burocracia de la anotación de los movimientos que salvar las vidas de quienes pedían auxilio y golpeaban con todo lo que podían los barrotes de las celdas cerradas con candado. Tolosa, oficial de servicio de otro horario, le había pedido que deje todo asentado. Ese papel, donde estaba todo, cuenta Guevara, no lo vio nunca más por lo que tuvo que anotar lo que recordaba en el libro de guardia, que fue secuestrado a los dos días de la masacre.

En lo que puede leerse como un mostrar a sus compañeros activos ante semejante situación, dijo que vio a Carrizo y a Giulietti ayudando a tirar la manguera a los bomberos. También que ella misma ingresó por el pasillo del patio interno para mover a dos internos, con Eva y uno del grupo GAD, antes de que lleguen los bomberos, lo que desnuda que antes de los bomberos arribó el GAD que, según las denuncias, sacó y golpeó a los sobrevivientes. Y la pregunta que queda resonando es ¿si pudieron ingresar para mover a algunos, cómo no pudieron ingresar para apagar el fuego cuando tenían, siempre según su relato, 16 botellas de agua en la heladera?

Otro punto central de su declaración fueron los matafuegos. Mientras declara, sus compañeros hablan entre ellos y con sus abogados. A pesar de que Alba anticipó que los defendidos no iban a responder las preguntas de la CPM, Guevara contesta cada una de las intervenciones de la Comisión. La imputada reconoce haber buscado matafuegos en la oficina de guardia, pero en ningún lado más.

-¿Por qué no buscó matafuegos en otro lugar?- quiere saber el fiscal

-Por el humo. No aguantaba la respiración- responde Guevara

-¿Consultó al jefe si había matafuegos en otro lugar?

-No- cierra.

Nadie entiende cómo, ante un incendio y oyendo gritos y golpes de barrotes a la oficial de guardia no se le ocurrió preguntar por matafuegos y cómo sólo los buscó en la oficina de guardia. Tampoco nadie logra entender por qué, cuando sacaron a los sobrevivientes al patio de la comisaría, ella “les dio cigarros”, que supuestamente le habían pedido los chicos. Luego de sobrevivir de esa humareda fatal, ¿quién puede pedir un cigarrillo?

A Guevara también le preguntaron si atendió a Camila Gamarra, amiga de Noni Cabrera, en la Comisaría el día de La Masacre, (Camila declaró en la primera semana del juicio que Guevara la recibió en la comisaría y le aseguró que todo estaba bien) pero Carolina no recuerda. Tampoco recuerda haber hablado con la mamá de Alan Córdoba.

-Jamás me hubiese dirigido como relató la señora acá. Yo también tengo hijos- afirma ante la pregunta sobre si la conoce a Flavia Gradiche. Flavia, mamá de Alan, la oye desde la primera fila, enfurece y le grita “asesina, hija de puta, me dijiste que los pendejos tenían teléfono”. Sale de la sala. Guevara continúa unos minutos más.

“No recuerdo todo bien bien”, dijo casi al principio de su declaración. Desde allí, esa frase se repitió frecuentemente. No recuerda a qué hora llamaron a los bomberos. Tampoco desde qué teléfono los llamaron. No recuerda si llamaron al 100. No recuerda si alguien le dejó una carta para uno de los detenidos.

Su declaración termina diciendo que cree en Dios y que él sabe que dice la verdad. Sólo Dios lo sabe. En términos judiciales y no religiosos, su testimonio parece inaugurar una serie de declaraciones de los imputados que se orientarán a contar que esa tarde noche todos hicieron lo correcto. Lo que aún no se comprende es cómo, si todos hicieron lo correcto, murieron siete personas con un fuego que se apagaba, cuando comenzó, con un baldazo. Y en la heladera tenían 16 botellas de agua.

Texto: Antonela Álvarez (FM La Caterva)/Julian Bouvier (La Retaguardia)

Fotos: Andrés Muglia

Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente)/ Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia)

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

MASACRE DE PERGANIMO – CRÓNICAS DEL JUICIO -DÍA 11-

Acá hay algo que no cierra

La anteúltima jornada de testimoniales fue importante para las partes acusadoras que intentan condenar a los policías imputados. Tres de los testigos que se contradijeron fueron aportados por la defensa. El dato central lo dio el ex policía Eduardo Hamué, al admitir que él entregó las llaves de las celdas a Alexis Eva. También declaró un sobreviviente que está detenido y ratificó que nadie hizo nada para apagar el fuego. (Por El Diario del Juicio*) 

Apenas pasadas las diez de la mañana Mauricio Calzone se sienta ante los jueces. Es el tercer y último bombero voluntario en declarar. Era el Jefe del Cuartel al momento de la Masacre. Calzone comienza su testimonio comentando que estaba trabajando el 2 de marzo de 2017, pero decide pasar por el cuartel. Allí, le informan que había un motín en la Comisaría 1ª, y que los bomberos Ardis y González ya se habían dirigido hacia el lugar. Cuando llega la solicitud de refuerzos desde la Comisaría, Calzone se suma a sus compañeros, llegando alrededor de las 19:10. Se cruza con González, y lo releva. Ingresa a la celda. Su testimonio se parece demasiado al de sus colegas de la jornada anterior. Y genera los mismos escalofríos. “Veo a un grupo amontonado, en un rincón. Escucho unos gemidos, y sacamos al cuerpo que estaba debajo de todo. Se nos complicaba sacarlo, porque estaban entrelazados”. El Jefe de Bomberos ordena, instantes después, el ingreso de los médicos de Medicar. Pero es en vano: el cuerpo retirado de la celda no tiene signos vitales. Mientras Calzone relata el intento, un llanto se mezcla con la voz del bombero. De pie entre los largos bancos de madera, casi de iglesia, Daiana no puede contener la angustia. Sabe que están hablando de su hermano, Federico Perrotta.

Calzone no duda al momento de calificar el grado del incendio: era generalizado. Y también es claro cuando la querella interroga sobre la cantidad de bomberos en los operativos, coincidiendo con sus compañeros del lunes: “es normal que vayamos dos bomberos. Muchas veces concurrimos de ese modo a los siniestros. Si vemos que necesitamos más personal, lo llamamos”.

Durante el resto de su relato, Calzone recorre varios temas. Por un lado, comenta que, durante sus 27 años de servicio, ha concurrido en varias ocasiones a la Comisaría 1ª. Y realiza una suerte de taxonomía de los llamados policiales: “Hemos ido por varios motivos: a apagar incendios; o por amenazas de incendio que realizan los internos; o también a veces llegamos y el incendio ya se apagó, con baldes o matafuegos”. Por otro lado, traza un Curriculum Vitae del Cuerpo de Bomberos de Pergamino, con credenciales que suenan convincentes: “Estamos bastante calificados. Existe una Federación, en donde realizamos cursos y somos evaluados. Nuestro ente regulador es Defensa Civil de la Provincia de Buenos Aires. Los bomberos voluntarios de Pergamino estamos bien capacitados. Tenemos cerca de 1200 incendios por año y respondemos con un servicio que está las 24 horas y sale en el acto”. Y, por último, completa con cuestiones vinculadas al día de la Masacre. “El fuego en un colchón demora un tiempo en propagarse. No sé cuánto, pero tarda”. Antes de dejar la sala, Calzone responde una última consulta de la querella, sobre el objetivo de un Bombero Voluntario: “salvar vidas”.

Aparecieron las llaves

Cuando llegó al juzgado esta mañana, Eduardo Hamué repartía sonrisas y saludos. En pago chico es difícil no reconocerse, pero él es un personaje reconocible de la ciudad. Fue cesanteado de la fuerza después de haber tenido un sumario, no por su actuación durante la Masacre de Pergamino (al menos hasta hoy), sino por haber realizado una publicación en su Facebook, después de la masacre, mostrando el tambor cargado de su arma con el mensaje: “Saludos a los DH”, no en referencia a Daniel Hadad sino a los Derechos Humanos. Antes de la Masacre hablaba de sus armas como “mis bebés que me protegen de las lacras” (los posteos acompañan esta crónica). Hamué fue uno de los promotores de las marchas que se realizaron a favor de los policías acusados en esta causa. Bajó del auto con paso seguro, grandote como es, con su campera verde todavía puesta. Pero ahora que está ante el tribunal su actitud ha cambiado por completo.

Posteos de Hamué en redes sociales

Hamué no estaba de servicio aquella tarde, porque tenia vacaciones. Pero recibió un llamado de Daiana, la hermana de Federico Perrotta. Hamué y Daiana se conocían. Al llegar, siempre según su relato, lo ve a Brian Carrizo yendo y viniendo.

-¿A hacer qué? -le pregunta el fiscal Néstor Mastorchio, con su corbata color salmón sobresaliendo en la escena.

-Lo que hacíamos todos: correr. Entraba y salía.

-¿Cuál es la tarea que deben hacer ustedes en una situación así?

-Liberar el pasillo y abrir la puerta para la llegada de los bomberos. Buscábamos medios para apagar el fuego.

Hamué describe un escenario de desesperación que no se condice con lo narrado por los bomberos voluntarios el día anterior. Y comienza a hacer de la contradicción un paradigma de su testimonio, al plantear que junto a “Matías” (Giulietti) ayudó a desplegar la manguera del Autobomba y observó cómo la llave solicitada por los bomberos aparece casi en el acto. Exactamente lo opuesto a lo declarado por Ardis y González ayer. Sin embargo, el ex policía escala posiciones en el ranking de contradicciones, y se desdice de lo que mencionó hace instantes, al menos dos veces. Primero, cuando plantea que la llave para abrir la reja de los calabozos la tenía el ex oficial Alexis Eva, que se la da en mano a uno de los bomberos luego de ir a abrir la celda 6. Claro que esta declaración no sería un problema si Hamué no estuviera diciendo, minutos después, que él le da en mano la llave a Eva. ¿Quién tenía en definitiva la llave que pedían los bomberos? ¿Quién se las alcanzó a Ardis? ¿Y cuándo?

El presidente del tribunal, Guillermo Burrone, lo interrumpe y le remarca las contradicciones.

-Escúcheme, Hamué. Usted está declarando bajo juramento -le advierte, juntando su manos como en un rezo- Entonces… primero usted dijo que no había encontrado a Eva porque había ido a abrir el calabozo 6, pero ahora dice que usted le dio la llave a Eva. Acá hay algo que no cierra..

-¿Por qué no cierra, doctor? -pregunta Hamué. Sus pestañas con taquicardia.

-Usted dice que no encontraban la llave, pero después dice que se la da a Eva… ¿Alguna pregunta más? -consulta el juez a las partes.

Todo sigue alrededor de las llaves. Hamué dio, sin querer, un dato esencial. Eva tenía las llaves para abrir la celda, pero no lo hizo.

El cierre de su testimonio fue tenso. Daiana, la hermana de Perrotta, que fue pareja de Hamué bastante antes de la Masacre, le gritó: “Acordate que te acostabas conmigo para pasarle cosas a Fede”. Como contraparte de la situación abusiva, Hamué tenía que entregarles unas muletas a Perrotta. Nunca se las llegó a dar. Como los custodios ya la habían visto a Daiana preparada para increparlo, sacaron al testigo por la puerta de los imputados, quizá un anticipo de dónde quedó parado hoy Hamué.

Eduardo Hamué reconociendo las rejas abiertas o cerradas por una contradicción en su declaración

Nadie hizo nada

El siguiente testigo es un sobreviviente que todavía permanece detenido. Entendiendo que no es una situación fácil dar testimonio para luego volver a estar preso, El Diario del Juicio preservará su identidad. Tiene una campera negra con el cierre hasta arriba. Su jean ha soportado ya demasiadas batallas. Se sienta con tranquilidad frente al tribunal. Es un sobreviviente de la Masacre, estaba detenido el 2 de marzo de 2017 en la celda 3, contigua a la 1. Cuenta que en un momento de esa tarde de verano decidió recostarse a dormir la siesta. Entre las 17 y las 17.30 se levantó y observó que en el patio dos internos estaban peleando. Según él, “planeaban una fuga” y terminaron enfrentados. Sin embargo, la discusión finalizó en paz. “Se dieron la mano”, agrega. Los dos protagonistas de la pelea eran Alan Córdoba y Juan José “Noni” Cabrera. Los policías deciden engomarlos (encerrarlos) a todos. Según el testigo, se trataba de una práctica habitual, y ya venían de estar en esa situación durante casi veinte días. “Era un modo de penitencia que sólo se interrumpía el día de visitas”, aclara el testigo.

La declaración ingresa en un terreno complejo, porque apenas se produce el engome, donde según el testigo no hay resistencia, desde la celda 1 comienzan a prender fuego objetos “del tamaño de una almohada”. Las celdas se convierten en una trampa mortal. “El humo era inaguantable. Yo gritaban que nos ayuden, pero no vino nadie. En un momento escucho la sirena de los bomberos cerca. Y veo que desde la celda 1 arrojan un colchón entero con fuego”. Las palabras del sobreviviente generan angustia entre muchos presentes, aunque él permanece calmo. “En un momento, todo quedó en silencio, y por mucho tiempo. Después de eso, tiran agua”. Cuando desde la querella interrogan sobre los tiempos, la cuestión se torna difícil, aunque consigue precisar que todo transcurrió en un lapso de una hora y media sin que nadie ingresara.

-¿El incendio empezó de día? -pregunta Carla Ocampo Pilla, abogada de la CPM, pañuelo negro de los 7 abrochado en la muñeca. Pelo con una colita atada encima de su cabeza y un mechón bien delgado cayendo debajo de su oreja como un aro.

-Sí -responde el sobreviviente.

¿Y cuándo los sacan?

-Ya era de noche -responde seguro.

El sobreviviente contó:“teníamos agua pero ese día la cortaron. Nos queríamos meter agua en la boca y justo en mi celda la pileta siempre perdía, así que usamos ese agua sucia para poder mojarnos la remera y respirar”.

En la primera fila, una señora tiene su cabeza recostada sobre la baranda de madera que separa al público de las partes. No mira. Sólo la levanta ahora, que la abogada Ocampo Pilla, al finalizar la declaración del joven, le solicita al tribunal si el testigo puede ver a su madre antes de regresar al penal. Recién entonces ella se pone de pie y sale. Tendrá unos minutos para ver a su hijo antes de que lo regresen al penal.

Las maniobras del Autobomba

Luego del cuarto intermedio establecido por el tribunal, la sala fue invadida por el desconcierto, eufemismo para denominar el testimonio de Renzo Giracci. Resulta complejo describir las palabras del policía en el marco de este proceso judicial.

Giracci llega a la sala calmo, y se dispone a narrar con soltura lo que le ocurrió el 2 de marzo de 2017. Alrededor de las 18.25 llega a la comisaría en un móvil, que estaciona en una de las esquinas de la Comisaría. Tenía que entregar un acta para que la firmara Eva. Pero el oficial estaba ocupado en cualquier cosa menos en abrir la celda 1. Cuando se baja, observa humo que proviene del edificio. Cuando consigue encontrarlo y que le firmen el papel, consulta a Donza sobre la necesidad de ayuda, y queda a su disposición. El Comisario a cargo le ordena que cuide la entrada -siempre según su relato-, y desde allí logra observar la llegada del camión de Bomberos. Plantea que el autobomba realizó maniobras raras, como “queriendo ingresar a la Comisaría”. En ese instante, aparece la primera contradicción, que se trata solo de una muestra sin cargo de lo que sigue. Giracci no menciona ayuda alguna por parte de la policía a los bomberos en lo que respecta a estirar la manguera. Sin embargo, y por una observación de la defensa, se desdice y plantea que, tal como dijo en la declaración anterior en la Fiscalía, sí hubo manos policiales que acompañaron a los bomberos a bajar la manguera. Segundos después, el Juez Guillermo Burrone realiza una intervención que es el principio del final, y es televisada. La sala se oscurece y se proyecta un video de una cámara de seguridad oficial, que desmiente las supuestas maniobras del camión de bomberos. Las imágenes son claras: el autobomba llega a las 18:35 (la hora del video atrasa 10 minutos, por lo que se establece que llegó a las 18.45), estaciona y los bomberos bajan. Sin embargo, hay algo más: la llegada de Giracci junto a su móvil jamás aparece en las imágenes. Esto desata un murmullo generalizado, cuyo exponente principal es el imputado Alexis Eva. Tan afectado se muestra por el video que debe ser advertido por el tribunal:

-Si usted quiere decir algo va a tener que sentarse acá -le dice Burrone-. Desde ahí no habla.

-Disculpe -ensaya obedecer Eva, con su rostro denota el enojo de una jornada muy adversa para su defensa.

Cuando vuelve la luz todo se ilumina, menos la memoria de Giracci. Ahora, no recuerda casi nada. El “puede retirarse Giracci”, de Burrone, pretende ser reprobatorio. Pero es piadoso. El policía se sorprende que lo despidan en medio del papelón, pero el juez insiste “vaya, vaya”, y le indica el camino con sus manos. Es el segundo testigo de la defensa, después de Hamué, que no ayuda demasiado a quienes lo convocaron. Pero falta una testigo más.

 “Iban y venían”

Flavia González es policía y trabaja en la línea 101 de Emergencias. Tiene el cabello negro largo y lacio, que cae sobre una blusa multicolor. El día de la Masacre, fue la que se comunicó con los Bomberos Voluntarios de Pergamino avisando del incendio. En ese significante aparece una contradicción con respecto al relato de Ardís, ayer. Si bien el bombero plantea que una mujer fue la que le comunicó lo que sucedía, afirma que el mensaje fue “hay un motín”. González, en cambio, asegura que utilizó la frase “hay fuego en el calabozo”. Luego de esta diferencia, las palabras de la policía coinciden con los bomberos, ya que comenta que en dos o tres minutos estuvieron en la Comisaría. González sufre de lapsos de amnesia, que ya se vislumbran como síntoma en algunos testigos. Por ejemplo, no recuerda la hora en que comenzó a ver humo desde las celdas, así como tampoco lo que el bombero Ardís le contestó cuando lo llamó. Sin embargo, sí recupera la memoria al describir la actitud de sus compañeros oficiales, que “iban y venían”; esa misma descripción literal hicieron los otros dos testigos de la defensa. El “iban y venían” parece ser un intento de retrucar los testimonios de bomberos, sobrevivientes y familiares, que aseguran que no hicieron ningún intento por salvar las vidas de los 7 pibes. González fue más allá y aseguró que observó a Donza, “que daba órdenes” y planteó que uno de los bomberos “iba a entrar a la comisaría y se arrepintió”; esa es la otra cuestión que los policías necesitan refutar: si ellos no tuvieron la culpa, fueron los bomberos. Luego, la cuestión se hizo más difícil cuando debe explicar hacia dónde sus colegas estaban yendo y viniendo, de qué modo y a quién Donza daba órdenes y qué significa que el bombero se haya arrepentido. Tampoco puede precisar el momento en que dijo ver al Auxiliar Letrado de la Fiscalía Juan Martín Fontana. Muchas dudas. Pocas certezas. Antes del cierre de la jornada, el abogado defensor Gonzalo Alba vuelve a anunciar que los imputados van a declarar al final de las testimoniales.

Mañana será la última jornada de aporte de pruebas, por lo que el lunes podrían declarar los policías, que hoy no tuvieron una buena jornada, como lo dejó ver el abogado Alba, antes del cuarto intermedio, cuando anunció que denunciaría en el Colegio de Abogados a Carla Ocampo Pilla, por una supuesta inconducta, una sonrisa irónica que habría dirigido hacia su colega al mostrar las publicaciones de Facebook de Hamué. El presidente del tribunal volvió a intervenir para poner algunas cosas en claro. “Más allá de que no observé ninguna incorrección por parte de la doctora, sonrisas y gestos he visto de todas las partes. El público se ha comportado correctamente hasta ahora, no hubo provocaciones. No las ocasionemos nosotros”. En esa protesta de Alba se adivina la queja de quien sabe que está por perder el partido.

Texto: Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia) y Fernando Tebele (La Retaguardia)

Fotos: Andres Masotto (Radio Presente)

Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente) /  Martin Parolari (Radio Presente)

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*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

El incendio que la policía quiso ocultar

La audiencia que cierra la primera semana de juicio por la Masacre de Pergamino comienza con peticiones. Gonzalo Alba, abogado defensor que en el inicio del juicio expresó “voy a demostrar la absoluta inocencia de todos mis defendidos”, pide la palabra: “No queremos transformar esto en otra cosa que un juicio. Las preguntas deben ser sobre los hechos”. Carlos Torrens, abogado del ex comisario Alberto Donza, acompaña el pedido. Guillermo Burrone, el presidente del tribunal, accede.

En lo que resta del juicio, no se volverán a mencionar quiénes eran los siete pibes víctimas de la masacre. Las biografías personales no son parte de “los hechos que se investigan”, aunque representan para las familias, como sostiene Carla Ocampo Pilla de la Comisión Provincial por la Memoria, una forma de reparación simbólica. No más que eso.

En la audiencia del día anterior, Ariadna, prima de Fernando Latorre, de 14 años, no pudo entrar a la sala. “El juicio es para mayores de 15 años, no puede ingresar”, le había dicho uno de los oficiales federales que revisan la fila de quienes entran a la sala. Hasta ayer no revisaban a la prensa. Hoy hubo detector de metales para todos.

En la fila hay otra niña que quiere presenciar el debate. Es Abigail, la hija de “Paco” Pizarro que tiene 11 años. Entre las testigos del día está su mamá, Anabel, que también es mamá de otros dos hijos de Paco: “Basti” y “Pili”. La CPM peticiona y el juez accede. Ingresa “Abi” y empieza el debate.

El “problema” en otra celda
Anabel Delmas se estaba bañando el 2 de marzo de 2017. A las 18:20 salió de la ducha y vio un montón de mensajes de Paco: “Venite para la comisaría”. Esa tarde, Paco también había mandado mensajes a su papá, a su tío y a su hermana. Anabel recuerda con precisión los horarios.

Entre las 18:43 y las 18:48 contestó el mensaje: “Estoy llegando”. Del otro lado, un nuevo mensaje: “Dale que nos matan” respondieron del otro lado. Anabel llegó a la comisaría 18:55 y avisó “estoy afuera”. Nadie contestó. Recién llegaban los bomberos. Ya había humo y estaba cerrado el segundo portón de acceso a la comisaría. Abigail la escucha con el pañuelo negro de “Justicia x los 7” en el cuello. Como casi todos en la sala, llora.

Unos minutos antes que Anabel habían llegado en moto Laura González y Julio Daniel Cantoni, tíos de Paco, que también testimonian. Ellos también habían recibido mensajes. Cuando llegaron, cerca de las 18:30, los portones de acceso a la comisaría, visibles desde la entrada del garage, estaban abiertos. Laura entró y se encontró con Carolina Guevara, una de las ex policías hoy imputadas: “Entro, encuentro a Guevara y le pregunto por Paco. Ella me preguntaba por qué yo le preguntaba qué estaba pasando, que cómo me había enterado que pasaba algo”

Declaración de Anabel Delmas, pareja de Paco Pizarro.

Declara Laura y la imputada Guevara le pasa papelitos a su abogado. Laura continúa: “No le quise decir que me había enterado por mensaje. No quería exponer a Paco. Le dije que me había enterado por un vecino que me comentó al pasar”.

Guevara le aseguró que el problema había sido en otra celda y que Paco estaba bien. Daniel Cantoni terminó de estacionar la moto y entró a buscar a Laura. Ya había humo negro y como Laura es alérgica, la sacó para afuera para que no se le cerrara el pecho. Se supone que a las celdas no pueden ingresar ni encendedores, ni celulares, ni alcohol, ni droga, pero este juicio, a muy poco de su inicio, también está dejando al descubierto la corrupción y la impunidad de la Policía.

Delante del primer portón de la comisaría colocaron un cordón de policías locales y el segundo portón fue cerrado. Ya nadie podía entrar. Llegaban más familiares. De la celda 1 habían salido muchos mensajes pidiendo auxilio.

Pili es una de las tres hijas de Paco y Anabel, y tiene una enfermedad genética: atrofia muscular espinal (AME). La noche de la masacre estaba internada y el horario de visita era hasta las 20. En la puerta de la comisaría, Anabel quería confirmar que todo estaba bien para irse a ver a la niña. Eran las 19:20 cuando apareció Hamue, un ex policía ya nombrado por otros testigos.

Como a familiares de otras víctimas, Eduardo Hamue le dijo también a Anabel que “todos estaban bien”. Descreyendo de las palabras del oficial, Anabel intentó en la Departamental, ubicada al lado de la comisaría. Habló con una oficial de nombre Vanesa: “Andá tranquila, están todos con oxígeno”. A ella le creyó. Se fue a la visita de Pili. Las enfermeras prendieron la tele a las 19:50 y en los medios ya estaba la noticia: había siete muertos en la comisaría primera.

De regreso a la comisaría, Anabel supo que Franco estaba entre la lista de los fallecidos. A Laura, la tía de Paco, ya la había llamado su hermano. La tele, antes de que nadie diga nada en la comisaría, ya había dado el listado de víctimas: Franco Pizarro era uno de los siete.

Daniel Cantoni también escuchó de boca de Hamue que todo estaba bien. Esa noche, Cantoni vio cómo este oficial pedía las esposas a los policías que hacían el cordón. En ese momento pensaron que los pibes estaban bien y que pedían las esposas para sacarlos. Más tarde se supo que las esposas eran para los sobrevivientes.

Testimonio de Daniel Cantoni, tío de Paco Pizarro.

Cantoni dice recordar como si hubiese sido ayer el diálogo que esa noche tuvo con Matías Giulietti, vecino y uno de los ex policías hoy imputados:

-Está todo bien -cuenta que le dijo Giulietti.

-No me mientas – asegura Cantoni que le respondió. Admite que estaba “sacado”- Mejor que no pase nada porque si no te voy a tener que matar.

-No te estoy mintiendo, me vas a tener que pedir perdón -le porfió el policía, que ahora masca chicle mientras escucha la declaración de Cantoni.

-No vaya a ser cosa que me tengas que pedir perdón vos a mí.

A esa hora, los pibes ya estaban muertos.

El tribunal proyecta un video que aportó Laura, la tía de Paco. Es un video filmado por uno de los sobrevivientes que le llegó a Laura a través de la pareja de quien fue testigo de lo ocurrido esa jornada porque también estaba detenido.

El video muestra el pequeño fuego que se iniciaba en el pasillo de las celdas. Se escuchan los gritos de auxilio y los golpes desesperados contra los barrotes. El sonido del video queda tapado por gritos de dolor y sollozos de toda la parte izquierda de la sala.

Del lado derecho, la mamá de Brian Carrizo, el más chico de los policías imputados, sonríe. Uno de los efectivos que custodia la sala, fuertemente armado, registra el video exhibido y toma fotos de las familias en llanto. Al regreso del cuarto intermedio, el presidente del tribunal le advertirá al jefe del operativo de seguridad que eso no puede volver a ocurrir.

El papel de la motorizada la noche de la masacre
La declaración de Daiana Brunel, hermana de Federico Perrotta, ubica a Brian Ciro, policía de la motorizada, en el lugar de los hechos. Dos audios que le llegaron con posterioridad al hecho tienen la voz de Ciro. De fondo se escuchan los gritos de los pibes y las explosiones que provocaba el fuego, que primero tomó las cortinas y luego toda la celda 1.

En esta audiencia empieza a confirmarse que esa noche, al menos tres efectivos de la fuerza motorizada de la Policía estaban en la comisaría y que ayudaron a “engomar” a los detenidos. Dos de los motorizados ya fueron nombrados en el debate: Mauro Chida y Ciro. Sus testimonios se esperan para las próximas semanas del juicio.

Hasta aquí ya sabemos que en las celdas había celulares y encendedores; que Cristina Gramajo, madre de Sergio Filiberto, vio – una de las 28 noches que le llevó la comida a “Fili”- una heladera llena de latitas de cerveza dentro de la dependencia policial; que la guardia de las 20 h le robaba la medicación a Fili.

El testimonio de Daiana suma un elemento al corrupto accionar policial: la última vez que vio a su hermano, Fede estaba borracho. “Estaba tomando alcohol con jugo”, indica. Fede, como muchas de las víctimas, tenía problemas de consumo, era adicto a las pastillas. Esa vez, la última visita, Fede le dio un papelito con un número de teléfono: “Llamalo y decile que mañana a las 7 de la mañana se encuentra con Rojitas en Merced y Dorrego”.

La persona señalada en el papelito se encargaba de entregar las pastillas. “Rojitas” era la forma en que los detenidos llamaban al policía Brian Carrizo, de lo que se desprende que era quien recibía e ingresaba las pastillas a la comisaría.

Daiana nunca llamó por teléfono a ese contacto. También repite ahora, como ya han declarado otros familiares, que Alexis Eva era quien provocaba constantemente a los pibes y se ensañaba puntualmente con los de la celda 1. Poco después de declarar, Daiana se descompone y debe ser medicada.

Daiana, hermana de Federico Perrotta, frente al tribunal en calidad de testigo.

De Colombia al mismo infierno
Lorena y Carmenza, hermana y madre de Jhon Claros, viajaron desde Yumbo (al norte de Cali, Colombia), para presenciar el juicio. Jhon era cantante y vino a la Argentina para desarrollar su carrera porque en Colombia, pensaba su madre, el conflicto armado hacía difícil la vida.

Lorena tiembla como una hoja mientras declara. En la primera fila, Carmenza la escucha y llora. La noche de la masacre estaba trabajando cuando recibió el mensaje: “Parcera, pide ayuda que nos están matando”. “¿Cómo así?”, respondió. Como nadie contestó, llamó. Eran las 18:34. Del otro lado atendió Franco Ferreyra, sobreviviente de la masacre.

De fondo se escuchaban los gritos de auxilio y los golpes contra los barrotes. Lorena no pudo hablar esa noche con Jhon. Ferreyra le explicó que estaba en otra celda, pero también le rogó que buscara ayuda. Ella le avisó al abogado de Jhon y a su novia. En el camino del trabajo a su casa, su teléfono celular se quedó sin batería. “A Jhon lo mataron”, fue el primer mensaje que leyó cuando volvió a encender el aparato.

Lorena dice algo que coincide con otros testimonios previos: la relación entre los pibes detenidos era buena. Compartían toda la comida, como en familia. También dice que Jhon era amigo de Paco y que en la última visita estuvieron tirados en una cama de la celda 1, hablando de la libertad que era inminente para Jhon. La masacre sobrevino antes de que terminara de grabar su disco.

Si yo te digo que no pasa nada, no pasa nada
“Noni” Cabrera cayó preso el miércoles, un día antes de la masacre, por un choque. Camila Gamarra, su amiga, se enteró el mismo jueves de la masacre y cerca de las 18:00 le llevó una carta. Su idea era dejársela e irse a cocinar para llevarle algo de comida después.

Cuando llegó a la comisaría no había nadie. Aplaudió. Finalmente apareció una policía y le entregó la carta para Noni. Recibió un mensaje antes de alejarse del lugar: que se quedara porque adentro se estaban prendiendo fuego, que llamara al resto de los familiares.

Todavía no había nadie en la puerta de la Primera. Camila volvió pero ya no la dejaron entrar.

-Me están mandando mensajes de acá dentro diciendo que se prenden fuego -le dijo a una mujer policía.

-Prendieron fuego una sábana, quedate tranquila. Si yo te digo que no pasa nada, no pasa nada -le respondió.

Camila y una amiga salieron en la moto. Había mucho viento y se largó a llover. Cuando estaban dando la vuelta oyeron disparos. Mientras sucede esta declaración, Carolina Guevara le pasa algo al abogado.

Cuando Camila regresó a su casa para preparar la comida con la idea de volver a la comisaría, en la tele ya estaban los nombres de los siete pibes fallecidos. Juan José Cabrera era uno de ellos.

En su declaración, Camila coincidió con Daiana Brunel ya que también ubica a Brian Ciro esa tarde en la comisaría. Los tres audios que aportó a la causa no dejan dudas sobre el accionar de la motorizada esa noche. Hoy se lee el contenido de los audios que llevan la voz de Brian Ciro y se filtraron a los pocos días de la masacre, junto a las fotos de los cuerpos sin vida de cuatro de las siete víctimas:

Audio 1: “Hay una de humo acá boludo… Uhh…. Esa esa…”

Audio 2: “Que negros de mierda boludo pa… ahora van a aparecer un par de muertos pero por los tiros chabón” (de fondo se escuchan como explosiones)

Audio 3: “Discutieron entre los presos y nosotros justo estábamos en la primera. El oficial de servicio de la primera nos pidió si podíamos ayudarlos a engomar, o sea a guardarlos cada uno en su celda. Entramos y los empezamos a engomar. Todos adentro, qué sé yo. El último que entró fue Paco, el de Vicente López. Agarró y empezó a patear la reja… Que por qué lo engomaban… empezó a discutir con el oficial de servicio de la primera. Y dijo que él ahí no iba a vivir. Al ratito nos fuimos, salimos afuera y empezó a salir humo. Todos pensamos que era como lo que hacen siempre, prender una sábana y la apagan.. Pero no, agarró toda la celda completa de ellos y murieron todos los de la celda”

El oficial de servicio la noche de la masacre era Alexis Eva, que ahora escucha la lectura de los audios y sostiene su mirada en la testigo.

Camila termina de declarar y se funde en un abrazo interminable con Pitu, el hermano de Paco Pizarro. “Gracias”, le susurra Pitu al oído.

No es tarea sencilla revivir el horror y a cada testigo se le agradece que repita en su testimonio que esa tarde, cuando los pibes aún estaban con vida, desesperados por el humo negro, afuera de la comisaría los y las policías que daban la cara insistían en que todo estaba bien.

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguinos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

Texto: Antonella Álvarez (FM La Caterva)/ Fotos: Luis Angió (La Retaguardia)/ Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente) / Mariano Pagnucco (Revista Cítrica) /

Masacre de Monte: la justicia abrió una investigación penal contra la intendenta Sandra Mayol

La causa por la masacre de Monte tiene 13 imputados: cuatro policías bonaerenses por homicidio y otros ocho por encubrimiento, el ex secretario municipal de San Miguel Monte también está acusado por encubrimiento e incumplimiento de deberes del funcionario público. A casi cuatro meses del hecho, y a partir de las pruebas que forman parte de la instrucción judicial, la UFI 1 de Cañuelas pidió formar una causa por separado contra la intendenta Sandra Mayol y Nelson Julio Barrios, un funcionario del cuerpo de bomberos municipal, por el delito de incumplimiento de los deberes del funcionario público.

En la madrugada del 20 de mayo pasado, dos patrulleros de la Estación Comunal de San Miguel del Monte persiguieron al Fiat Spazio en el que se trasladaban cinco jóvenes de entre 13 y 22 años hasta que el vehículo impactó contra un acoplado detenido al costado de la colectora 9 de Julio. Danilo de 13 años, Camila de 13, Gonzalo de 14 y Aníbal de 22 murieron tras el choque; la única sobreviviente, Rocío, tiene 13 años y todavía se recupera de las graves lesiones.

A lo largo de la instrucción fiscal, se evidenció que los policías persiguieron y dispararon hacia el vehículo en distintas oportunidades, y uno de esos disparos dio en el cuerpo de uno de los adolescentes. También se pudo determinar que se desplegó una extensa actividad para encubrir lo ocurrido e instalar la idea de un accidente. Cuando no pudo negarse la persecución, se falsearon testimonios y otras pruebas para ocultar los disparos policiales.

Desde el primer momento, y en base a las pruebas aportadas, la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) sostuvo que la trama de encubrimiento que se desplegó en las horas posteriores a la masacre no pudo haberse realizado sin el conocimiento e, incluso, la anuencia de la intendenta Mayol. En calidad de patrocinante de dos de las familias de las víctimas, la CPM había pedido que se investigue penalmente a la jefa municipal; pedido que también fue realizado fue por los demás particulares damnificados.

En su reciente resolución, el fiscal Lisandro Damonte retomó este reclamo y expresó la necesidad de investigar la intervención, relacionada con su función pública, de Mayol y Barrios en los momentos posteriores a la masacre. Es decir, si conocían o fueron parte de las acciones corporativas de encubrimiento que se desplegaron para ocultar la responsabilidad policial en el hecho.

La decisión del fiscal también es un reconocimiento a la lucha de las familias de las víctimas que, a pesar de haber impulsado la interpelación pública a la intendenta, nunca tuvieron de la jefa municipal una respuesta que repare los graves padecimientos ocasionados por el accionar policial, producto de las políticas de seguridad sostenidas por Mayol.

“Los policías impidieron que los chicos fueran salvados”

¿Cómo se enteraron sobre lo que ocurría aquel 2 de marzo en la comisaría?

Nos fuimos enterando por los medios que contaban la noticia del incendio. En los portales de noticias, como el de Crónica, publicaban los nombres de los chicos que habían sido afectados por el incendio. Mientras a nosotros, los familiares, no nos decían nada.

Una vez ahí, sufrimos el maltrato de las autoridades. Salían y leían una lista, sin tener consideración. Tal vez era un poco egoísta, esperaba que el nombre de mi hijo no estuviera.

Ese día, además, nos reprimieron. Nosotros pedíamos ver a nuestros hijos, y nos respondieron con balas de goma.

Desde entonces, durante todo este tiempo, si bien fuimos relatando qué pasó ese día, vamos recordamos más cosas cuando escuchamos a otros que también estuvieron ahí.

¿Cómo fue para usted declarar en el juicio?
Dolor por verle la cara a los policías imputados, como la del comisario Alberto Donza, fría, autoritaria, así como la de Carolina Guevara, que es madre, mostrando indiferencia. Encima los abogados de ellos hacían preguntas para confundir.

Este miércoles testimoniaron familiares que ese día se habían mensajeado con los chicos que estaban adentro. Fue muy importante lo que contaron.

Después pasaron un video que muestra el foco de incendio en el pasillo de la comisaría, y que ninguno de los policías que estaban ahí hizo nada para apagarlo.
El video muestra el incendio y que los chicos piden auxilio. Esto está aportado en la causa. Fue muy duro volver a verlo.

¿Qué otras pruebas hay contra los policías para imputarlos?
Hay muchas pruebas, además del video, hay testimonios de los familiares, como el de la tía de Franco Pizarro, una de las primeras en llegar a la comisaría. Relató que Carolina Guevara le decía que no pasaba nada.

Creo que durante el juicio se va a ir demostrando la culpabilidad de los policías, más con las testimoniales de los sobrevivientes.

¿Qué dice la causa por la muerte de los siete jóvenes?
Tengo la causa, pero nunca pude terminar de leerla por el dolor que me causa. Sé que ellos no solo no hicieron nada por apagar el fuego, sino que no los socorrieron. Podrían haber abierto las duchas, podrían haber sofocado el fuego con un balde de agua.

Las rejas estaban cerradas, los matafuegos no los usaron. Creo que el testimonio de los bomberos será muy importante. Porque los policías dijeron que habían perdido las llaves, por lo que no podían abrir las rejas.

Los policías hicieron de todo para impedir que los chicos fueran salvados.

¿Quiere contar algo sobre su hijo?
Sí, Fernando es mi único hijo. Es el papá de Francesca. Fernando sigue siendo la razón de mi vida, y voy a luchar hasta el último día de mi vida. Él tenía una vida, y merecía una oportunidad como cualquier persona. Si se había equivocado, lo estaba pagando.

Todavía no había sido juzgado, ninguno de los chicos tenían sentencia. La condena que le den a estos policías no me va a devolver a mi hijo.

Este juicio para mi hijo, ya es tarde. Mi hijo no vuelve. Es un juicio injusto. Pero si para esta sociedad que prejuzga, que dicen que eran siete chorros, siete lacras. Por el solo hecho de estar detenidos, fueron doblemente condenados. Condenados a la pena de muerte por esos policías, y también condenados por esta sociedad.

Nadie sabe por qué estaba cada uno ahí, nadie sabe sobre la vida de ellos. Parte de la sociedad de Pergamino fue muy cruel con nosotras. Decían cosas como ’ahí salen las madres de los chorros a hacer marchas’, sin importarles nada de lo que sentíamos.

Nosotras también fuimos condenadas por la sociedad, muchos dicen ’esos son los hijos que criaron’. Y yo no crié un hijo para que le fuera mal en la vida. Nadie sabe por lo que pasa cada uno. Fernando fue mi vida y va a seguir siéndolo. Día a día voy a seguir haciendo algo por él.

Creo que no tomé dimensión del tiempo que pasó. Solo me doy cuenta cuando veo a mi nieta, cuando mataron a mi hijo Francesca tenía ocho meses y hoy tiene tres años.

A mí lo único que me sostiene es hacer esto, luchar. Hacer una pancarta, preparar una marcha.

¿Quiere agregar algo más?
Sé que en el juicio se van a mostrar las pruebas de que los seis policías imputados hicieron de todo para impedir salvar a los chicos. Que los dejaron morir. Se los acusa de abandono de persona, seguido de muerte por multiplicidad de víctimas que tiene una pena máxima de 15 años. ¿15 años para pagar siete vidas?

Para mí, aunque la pena sea máxima, no me repara nada. Si es importante para la sociedad, para que vean que los pibes no se prendieron fuego solo, que es lo primero que dijeron.
Todavía no pienso en el final del juicio. Mi vida transcurre día a día, no puedo proyectar a futuro.

Revivir el horror

La sala está llena. Todos/as dispuestas para empezar la segunda audiencia. Hoy declaran familiares y se siente será una jornada intensa. Ingresan los jueces. Estamos todos menos los imputados y uno de sus abogados, Gonzalo Alba. Esperamos. Matías Giuglietti (30 años) ya está sentado en el banquillo de los acusados. La puerta del costado por donde entran se abre, esposados ingresan a la sala: Brian Carrizo (25 años), Alexis Eva (38), Alberto Donza (42 años), Sergio Rodas (54) y Carolina Guevara (28 años). Una de las policías que los custodia acaricia el brazo de Guevara, como sacándole un pelo del saco. Sonríen. Se sientan. Inicia la audiencia.

Los lugares se respetan. A la izquierda, atrás de la querella familiares de las víctimas, a la derecha, atrás de la defensa, familias de los imputados. Los de la derecha escuchan cada testimonio y parecen no inmutarse, excepto una piba joven que mira para abajo de vez en cuando, denota incomodidad. El ex comisario parece no haber descansado, bosteza una y otra vez en las poco más de tres horas de audiencia. Los de la izquierda, con las caras de los pibes en las remeras, lloran la mayor parte del tiempo. La sala revive en cada testimonio el horror del 2 de marzo de 2017.

En la audiencia de hoy las familias pudieron dar testimonio de cómo vivieron y cómo se enteraron de lo que sucedía en la comisaría primera de Pergamino aquel 2 de marzo. En las declaraciones se repitieron algunos puntos que echan claridad sobre varias cuestiones: todas las familias que se comunicaban por celular con los pibes recibieron esa tarde mensajes de auxilio “vengan, hagan quilombo en la puerta que la policía nos mata”; los policías presentes esa noche, hoy imputados de abandono de persona seguido de muerte, tenían una actitud tranquila y ninguno de ellos estaba “tiznado” (manchados de hollín); algunos familiares llegaron antes que los bomberos y vieron humo que salía del patio de la comisaría primera; durante casi dos horas las familias fueron llegando a la puerta de la dependencia policial y no recibieron información sobre qué pasaba con los pibes, por el contrario, un oficial de apellido Hamué iba y venía y aseveraba que todo estaba bien; los medios de comunicación difundieron la noticia de 7 fallecidos, incluso sus nombres, antes de que un oficial de nombre Julio saliera a la puerta de la primera a gritar “como si fuera una lotería” los nombres de las siete víctimas; que un cordón no dejaba ingresar a nadie y que esa noche reprimieron.

Juan Carlos Pizarro y Milagros Pizarro son el padre y la hermana de Franco Pizarro. Ambos recibieron mensajes suyo pidiendo se acerquen a la comisaría. Cuando llegaron, también hablaron con Hamué, y a ellos también les dijo que se quedaran tranquilos, que todo estaba bien, que en un rato sacarían a los pibes. Milagros afirmó que esa noche pudo ver a Matías Giuglietti y a Carolina Guevara y como todos los testimonios coincidieron en que ninguno estaba manchado de hollín. También ellos escucharon el nombre de Franco entre los fallecidos.

“Esa tarde llamé varias veces a la comisaría, pero no me atendieron”

La primera en declarar fue Silvia Rosito, la madre de Fernando Latorre. Con su campera de Justicia x los 7, juró decir la verdad y empezó contando cómo se enteró ese 2 de marzo:

Un llamado de una amiga la alertaba que prendiera la tele, que algo pasaba en la comisaría de Pergamino. Que se apure. Al llegar ve a Alicia Pizarro (la Mamá de Franco Pizarro) y a Cristina Gramajo (madre de Sergio Filiberto) que le decía “tengamos fe que todo va a estar bien”.

Silvia, al igual que varias de las familias de los pibes, se enteró a través de la televisión de la muerte de su hijo. Al llegar a la puerta de la comisaría, su marido le dio la peor de las noticias: en la tele habían nombrado a los fallecidos y entre ellos estaba Fernando. Fue el último nombre de la lista que ese 2 de marzo gritaron en la puerta de la dependencia policial.

Al día siguiente, volvió a la comisaría primera a buscar explicaciones y Donza (ex comisario), que salía, le ofreció un café y le preguntó si necesitaba asistencia psicológica. Después se fue, diciendo que volvía al rato. Entonces habló con Alexis Eva. Relató el diálogo

-¿Cómo no pudieron abrir ese candado?
-Y, señora, no se pudo

Eva agacha la cabeza. Silvia relata que nunca hubiera hablado con Eva porque sabía que era ese Eva el que los amenazaba con una faca a los chicos y les decía “los voy a matar y voy a decir que se mataron entre ustedes”. Pero ella lo confundía con Giuglietti. Eva era Giuglietti, y Giuglietti era Eva en su cabeza.

Relató también que los últimos días lo vio a Fernando nervioso y enojado. Que quería que lo trasladen. Que Fernando le decía que la policía era una mierda, que no los dejaba pasar ni siquiera agua. Que ella no quería que lo trasladen, porque iba a ser más difícil llevarle las cosas, que la comisaría primera estaba cerca, y que si a él le pasaba algo ella iba a correr enseguida. Y terminó: “y corrí para verlo muerto”. La prima, la tía, la abuela y la pareja de Fernando la escuchan. Todas lloran.

Carla, abogada querellante de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), habilitó un lugar para que cada familiar pueda contar lo que quiera de los pibes. “Fernando es mi hijo, es mi vida, y voy a luchar hasta el último aliento, como hice desde que lo tenía en la panza. Si se equivocó, de alguna manera lo estaba pagando. Fue condenado a pena de muerte y por toda la sociedad. Merecía la oportunidad de vivir.”

“No me voy a hacer cargo de esta masacre”.

A Jorgelina Ferreyra su hijo Federico Perrotta le mandó dos mensajes de auxilio. Fue una de las primeras en llegar esa tarde a la comisaría, incluso antes que los bomberos. Cuando llegó un médico de la policía de apellido Jaume salía de Dorrego 654 y lo escuchó decir “no me voy a hacer cargo de esta masacre”. Mientras declara todos los imputados miran al fiscal menos Brian Carrizo que mantiene su mirada fija en la testigo mientras masca chicle. “Fede vivía conmigo y su hermana, hacía changas, tenía dos hijos, Pía y Ian” responde a la pregunta de quién era. Se quiebra, no puede seguir y sale. Las familias de la derecha inconmovibles al relato desgarrado.

“No se encontraron las llaves, señora”

El día anterior a la masacre, habían hecho la pericia socioambiental en la casa de Cristina Gramajo, madre de Sergio Filiberto. Se había solicitado el arresto domiciliario del Fili, como lo conocen todos, tenía afecciones de salud por las que muy probablemente la semana de la masacre iba a ser trasladado a su casa bajo la modalidad de prisión domiciliaria. Cristina fue una de las últimas madres en llegar, cerca de las 20:00. Ya lloviznaba luego del agobiante calor de todo el día.

La familia Filiberto se enteró de la noticia cuando Rocío, esposa de Diego y cuñada de Andrea, los llama a ambos. Unos minutos antes había escuchado en la radio que había un motín en la comisaría primera. Andrea avisó a Cristina que, como todos los días a esa hora, estaba preparando la comida para llevarle a Sergio. Porque ni eso le garantiza el Estado a quienes están privados/as de su libertad.

Andrea y Cristina llegan casi juntas. Estacionan. Cristina, sin dimensionar aún el hecho, atina a bajar del auto la bolsa con la cena. “Deja la comida mami, hay siete muertos”

Andrea trabaja en la Fiscalía del Fuero Penal Juvenil y de camino se había enterado por un audio de un grupo de whatsapp del trabajo “si alguno puede que se acerque a la comisaría, hay ocho muertos”.

Diego, cuando recibió el llamado de su esposa dejó todo y fue andando “como un loco”. Llegó volando. Su abuela lo había llamado desde Tucumán avisando que Sergio Filiberto estaba entre los muertos. En la puerta, algunos familiares les decían que a Sergio lo habían trasladado al hospital porque no estaba bien. Cristina quería correr allí. Andrea y Diego esperaban una respuesta oficial. Ya sabían que había muertos pero todavía, cerca de las 20:00 nadie decía los nombres. “Todos teníamos dos opciones, o nuestros hijos estaban muertos o eran sobrevivientes” declaró Cristina Gramajo conmovida.

Andrea le preguntó a todos los oficiales que conocía, por su trabajo, esa noche si su hermano estaba en la lista de las víctimas. El último intento lo hizo con Mauro Chida, otro oficial que salía de la departamental, al lado de la comisaría. “Chida se vuelve y sale con Gastón Tolosa, otro oficial y Pablo Ferreyra, compañero mío del trabajo que nos dice que nos sentemos” para confirmarles la peor de las sospechas: Sergio Filiberto estaba entre los fallecidos.

Cristina se fue porque le pidieron que busque el documento de Sergio, al regresar Hamué, el policía al que casi todos los testigos refirieron hoy, la hizo pasar para entregar el documento. Se encontró entonces con Brian Carrizo y Sergio Rodas, con la tele prendida. “No se encontraron las llaves, señora” fue lo único que le dijeron.

En su testimonio, Diego remarcó las condiciones de precariedad absoluta que se vivían en la comisaría. Su hermano durmió un tiempo en el pasillo, en una colchoneta estilo gimnasio, abajo de una ventana que da al patio interno que solo tenía rejas. No había duchas, se bañaban con un chorro que caía desde un agujero del techo que habilitaban los policías. También contó, al igual que sus familiares, que a Sergio no le entregaban la medicación debidamente. Cristina le llevaba todas las noches la cena y sus pastillas pero muchas veces no le llegaba. Andrea fue más específica en este punto “Sergio en sus cartas nos decía que la medicación de las 20:00 no le llegaba”.

Gonzalo Alba, uno de los abogados defensores, sólo tuvo preguntas para la familia Filiberto. Insistió en preguntarles sobre qué medicación le entregaban a Sergio y cuál le faltaba.

Andrea rompió en llanto al recordar al Fili. Llanto muchas veces contenido por quien siempre se mostró fuerte. Los tres recordaron las cartas con las que se comunicaba Sergio, que era un amiguero, que siempre tenía una sonrisa. Que les decía que los amaba y que quería cambiar. Dar un giro de 180 grados, salir adelante. Que era fanático de La Renga y amante de Douglas Haig (incluso su firma decía el nombre del club pergaminense).

También relató el hostigamiento que sufrieron luego de la masacre por parte de la fuerza policial. Puntualmente se refirió a que un oficial de apellido Lucero, el día posterior a la masacre publicó una foto con la leyenda “asi comienza la guardia en la Comisaría primera”.

La sala hoy estuvo dividida en dos, espacial y emocionalmente. A la izquierda, el dolor y la bronca se calmó con abrazos constantes. A la derecha los rostros permanecieron inconmovibles ante los relatos de cada uno/a de los testigos/as. Una pregunta quedó resonando en la sala y la hizo Diego Filiberto en la última declaración del día cuando expresó “no entiendo cómo se llegó a este punto”. La inhumanidad no cabe en la cabeza. Nadie puede entender cómo ninguno de los seis ex policías presentes ese día no abrió el candado de acceso a las celdas ante los ruegos desesperados de los pibes por seguir viviendo.

**Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com