El arte social y el inconsciente colectivo

Estación Piquete (Homenaje a Darío y Maxi)

Puente reclama la estación piquete

humareda de caucho que desdibuja el sol.

Olor a hambruna. Dolor antiguo frío.

Una olla desborda guiso bronca.

Manos ajenas palmean hombros propios

en esa barricada hay certidumbre:

Retumba la palabra “Compañero”.

Irrumpe el arma con un gurca brazo

estampida ilusión despliega al viento.

Un cuerpo de mujer que cubre al hijo

y llora sólo el niño

en medio de una bala.

Ofrece la Estación un falso amparo.

Dos pibes, portadores de Esperanza,

Persisten resguardarla.

Pero, celada, no hay disparo vano:

Bien elegido, el blanco son los sueños.

Rodilla rota. Espalda, tiro artero.

En un vuelo levantan.

Resiste la caída.

Esa fuerza del odio eleva piernas

y la columna invierte

la dirección de sangre.

Los ojos bien abiertos, sonrisa desafío

enfrentan la mirada acero puro:

Lucero cinco picos, las pupilas.

“Samarikui”, susurra Pachamama.

Por cada dos que parten surgen miles:

No precisa de abrazo la Utopía

se muta, puño en alto, hacia los cielos.

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Lo llamaban Manuel

Es una mirada brillante. Un pullover agujereado sobre la piel. Un pantalón raído con botamanga. Zapatillas donde asoman dedos escamados. Arrastra un baldón de pintura, con agua mugrienta desde un brazo y agita un secador con la otra. Se acerca a los autos. Es difícil verlo desde las cabinas. Las ventanillas se cierran. Se queda suplicando. No lo notan.

Se llama Manuel, eso cree. “La banda del Flaco” lo encontró durmiendo en Constitución en un rincón del andén. A su lado, la bolsa de pegamento y un perro sarnoso. Calculan que tendrá unos nueve años. Edad justa para el ser un soldadito. A cambio de protección, debe distraer a los automovilistas mientras los mayores hacen lo suyo. El pibe no tiene pasta o es más chico que lo que se cree o está mal de la redonda… Se vuelve un trastorno. “El Rata” lo cotiza de un vistazo. Tiene poco valor en el mercado callejero. Es canjeado a “Los Tumbas” por unos canutos. “La Roca” lo ve y encuentra en esos ojos algo de su pasado.

Manuel aprende a teñirle el pelo, a revolver el lío de ropas y hallar el par de medias caladas. A armarle un porro, seguirla de cerca cuando aparece un cliente y vigilar el callejón hasta que sale. Empieza a jugar de primera. “La Roca” quiere ponerle un vestidito. Manuel se empecina en conservar lo puesto. Comienza por devorar las sobras del travesti. Más tarde, comparten alimento. Es la primera vez que Manuel se siente hijo de alguien y, como único documento, lleva tatuado en el brazo la insignia de “Los Tumbas”.

Dicen en la calle que es hijo de “La Roca”. Tan certero parece que, en la primera entrada policial, figura “Manuel La Roca, hijo de Roque Ballesteros y madre desconocida”. Dicen entre rejas que Manuel nació con estrellas en la frente, por eso es tan valiente a la hora de trabarse en las luchas pandilleras y que nadie puede verlo porque encandila. Dice el mito urbano que Manuel se multiplica en serie: Cuentan que se aparece en las terminales, los cementerios de autos, entre el campesinado, los piquetes… y de un soplido provoca una revuelta. Que muda de ropa y de idiomas. Pero siempre es Manuel, con su balde de agua y el secador. El día menos pensado, Manuel desaparece sin que nadie lo note.

“Ardarutiun” (Արդարություն)

ADOM YARJANIAN (SIAMANTO), “Llanto”.
“Justicia, justicia perseguirás”
Deutoronomio, 16: 20.

I
Soghomón Tehlirian se despertó con un terrible malestar. Había sufrido pesadillas, temblores y sudoración durante toda la noche. “Espero no desmayarme hoy”, pensó. Si la sensación persistía iría al consultorio del Dr. Kassirer. Se sentó en el borde de la cama y mientras se vestía comprobó que también le aquejaba el estómago. Se dirigió al comedor y saludó a la Sra. Tiedman, la dueña de la casa, que le sirvió una taza de té. Antes de beberlo le agregó una medida de cognac pensando que eso lo aliviaría. La casera se sorprendió porque nunca lo había visto beber, pero no dijo nada. De todos modos no hubiera podido ya que no sabía su idioma. El joven había llegado a Alemania desde Medio Oriente unos meses atrás, pero solo hacía quince días que le alquilaba una habitación de su casa.
Luego de desayunar se retiró a continuar con sus estudios de alemán. Antes de sentarse en el escritorio abrió las ventanas de par en par para sentir el sol de la mañana. Allí fue cuando comprobó que en la casa de enfrente también había una ventana abierta, y por ella podía verse como el hombre al que estuvo vigilando las últimas dos semanas se colocaba el sobretodo y el sombrero dispuesto a salir. Pensó que había llegado el momento. Extrajo la Parabellum 9 mm que escondía celosamente de la mirada de la casera dentro de su bolso de mano, la guardó en el bolsillo interior del chaleco y salió rápidamente a la calle.

Una vez fuera de la casa buscó al hombre y lo vio alejándose por la calle Charlotemberg. Tuvo que correr para alcanzarlo y cuando estaba a poca distancia redujo la velocidad de sus pasos. En ese momento extrajo la pistola y apuntando a la cabeza, disparó. La explosión interrumpió el silencio de aquella mañana.

Soghomón vio como aquel hombre poderoso se desplomaba luego de que la bala le atravesara el cuello. Habiendo comprobado que yacía en medio de un mar de sangre, dejó caer la pistola de sus manos. Ya no la necesitaba: la venganza estaba consumada. Trató de escapar por la misma calle pero un grupo de transeúntes se arrojaron sobre él y comenzaron a golpearlo. – Él es extranjero y yo también – les gritó en su pobre alemán -, no hay ningún daño para Alemania.
Fue lo único que alcanzó a decir antes de sucumbir a un nuevo desmayo.

II
Una mañana de mayo de 1915 llegó la orden de deportación para los armenios de Erzindjan, en la región oriental del Imperio Otomano. Funcionarios municipales recorrían las casas de los miembros de la comunidad para informar que por orden del gobierno imperial de Constantinopla, todos los armenios serían llevados fuera del área de combates debido a la cercanía de las tropas rusas. El telegrama estaba firmado por el Ministro del Interior Talaat Pashá. Se les deba media hora para juntar sus pertenencias antes de comenzar con el traslado.
Cuando la orden llegó al hogar de los Tehlirian, una familia de prósperos comerciantes, el padre pidió que juntaran rápidamente sus pertenencias más valiosas y las subieran al carro que atarían al burro. En otros tiempos el carro había sido tirado por caballos, pero estos habían sido confiscados para las necesidades de la guerra. Soghomón tenía por entonces 18 años y vivía junto a sus padres, dos hermanos y una hermana. No guardaba recuerdos de las masacres armenias de finales del siglo pasado, pero por el miedo que emanaba de la voz de su padre, sabía que algo malo podía llegar a suceder.
Cuando los gendarmes turcos –o acaso kurdos- llegaron a buscarlos, la familia estaba lista. Habiendo cargado las escasas pertenencias que cabían en el carro, fueron conducidos junto a otras familias a una caravana que circulaba rumbo al sur. Hombres fuertemente armados la custodiaban por ambos lados.

Al caer la tarde los hicieron detener y comenzaron a requisarlos. Los gendarmes confiscaban cuchillos de cocina y paraguas, y golpeaban a sus propietarios acusándolos de estar escondiendo armas. Cuando llegaron a la familia Tehlirian, uno de los gendarmes se acercó a la hermana de Soghomón, de 15 años, y tomándola de un brazo le dijo: – Eres una joven muy bella, ven con nosotros.
La familia intentó impedir que se la llevaran, pero el resto de los gendarmes le apuntaron con la bayoneta. Dos gendarmes la condujeron hasta unos arbustos y comenzaron a violarla brutalmente.

– Quisiera estar ciega antes de ver esto – gritaba desconsoladamente su madre.
Los gendarmes le ordenaron que hiciera silencio, pero la mujer continuó reclamando por su hija. Ante esta negativa uno de los gendarmes apuntó hacia ella y la derribó de un disparo. Después hicieron fuego contra su marido. Inmediatamente se dio comienzo a la masacre. Soghomón paralizado de temor y sin saber por dónde escapar, vio como un hacha partía a la mitad la cabeza de su hermano mayor. El menor intentó escapar
pero fue asesinado de la misma forma. De repente un fuerte golpe en la nuca le hizo perder el conocimiento.

III
Soghomón despertó en el calabozo de una comisaría de Berlín. Tenía la cabeza vendada y estaba dolorido en todo el cuerpo. Tardó unos minutos en recordar cómo había llegado ahí. Las imágenes de la masacre de su familia ocurrida seis años atrás se mezclaban con los últimos acontecimientos.

Media hora después vinieron dos oficiales a buscarlo y lo llevaron esposado a la oficina del Consejo Jurídico del Tribunal. Junto al funcionario que habría de tomarle declaración se encontraba Kevork Kalusdian, un armenio propietario de la tienda en donde solía hacer las compras. Este le estrechó la mano al tiempo que le decía: – Yo seré tu traductor -, y le entregaba una bolsa de golosinas invitándole a servirse -. Este hombre va a tomarte declaración. – ¿Le trae golosinas a un asesino?- quiso saber el consejero Schultze. – Como asesino es un gran hombre – respondió el comerciante. – ¿Aunque haya matado a sangre fría y por la espalda a un gobernante extranjero refugiado en este país?- insistió el funcionario. – Muchos armenios sabíamos que el verdugo de nuestro pueblo se encontraba en Berlín –respondió-, pero solo este joven tuvo el valor de hacer justicia por nuestras familias masacradas. Yo perdí a mis padres en las matanzas de 1896. Disculpe si insisto en que es un gran hombre.

Los tres tomaron asiento y el consejero Schultze comenzó a interrogar al acusado a través del traductor. Soghomón Tehlirian se encontraba muy fatigado y confundido como para dar explicaciones por lo que respondió afirmativamente a todas las preguntas. Confesó haberse trasladado a Berlín para atentar contra el ministro Talaat Pashá y haber actuado con premeditación aquella mañana. Terminada la declaración, el consejero y el acusado firmaron el acta. Quién se negó a hacerlo fue el traductor.

– El joven se encuentra confundido y dolorido, por lo que no puede tomarse como válida esta declaración – argumentó. – No nos corresponde a nosotros juzgar la veracidad del testimonio – respondió Schultze-. Eso es tarea del Tribunal. – De todas formas no voy a avalarla con mi firma.
El comerciante Kalusdian se puso de pie, estrechó fuertemente la mano de Soghomón y le deseo buena suerte. A continuación se colocó el sombrero y saludando formalmente a Schultze, se retiró del lugar.
Los mismos oficiales llevaron a Soghomón nuevamente a su calabozo dando por concluidos los trámites burocráticos del día.

IV
Lo primero que sintió Soghomón al abrir los ojos fue un olor penetrante y pestilente. Era el olor de la muerte, que no podría sacarse de encima nunca más. Cuando miró a su alrededor vio a los cadáveres de los miembros de su familia baleados, acuchillados y mutilados. Junto a ellos, miles de cuerpos se amontonaban abandonados en el desierto. Los gendarmes se habían ido dando a todos por muertos. Pensó que no debía ser el único sobreviviente, pero no halló a nadie más con vida.

La cabeza le dolía en el lugar del golpe, y sentía hambre y sed. No podía saber en ese momento que había pasado casi dos días abandonado entre los cadáveres de sus familiares y vecinos. También notó que tenía una herida punzante en el hombro y otra en la rodilla.
Adolorido caminó durante horas buscando un lugar donde refugiarse, hasta divisar una vivienda rural. Golpeó insistentemente la puerta y fue atendido por una amable anciana kurda que lo invitó a pasar. Le dijo que podía quedarse hasta que se recuperara de sus heridas, pero que luego debería partir porque el gobierno turco castigaba a los kurdos que ayudaran a los armenios.

Unos días después pasó una caravana kurda que se dirigía rumbo a Persia. La anciana vistió a Soghomón con ropas kurdas y lo envió con ellos. Antes de partir, abrazó a la anciana y le agradeció por haberlo salvado a costa de arriesgar su propia vida. Ese gesto nunca se borraría de su memoria.
Permaneció alrededor de dos meses con la caravana kurda hasta que encontró a dos armenios sobrevivientes de las deportaciones, y decidieron continuar solos hasta Persia. No era seguro permanecer junto a los kurdos sabiendo del castigo que pesaba sobre ellos si se negaban a entregar a los armenios sobrevivientes. Pasaron varios días sin comida, debiendo alimentarse con hierbas del campo. Uno de ellos murió por comer hierbas venenosas. Soghomón y su compañero continuaron camino hasta hallar una división del Ejército Ruso. Como el otro sobreviviente hablaba inglés y francés –Soghomón solo comprendía el armenio y el turco-, pudo entenderse con el comandante que puso algunos hombres a su disposición para que los condujeron a la frontera con el Imperio Persa.

Soghomón llegó a Persia unos días después sin su compañero que había decidido desviarse hasta Tiflis. Una vez allí se dirigió al Consulado Armenio y solicitó ayuda. No era el primer sobreviviente que llegaba al país, así que lo ubicaron junto al resto en una Iglesia, donde le dieron alojamiento, comida y ropa para vestir. Con ayuda de la Secretaría del Consulado pudo conseguir empleo en un comercio, que le permitió solventar sus propios gastos, aliviando a la Iglesia que seguía recibiendo refugiados. Un año y medio después había ahorrado una pequeña cantidad de dinero y, como el Imperio Otomano había sido derrotado en el Frente Este, pensó que era momento de regresar a su pueblo.

Casi dos años después de que debiera irse deportado con el resto de su familia, Soghomón retornó a Erzindjan. Buscó la casa de sus padres, pero no estaba preparado para lo que encontró: la vivienda había sido saqueada completamente sin que quedara un solo mueble y luego incendiada. No pudo soportar esa imagen y se desmayó en el umbral de la puerta.

V
Siendo las 9,30 de la mañana del 2 de junio de 1921 el presidente Lemberg declaró abierta la Audiencia del Tribunal de Berlín.

– Señores testigos, señores del Jurado, peritos, fiscales y abogados defensores: hoy comienza el Juicio contra Soghomón Tehlirian, ciudadano turco de nacionalidad armenia, 24 años, protestante, acusado del homicidio del ex ministro turco Talaat Pashá el pasado 15 de marzo.
Tras hacer algunas observaciones y cumplir ciertas formalidades, se pasó al interrogatorio del acusado. Soghomón Tehlirian se encontraba sentado junto a sus abogados defensores, los doctores Von Gordon, Wertauer y Niemeyer, y un traductor dispuesto por el Tribunal. Las primeras preguntas giraron en torno a su fecha de nacimiento, niveles educativos alcanzados y composición familiar. A continuación el interrogatorio se centró en las matanzas de las que había sido sobreviviente. Soghomón debió revivir las terribles torturas y muertes que había presenciado. La sala se inquietaba cada vez que relataba las brutalidades cometidas por los gendarmes turcos y kurdos que actuaban bajo órdenes del gobierno imperial en Constantinopla.

Así continuó hasta el momento en que se desmayó al hallar destruido el hogar de su familia. – ¿Qué hizo al reaccionar? – quiso saber el presidente Lemberg. – Busqué a otras familias armenias sobrevivientes de la masacre pensado que alguno de mis familiares podía estar con ellos –respondió-. Pero de los 20 mil armenios de Erzindjan solo sobrevivieron dos familias que abrazaron el Islam, y no había nadie de los míos. Entonces recordé que en la casa de mis padres había dinero enterrado y volví con la esperanza de que no hubiera sido hallado durante el saqueo. Afortunadamente encontré el cofre con 4800 liras turcos en monedas.

– ¿Qué hizo entonces?. – Con el dinero partí a Tiflis y me anoté en una escuela armenia para estudiar ruso y francés. – ¿Cuánto permaneció en Tiflis?. – Alrededor de dos años. – ¿Qué hizo a continuación?. – La guerra había terminado así que decidí partir a Constantinopla.

VI
Soghomón llegó a Constantinopla en febrero de 1919. Cargaba solo un pequeño bolso de mano con algo de ropa, el dinero que había podido recuperar de su familia y una pistola alemana de fabricación militar Parabellum 9 mm que había adquirido en una armería de Tiflis para defenderse en caso de que volvieran las matanzas.
En Constantinopla colocó clasificados en los diarios tratando de ubicar a parientes que hubieran sobrevivido a las matanzas. En los dos meses que estuvo en la capital no dejó de seguir las noticias tanto en diarios turcos como en periódicos extranjeros publicados en ruso y francés. El Imperio Otomano se desmembraba en pedazos como consecuencia de la derrota militar y los principales responsables del gobierno del Partido de los Jóvenes Turcos fueron llevados a juicio. Entre ellos Talaat Pashá, el responsable de las deportaciones en las que murió su familia.

De Constantinopla continuó hasta Serbia y luego a Salónica, donde ubicó a parientes lejanos que habían sobrevivido a las deportaciones. Estos le brindaron alojamiento y
atención, ya que los desmayos se habían vuelto cada vez más frecuentes y eran acompañados por sudoración, temblores e imágenes de las masacres. Durante ese tiempo intentó estudiar, pero su estado de salud se lo impedía.

Cuando estuvo en mejor estado decidió continuar su viaje, y uno de sus familiares le recomendó que se instalara en Alemania en donde podría estudiar Mecánica, una profesión que tenía grandes posibilidades de desarrollarse en la recién fundada República Democrática de Armenia. A Soghomón le gustó la idea ya que además de continuar con sus estudios que había debido abandonar luego de egresar con honores de la escuela, podría contribuir al crecimiento y desarrollo de su país.

Su primer destino fue Francia, ya que los familiares hicieron contacto con amigos armenios residentes en el país. Soghomón llegó a Paris a comienzos de 1920, y permaneció varios meses perfeccionando su idioma mientras buscaba la forma de ingresar a Alemania. La guerra mundial había tensionado aún más las relaciones entre ambos países y se hacía difícil ingresar a Alemania desde Francia. La solución llegó cuando un armenio de nacionalidad suiza le ofreció nombrarlo administrador de una propiedad que tenía en ese país. Pasó un tiempo en Zurich y con visa del Consulado Suizo, pudo ingresar a Berlín a fin de año, con una residencia de ocho días que fue extendida al declarar su interés de estudiar en el país.

La Embajada de Armenia en Berlín le prestó todo el apoyo necesario para poder instalarse en la capital alemana. El secretario de la institución Iervant Apelian le sirvió de traductor y garante cuando fue a alquilar una habitación en la casa de la Sra. Stillbaum, en la calle Ausburger. Casi inmediatamente comenzó a estudiar alemán con una profesora particular, como paso previo para continuar con sus estudios de Mecánica.

También comenzó a frecuentar a otros miembros de la colectividad armenia y trabó amistad con Apelian, quién lo alentó a tomar clases de baile. Durante una de estas lecciones un armenio mencionó la edición del Informe Lepsius sobre las masacres de 1915, a lo que Soghomón reaccionó violentamente: “Deja, no abramos viejas heridas”. A continuación comenzó a bailar con una joven alemana, pero en ese momento sintió un mareo y se desvaneció como había ocurrido a primera vez que vio saqueada y destruida la casa de su familia.
Desde entonces los ataques nerviosos se volvieron más frecuentes, y acompañado de Apelian visitó los consultorios de los doctores Kassirer y Haage, que recetaron un tratamiento a seguir. Con ayuda profesional Soghomón comenzó a sentirse mejor y adelantar sus estudios. Hasta el momento en que el destino lo pondría frente al verdugo de su familia.

VII

– ¿Sabía usted que Talaat Pashá residía en Berlín cuando se mudó a la ciudad? – preguntó el presidente Lemberg. – No, señor Presidente – respondió Soghomón a través de su traductor -. Cuando estuve en Constantinopla supe que había sido juzgado junto con el resto del Comité Central de los Jóvenes Turcos y condenado a muerte. Pero en Salónica me enteré que solo uno de ellos, Djemal Pashá, había muerto en la horca ya que el Primer Ministro anuló las sentencias. Mis familiares seguían la noticia del juicio a los asesinos de nuestro pueblo, y en Salónica se decía que Enver y Pashá se encontraban refugiados en el extranjero, pero sin conocer su ubicación. – Pero, cuando se mudó de la calle Ausburger a la calle Harttenberg, ¿sabía que Talaat Pashá vivía enfrente?. – Sí, lo había descubierto cinco semanas antes. – ¿Dónde? – Caminando por la calle vi a tres hombres que salían del Jardín Zoológico. Oí que hablaban en turco y a uno de ellos le deban el título de “Pashá” (-). Lo observé y me di cuenta de que era Talaat. Lo seguí hasta la entrada de un cine y vi como los otros se despedían besándole la mano y diciéndole “Pashá”. – ¿En ese momento tuvo la intención de matarlo? – preguntó inquisitivamente el presidente. – No, me sentí muy mal, comencé a ver escenas de la masacre y temí un desmayo. Entonces me apresuré a llegar a la casa de la señora Stilbaum. Esa noche soñé que mi madre me decía “Tu viste que Talaat Pashá está aquí y permaneces indiferente ¡Ya no eres mi hijo!”. – ¿Entonces decidió asesinarlo? – Cuando veía a mi madre sentía que debía hacerlo, pero luego mejoraba y repudiaba la idea. Soy cristiano y el solo pensar en matar a alguien me generaba conflictos con mis creencias. Pero luego aparecía nuevamente mi madre y sabía que debía hacer justicia por mis compatriotas martirizados.
El abogado von Gordon, su defensor, intervino en ese momento para realizar una aclaración ante el jurado: – Que conste en actas que el acusado no llegó a Alemania con la intención de ultimar a Talaat Pashá sino que la decisión fue tomada sin premeditación como consecuencia de su estado nervioso y las visiones de su madre.
El presidente continuó con el interrogatorio: – ¿Cuándo decidió mudarse de la casa de la señora Stillbaum? – A principios de marzo, tres semanas después del encuentro con Talaat. – ¿Cómo era la relación con ella? – Muy buena, nunca tuve inconvenientes. Cuando manifesté mi intención de mudarme quiso saber los motivos y respondí que por prescripción médica debía trasladarme a una casa con luz eléctrica ya que la iluminación a base de gas que utilizaba afectaba mi estado de salud. Previamente había hecho averiguaciones sobre el lugar de residencia de Talaat y tuve la fortuna de encontrar una habitación que se alquilaba en la vivienda de enfrente. – ¿Alguien lo acompañó a realizar el alquiler? – Sí, fue nuevamente el señor Apelian. – ¿Él sabía de los motivos del cambio de residencia? – No, también le dije que era por mi estado de salud. – ¿De dónde obtenía el dinero para el alquiler y el resto de sus gastos? – Del dinero que había ahorrado mi familia.
El abogado von Gordon intervino para aclarar que una lira turca equivalía a veinte marcos alemanes. – ¿Cuándo se instaló definitivamente? – volvió a preguntar Lemberg. – El 5 de marzo. A pesar de estar enfrente a la casa del asesino de mi familia, traté de continuar mis estudios y no pensar en la venganza. Pero entonces aparecía la imagen de mi madre y me recriminaba mi pasividad. – Así llegó al 15 de marzo. ¿Había planificado el atentado para ese día? – No, pero cuando lo vi en la ventana preparándose para salir supe que debía hacerlo para acallar las voces que me atormentaban.
Cuando el traductor pronunció estas últimas palabras, la sala, que había permanecido silenciosa durante el testimonio, comenzó a murmurar. Los miembros del Jurado se intercambiaban miradas y realizaban algunos comentarios. El presidente pidió silencio.

El interrogatorio continuó con detalles menores sobre la forma en que se había producido el disparo, el arresto y la primera declaración. Los fiscales también hicieron preguntas y los abogados defensores pidieron dejar descansar al acusado que había debido revivir muchas situaciones traumáticas durante toda la mañana. El presidente dio lugar al pedido y concedió un receso.
La Audiencia retomó una hora después. El presidente, el fiscal y los defensores interrogaron a testigos del hecho, a un especialista en armas que brindó información sobre la pistola que portaba Soghomón, al Comisario que estuvo a cargo de su ingreso a la dependencia policial y los médicos que realizaron la autopsia al cadáver de Talaat Pashá. Todos los testimonios eran cuidadosamente informados a través del traductor a Soghomón Tehlirian, que escuchaba pacientemente sin dar muestras de mayor entusiasmo.

Por la tarde hablaron los miembros de la comunidad armenia, entre los que estaba el secretario de la Embajada Iervant Apelian y el comerciante Kalusdian, que declararon conocer al testigo pero no estar al tanto de que supiera del paradero de Talaat Pashá, ni que tuviera intenciones de atentar contra él. Apelian dio cuenta de su estado de salud, destacando la vez que se desmayó en el salón de baile y debió llevarlo al hospital, así como las veces que lo acompañó al consultorio médico. Kalusdian volvió a manifestar su admiración por el acto heroico cometido, y reiteró los motivos de su negativa a firmar la declaración tomada el día del hecho. Los abogados defensores pidieron en base a esto que la declaración fuera anulada. El Tribunal dio lugar al pedido, ante la recriminación del fiscal Kolnik y el consejero Schultze.

Sus caseras, las señoras Stillbaum y Tiedman, también declararon favorablemente, diciendo que el joven era una persona noble, modesta, tranquila y aseada. El presidente pidió al traductor que informara que las últimas declaraciones fueron favorables al acusado.
A continuación hizo uso de la palabra el pastor Lepsius, autor del Informe secreto sobre las masacres armenias, en donde confirmaba la veracidad de los testimonios de Soghomón sobre las deportaciones y masacres. También relató la complicidad de las tropas alemanas apostadas en la Península de Anatolia, poniendo en duda la autoridad de un tribunal alemán para condenar a quién fue una víctima de un genocidio en el que el habían tenido responsabilidad al no intervenir para evitarlo. El general Liman von Sanders le respondió a Lepsius señalando que sus acciones salvaron a miles de armenios
en Adrianópolis. Sin embargo esto fue tomado como una acción personal que no representaba el accionar de las fuerzas alemanas.

Luego fue el turno de Crisdine Terzibazhian, esposa de un comerciante armenio de Berlín y sobreviviente de las deportaciones de Hadjin, cerca de Erzindjan. A través de un traductor relató su dolorosa historia. – Nuestra familia se componía de veintiún miembros –comenzó-. Solo sobrevivieron tres a las deportaciones. ¡Vi con mis propios ojos como los mataban a todos! –relató con lágrimas en los ojos-. A los más jóvenes los ataban de a dos y los arrojaban al río para que murieran ahogados. Gendarmes y policías turcos tomaban a las mujeres más bellas y las violaban a la vista de todos. A las mujeres embarazadas las reventaban el vientre a culatazos y les extraían el feto a cuchilladas.
La sala comenzó a murmurar y Crisdine, mirándolos, les dijo: – ¡Lo afirmo bajo juramente! – ¿Cómo sobrevivió usted? – preguntó el presidente. – Intentaron violarme pero no pudieron separarme de mi hijo. Entonces tomaron a la mujer de mi hermano y nosotros pudimos escapar y ponernos a resguardo en una carpa mientras la violaban. De allí nos llevaron a un campamento de prisioneros. Pasamos hambre y sed hasta que las deportaciones terminaron y pudimos escapar. – ¿A quién le atribuía la comunidad armenia la responsabilidad de estas deportaciones? – quiso saber el presidente. – Todos los telegramas que nos leían llevaban la firma del Consejo de Ministros – respondió Crisidine-, entre ellos estaba Talaat Pashá.
El abogado von Gordon hizo uso de la palabra para señalar que el testimonio de la testigo y del perito Lepsius daban cuenta de la veracidad de las declaraciones de su defendido en torno a las masacres, por lo que deberían tenerse en cuenta como atenuantes a la hora de dictar la sentencia.
El último testimonio había dejado gran inquietud entre los presentes y debió esperarse unos minutos antes de que pudieran continuar las declaraciones.

VIII – “Vaterland” – pronunció lentamente la profesora Beilnsohn.
Soghomón no repitió. Había sido un estudiante muy aplicado cuando comenzaron las lecciones, pero en los últimos días se encontraba distraído. No podía leer correctamente
y no comprendía lo que había escrito hacía apenas unos momentos. Ella atribuyó esa falta de interés a los efectos de la medicación que consumía para tratar sus ataques nerviosos. No podía saber que el motivo de su estado era el encuentro que había tenido unos días antes a la salida del Jardín Zoológico. – “Vaterland” – volvió a repetir la profesora, antes de traducir el significado de la palabra al francés, la lengua neutral que usaban para comunicarse:- “Patria”.
Soghomón repitió lentamente esa palabra pensando en los dos conceptos que la componían: “Vater” (padre) y “land” (tierra). – Yo no tengo patria – le dijo a la profesora Beilnsohn, y luego continuó en armenio sin que ella pudiera entenderlo: – la he perdido cuando mi madre me desterró de la familia por no hacer justicia ante su muerte.
Ya no tenía patria, pero sabía lo que debía hacer para recuperarla.

IX
El doctor Kassirer acababa de dar cuenta de las dos revisaciones a la que había sometido al joven Soghomón Tehlirian, así como el tratamiento prescripto, y esperaba las preguntas de la defensa. – ¿Existen dudas fundadas de que el acusado haya actuado de manera consciente y con libre albedrío? – quiso saber el defensor Wertauer. – Para mí no existen dudas de que el libre albedrío no estaba totalmente ausente – respondió Kassirer. – ¿Entonces piensa que el acusado actuó con libre albedrío? – Eso es algo que solo se puede suponer, pero clínicamente sostengo que existió libre albedrío.
A continuación la defensa hizo pasar al doctor Edmundo Vorster, especialista en enfermedades nerviosas de la Universidad de Berlín. – Es necesario hacer algunas aclaraciones respecto a la opinión de mi colega Kassirer – dijo el especialista-. El acusado mató a quién consideraba el asesino de su familia. ¿Actuaría de la misma forma un hombre normal? No necesariamente, pero el acusado es un enfermo psíquico que sufre alucinaciones emotivas. Los temblores, la fiebre, las pesadillas, son síntomas de la tensión nerviosa que padece con motivo del horror vivido en su tierra natal. Por ello concluyo que enfrentamos un caso patológico denominado “el ideal supremo”, en donde una idea obsesiva, en este caso la aparición de su madre, lo insta a una acción que considera desagradable. “No soy un asesino, pero lo dijo mi madre y debo hacerlo”, fueron sus palabras. Y en verdad no es un asesino, sino que actuó bajo la presión del “ideal supremo”. Por eso recomiendo al jurado que se aplique el artículo 51° del Código Penal que considera que el libre albedrío se encontraba totalmente ausente.

Los miembros de la comunidad armenia presentes en el juicio para apoyar a Soghomón Tehlirian aplaudieron el testimonio de Vorster. El defensor von Gordon preguntó al especialista: – ¿Es posible que tenga futuras crisis alucinatorias? – No lo creo –respondió-, porque el ideal supremo se ha diluido al cumplirse su objetivo, así que no es probable que vuelva a aparecer.
A continuación hizo uso de la palabra el doctor Haage, quien atendió a Soghomón durante algunas de sus crisis. Dio un breve discurso que culminó con la siguiente expresión: – ¿El libre albedrío se encontraba totalmente ausente al momento de cometerse el crimen?. Yo respondo afirmativamente.
Nuevamente un aplauso irrumpió el salón. El presidente llamó a las partes a renunciar a presentar más evidencia, lo que fue acordado. Siendo ya horas de la tarde, la sesión se levantó hasta el día siguiente.

X
Las lecciones habían sido interrumpidas. Soghomón informó a la profesora Beilnsohn que retornaría cuando mejorara su salud. Ella le deseó suerte y le prometió que estaría disponible cuando decidiera volver a sus clases.
Las noches eran espantosas. A la fiebre que comenzaba a poco de dormirse le seguían horribles pesadillas en donde rememoraba la masacre de su familia, y su madre aparecía una y otra vez para recriminarle su indiferencia ante el asesino que vivía en la casa de enfrente. Allí despertaba con sudor y temblores. Por momentos sentía que se quedaba sin aire y debía relajarse para poder respirar correctamente. Muchas veces pensó en despertar a la señora Tiedman para pedirle ayuda, pero desistió ante la idea de que ella no sabría qué hacer y porque el idioma sería un inconveniente a la hora de hacerse entender.
Durante el día pasaba horas sentado en el escritorio junto a la ventana mirando la casa de enfrente, tratando de investigar los movimientos de Talaat Pashá. Pero por lo general las ventanas permanecían cerradas, y en el tiempo que llevaba vigilando no había podido observar ni una sola vez al infame ministro turco.
El 14 de marzo decidió desistir de la vigilancia. Se dijo a si mismo que esa noche trataría de dormir y que al día siguiente retornaría tranquilamente sus lecciones. Pensó que la forma de honrar a su familia sería estudiando para contribuir al progreso de su pueblo en lugar de dar muerte a un hombre.
Con la esperanza de que los ataques cesaran y las recriminaciones de su madre desaparecieran, se fue a dormir. Pero esa noche sería como las anteriores, y a la mañana siguiente una visión en la ventana le haría olvidar la decisión tomada.

XI
La mañana del 3 de junio de 1921 el presidente Lemberg declaró abierta la Audiencia: – El día de hoy hemos de cerrar el proceso iniciado ayer- dijo-. Están presentes todas las personas imprescindibles para arribar al fallo por lo que daré lectura a las preguntas que he preparado. En primer lugar “¿Es culpable el acusado Soghomón Tehlirian de haber matado a Talaat Pashá el 15 de marzo de 1921 en Charlotemburg?”. Esta pregunta se refiere a un homicidio sin premeditación. En caso de responderla afirmativamente, deberá el Jurado resolver acerca de la segunda “¿el acusado cometió homicidio con premeditación?. Si ambas preguntas se responden positivamente, se deberá responder a la tercera: “¿existen atenuantes?”. A continuación se dará la palabra a las partes.

Soghomón se encontraba sentado con el traductor sobre el lado izquierdo y los abogados defensores a la derecha. El traductor trataba de no dejar ninguna palabra sin doblar para el acusado. Sin embargo este no se mostraba interesado por los detalles del caso. Su mente estaba en paz. Nadie podía arrebatarle el convencimiento de haber actuado correctamente ante el responsable de la masacre de su pueblo. Lo que pudiera pasarle ahora, incluso entregar su cabeza al verdugo, no le importaba.

– Señores del Jurado – comenzó su alegato el fiscal Kolnik-, no es el aspecto jurídico de este hecho lo que le da a este caso su tono particular, sino las miradas del mundo que se concentran en esta sala. Independiente de los motivos psicológicos que haya esgrimido la defensa, aquí se ha acabado con la vida de un hijo del pueblo, que como tal condujo los destinos de su patria siendo un fiel aliado del pueblo y la nación alemana.
Algunos presentes en la sala comenzaron a repudiar con silbidos y gritos el comienzo de la declaración del fiscal. Este no se inmuto ni pidió silencio a la audiencia.

– El señor Tehlirian -continuó el fiscal cuando algunas personas seguían haciendo notar su desagrado – asesinó a una persona con premeditación y nos hizo saber en este mismo juicio que se sentía orgulloso de su accionar. No es necesario recordar que matar a un hombre es condenable por la ley alemana, aunque sea este un extranjero. Su justificación de que ambos eran extranjeros carece de fundamento jurídico. Soghomón Tehlirian actuó movido por el odio y el fanatismo político de muchos armenios que creen que Talaat Pashá fue el asesino de sus familias. Pero mucha gente que he consultado, entre ellos el general Liman von Sanders que declaró el día de ayer, están convencidos que el gobierno de Constantinopla no sabía nada de las consecuencias de las deportaciones, producto de la mala interpretación de las órdenes por parte de los gendarmes.

El presidente pidió al fiscal que no se extendiera sobre esos temas que ya habían sido debidamente discutidos. Por ello decidió terminar su alegato señalando: – Que al acusado actuó con premeditación se desliga de su propio testimonio. Además basta mirarlo – dijo señalándolo-, para ver que no es un hombre exaltado o extrovertido, sino introvertido, tranquilo y triste. Por ende solo puede cometer un homicidio tras una larga planificación, que acaso comenzó muchos años atrás en Oriente. Sus alucinaciones no son suficientes para demostrar que no actuaba bajo libre albedrío y aplicar el artículo 51º. Señores del Jurado: el saber que la sentencia por homicidio planificado es la pena de muerte no debe hacerlos recular a la hora de dar el veredicto. Nuestra Carta Fundamental fija la instancia del indulto presidencial para un acusado. Pero el declararlo culpable es un favor que podemos hacer por ese gran patriota y amigo del pueblo alemán que fue Talaat Pashá.
El presidente pidió al traductor que informara al acusado que el fiscal había solicitado la pena máxima, pero abriendo la posibilidad de un indulto presidencial. Esto no lo inmutó.
El siguiente alegato fue del defensor von Gordon:

– Veo que el fiscal Kolnik también actuó como un defensor dijo, pero de Talaat Pashá a quién llamó amigo del pueblo y la nación alemana. Esto debe ser motivo de repudio absoluto, ya que la República de Weimar, instalada luego de nuestra reciente revolución, no honra los pactos realizados por el gobierno imperial del Kaiser William con regímenes despóticos y tiránicos. Tenemos suficiente evidencia para probar la responsabilidad del gobierno de los Jóvenes Turcos en la masacre armenia: Deportaciones, violaciones, torturas y asesinatos. Nada se escapaba del ojo de los jerarcas de Constantinopla. Respecto al acusado debo decir que no fue el fanatismo y el odio como señala el fiscal Kolnik, lo que lo trajo a Alemania sino el afán de continuar sus estudios para ayudar a su pueblo. Recordemos que fue un alumno brillante en el colegio. Apelian y otros testigos declaran que era un hombre triste, pero que no lo movía el odio. Fue la aparición de su madre y aquella visión en la ventana lo que lo llevó a actuar esa mañana. El poseer un arma no es signo de que fuera un terrorista, sino del temor que sentía porque volvieran las masacres. Recordemos que la compró en Tiflis cuando la guerra y las deportaciones aún no habían terminado.

Continuó dando detalles de su enfermedad, y destacó que el hecho de haber dejado caer el arma no significaba deshacerse de la evidencia sino dar por concluido el deber que tenía con su pueblo. Recordó como el Dr. Vorster declaró que ya no era un peligro por haberse diluido el “ideal supremo”. – Señores el Jurado concluyó, sería lamentable que un tribunal alemán se uniese a las voces que piden seguir condenando a este joven que ya pasó las más terribles pruebas. Que este concepto quede grabado profundamente en sus corazones, a fin de que puedan actuar de acuerdo a su conciencia.

El defensor Wertauer, tras una introducción, señaló los motivos por los que no deberían condenarse al joven Soghomón Tehlirian: – En primer lugar – comenzó Wertauer- debe tenerse en cuenta los testimonios de los partes médicos, ya que dos de ellos destacaron que su desequilibrio psíquico nos puede llevar a conjeturar que el libre albedrio no estaba presente al momento del homicidio. Además el joven había padecido tifus en su juventud con las consecuencias que eso provoca en la conciencia, y que el día del hecho había bebido cognac para aliviar su dolencia estomacal cuando no estaba acostumbrado a la bebida. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que desde marzo de 1921 las Repúblicas de Turquía y de Armenia, surgidas del desmembramiento del Imperio Otomano, se hallan en guerra, por lo que ambos deben ser vistos como contendientes enemigos de un conflicto armado. A la frase “Yo soy extranjero y el también”, debería haber agregado “Estamos en guerra, esto no incumbe a Alemania”. En tercero es necesario recordar que Talaat Pashá había sido previamente condenado a muerte por un tribunal militar. No soy partidario de los tribunales especiales ni de la pena capital, pero hay que reconocer que el proceso fue prolijo, presentándose toda la evidencia y no dando lugar a dudas en torno a su culpabilidad en las masacres armenias. El acusado no hizo más que cumplir la sentencia que su víctima estaba evadiendo. Por último debo decir que actuó en actitud defensiva. Sabemos de la alianza entre los Jóvenes Turcos y los Bolcheviques. Si Talaat Pashá huía a Rusia como hizo Enver, se unirían a las fuerzas que hostigan la República Democrática de Armenia. Con su disparo, Soghomón Tehlirian salvó la vida de mujeres, hombres y niños que hubieran caído bajo las garras del verdugo.
El impecable testimonio del defensor provocó el aplauso de los miembros de la colectividad armenia. El presidente pidió que le tradujeran al acusado que el defensor solicitó su absolución, a lo que respondió con un gesto de agradecimiento. – Antes de pasar a la votación del jurado – dijo el presidente Lemberg-, escucharemos un último alegato del profesor Niemeyer de la Universidad de Kiel.

La exposición de Niemeyer estuvo centrada en enmarcar las masacres de 1915 en un contexto histórico que comenzó en 1878 cuando el Congreso de Berlín decretó la partición de Armenia, dejando a los pobladores de la parte occidental como súbditos del Imperio Otomano. En base a esto señaló que el Tribunal Alemán tiene una responsabilidad moral para compensar de alguna forma a quién fue una víctima de estas políticas coloniales.

– Para finalizar repetiré un concepto del defensor con Gordon – expresó Niemeyer-. Ustedes no pueden condenar a Tehlirian. El actuó como debía actuar e hizo lo que debía hacer. Quizá consideren que el impulso que lo guiaba era más diabólico que moral, pero deben poder enmarcarlo en la correlación de hechos que se sucedieron. Deben pensar el resultado que dará el veredicto – dijo mirando a los miembros del jurado-, no desde el punto de vista político actual, sino el resultado que arrojará en cuanto a la suprema justicia y en cuanto a los valores que vivimos que hacen que la vida sea digna de ser vivida.
Las réplicas posteriores del fiscal no estuvieron a la altura de los argumentos de los defensores.

– Les ruego que se aboquen a su misión – les dijo el presidente al jurado cuando terminaron los alegatos-, y contesten las preguntas que formulamos al comienzo. Para declararlo culpable se requieren dos tercios del Jurado. Tienen una hora para deliberar.
El jurado se retiró y la sala comenzó a desocuparse.

XII
Soghomón Tehlirian no caminaba solo esa mañana por la calle Charlotemberg. Lo acompañaban un millón y medio de compatriotas deportados, torturados, violados, mutilados, ahogados, quemados vivos o asfixiados con humo en pozos y cavernas. Cuando levantó la pistola apuntando a la cabeza de Talaat Pashá se le vinieron nuevamente las brutales escenas de la masacre de su familia. Vio a su hermana, apenas una niña, violada y torturada por gendarmes turcos. Vio a su madre y su padre caer fusilados. Vio nuevamente como un hacha partía la cabeza de sus hermanos. Y sintió ese olor penetrante y pestilente de la muerte que lo acompañaría por el resto de su vida.
Quiso gritarle al asesino para que girara y viera con sus propios ojos como una de sus víctimas hacía justicia. Pero no se merecía la dignidad de morir de frente.
La bala le atravesó el cuello destrozando las arterias, la carne, los nervios. La sangre derramada a borbotones salpicaba su ropa y el suelo en donde se desplomó ese cuerpo infame sin vida.
Ahora sus víctimas tendrían algo de paz.

XIII
Otto Reincke, presidente del jurado, leyó el veredicto: – Declaro con honor y justicia la resolución de los Jurados. ¿Es culpable Soghomón Tehlirian por haber matado a Talaat Pashá en forma premeditada en la calle Charlotemburg en 15 de marzo de 1921? – Un silencio conmovió la sala -. ¡No! – expresó enérgicamente.
Un aplauso resonó en el tribunal. Los miembros de la comunidad armenia se abrazaban entre sí, y otras personas adherentes a la causa los felicitaban y se unían a la celebración. Soghomón se abrazó con sus defensores y con el traductor.
El fiscal Kolnik se retiró de la sala en medio de los insultos de quienes lo acusaban de simpatizar con el régimen asesino turco.
El presidente pidió silencio para dar por finalizada la audiencia. – Firmo la resolución y ordeno la libertad del acusado por cuenta y cargo del Tesoro del Estado de acuerdo a lo resuelto por el jurado. Se deja sin efecto inmediatamente la orden de detención. Se levanta la sesión.

Una hora después del fallo, Soghomón Tehlirian bajaba los escalones del Tribunal de Berlín como un hombre libre. Iervant Apelian, Kevork Kalusdian, Crisdine Terzibashian
y otras personas de la colectividad armenia lo esperaban como a un héroe. Los abrazó y, por primera vez, lloró.

Lloró por su familia asesinada, lloró por la deportación de su pueblo, lloró por tanta muerte injusta e impune ante los ojos de un mundo que miraba para otro lado. Y lloró también de alegría porque sentía que comenzaba a recuperar algo de lo perdido.
“Yo no tengo patria”, le había dicho a la profesora Beilnsohn. Ahora la tenía.

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Cipolletti, 29/30 de enero de 2014.

(*) El título de “Pashá” se aplicaba durante el Imperio Otomano a funcionarios que desempeñan altos cargos políticos o militares. Es similar al “Sir” británico.

Aclaración:
El presente relato, aunque inspirado en hechos verídicos, constituyen una versión ficcionalizada de los mismos por lo que no debe tomarse como un texto histórico. Sobre el juicio a Soghomón Tehlirian se puede consultar: Autores Varios; Un proceso histórico: absolución del ejecutor del genocida turco Talaat Pashá, Buenos Aires, EDIAR, Consejo Nacional Armenio de Sudamérica, 2012.

Agradecimiento:
A Julieta Ojunian, por proveerme de información para la realización de este relato.

La reivindicación de Daneri

Alberto Zelaya

Hace unos años el pleito entre los escritores argentinos Ricardo Piglia y Gustavo Nielsen, se convirtió en el tema obligado de los cenáculos literarios porteños. El motivo del conflicto fue la falta de trasparencia en el concurso de novela convocado por la Editorial Planeta en 1997, en el cual resultó ganador Piglia. El proceso judicial concluyó con un fallo de la Corte Suprema de Justicia, que obligó a éste y a Editorial Planeta pagar a Nielsen una indemnización de diez mil pesos por haber amañado el concurso. Ricardo Piglia, a quien se lo cree un partícipe involuntario del episodio, en lugar de pedir las excusas del caso, denostó a Nielsen comparándolo con Carlos Argentino Daneri, ese poeta engolado y ampuloso que le franquea a Borges el acceso al aleph. Después de la publicación de este cuento en 1949, el nombre de Daneri quedó grabado en el imaginario argentino como el paradigma de un mal escritor. Sin embargo, hubo alguien que lo reivindicó con razones muy valederas. Trataré de contar la historia tal como la recuerdo hoy, treinta años después.

En junio de 1977, la Editorial Universitaria de Buenos Aires, más conocida por su sigla Eudeba, decidió acompañar la realización de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 con un lanzamiento estruendoso. Se trataba de una edición especial de ensayos críticos sobre “El Aleph” por ser éste, según el comité, el relato más original y universal de la literatura borgesiana y, por consiguiente, de la narrativa argentina. Aunque en un principio el criterio me pareció bastante mezquino y arbitrario, poco después de escuchar los argumentos del Capitán de Navío Aurelio Iriarte (oficial que apadrinó mi ingreso a la casa editorial) presté mi consentimiento, no sin antes consignar respetuosamente y en privado mi discrepancia.

Le debía al Capitán Iriarte una cierta lealtad. Era amigo de mi padre y cuando le ofrecieron hacerse cargo del comité editorial de Eudeba, me invitó a colaborar con él. No me hacía demasiadas ilusiones sobre mis posibilidades de ejercer una influencia decisiva, pero mi objetivo personal era tratar de evitar, desde mi muy humilde puesto burocrático, que ocurriera lo peor: la desaparición lisa y llana de Eudeba. Muchos compañeros de facultad me cuestionaron, algunos hasta me quitaron el saludo, pero admiraba esa editorial que llevó el libro a todos los rincones de Argentina, trataría de hacer lo posible para que se conservara a pesar de todo. Así pensaba yo en aquel entonces.

Pero volvamos a la antología de ensayos sobre El Aleph.

El proyecto sería a lo grande. No se escatimarían recursos. El diagrama y la realización de la cubierta les serían confiados al reconocido fotógrafo y artista plástico Aldo Sessa. Estela Canto nos facilitaría el manuscrito de El Aleph para incluir una versión facsimilar. Las ilustraciones correrían a cargo de Raúl Soldi, Antonio Berni y, por supuesto, Norah Borges. El mismo Borges se había comprometido con el prólogo. Esa colección de ensayos debía ser y fue rutilante. Recuerdo algunos nombres, aunque no los títulos: Roger Callois, Emir Rodríguez Monegal, Ítalo Calvino, Umberto Eco, Alicia Rodríguez Jurado, Roy Bartholomew, María Esther Vázquez y el ineludible Adolfo Bioy Casares. Floyd Merrel nos hizo llegar un anticipo y resumen de lo que luego sería su magnífico libro “Unthinking Thinking”.

El Capitán Iriarte sugirió que habría que convocar un concurso literario para incluir el trabajo de un novel ensayista argentino.

—El objetivo estratégico del campeonato mundial de fútbol —nos explicó mientras encendía un cigarrillo tras otro— es proyectar una imagen auténtica y real de nuestro país para hacer frente a la confabulación marxista internacional. Los argentinos —afirmó sin dar lugar a ningún tipo de discusión— somos derechos y humanos. Lo vamos a probar ante el mundo con la publicación de esta edición limitada que entregaremos a nuestros más ilustres huéspedes: jefes de Estado, ministros, parlamentarios, diplomáticos, periodistas e intelectuales de todo el orbe.

Para Iriarte la publicación de un ensayo de un joven pensador argentino demostraría a las claras y de una vez por todas que en nuestro país existía una absoluta libertad de expresión.

Estábamos a fines de 1977 y me encomendaron la coordinación operativa del proyecto. Esto significaba que tendría que lidiar a la vez con autores rezagados, correctores obsesivos y traductores incompetentes. A pesar de estos avatares, el libro (que iba creciendo despacio para mi ansiedad) cumplía sin ningún sobresalto el más conservador cronograma trazado por el comité.

El 15 de noviembre venció el plazo para la entrega de los trabajos. Casi trescientas personas nos hicieron llegar sus colaboraciones, esperando cada una de ellas ser la ganadora del premio. Hoy se habla de transparencia, en aquel entonces le decíamos honestidad intelectual, y mi propósito era que todos, absolutamente todos los concursantes tuvieran iguales oportunidades.

Después de la revisión preliminar, mis colaboradores elevaban a mi consideración un informe sobre cada trabajo que debía responder a un extenso cuestionario y contener una evaluación debidamente sustentada. Desde luego, un selecto grupo de oficiales de las fuerzas armadas analizaría los ensayos presentados para hacer una ponderación ideológica antes de entregar los cinco finalistas al jurado; no queríamos tener ningún disgusto. Esta era la parte ingrata de la tarea ya que, como de costumbre, más de un candidato intentó apartarse de las normas que en aquel entonces aconsejaba el buen sentido. Casi todos ellos fueron localizados y luego interrogados por las fuerzas del orden, a causa de alguna idea errada o confusa en el campo social o el político. Pero la libertad de expresión en otras áreas como la estilística y lingüística fue celosamente resguardada.

En un país en el que hay que acudir al juego de las influencias para hacer valer hasta las más legítimas aspiraciones, no fue extraño recibir llamadas telefónicas de personajes que abogaban en favor de muchos de los postulantes. La regla que había impartido el comité en pleno era tajante “nada de recomendados”. Elisa, mi secretaria, estaba al corriente de esta directiva y sorteaba con enorme habilidad esas intrusiones. “No, Brigadier Adamoli, no lo podemos recibir porque las decisiones las toma en secreto el jurado… No, Monseñor, no sé quiénes son los integrantes del jurado… Discúlpeme, señor Ministro, pero en estas dos semanas no será posible porque el doctor —así me llamaba casi siempre Elisa— ha viajado a Italia para recoger los manuscritos de Italo Calvino y Umberto Eco.” Mentiras piadosas que trataban de preservar la absoluta neutralidad del proceso.

Una mañana, mientras estaba en la casi imposible tarea de encontrar un traductor decente para el ensayo de Merrell, Elisa recibió una llamada inquietante del General Prosperi. Todos conocíamos muy bien al gallo Prosperi; sus arengas abundaban en metáforas incendiarias y devastadoras admoniciones; sus inexorables amenazas de erradicación y exterminio horrorizaban aún a sus propios camaradas de armas. El gallo era un duro que no había titubeado en denunciar y apresar (algunos dicen ‘ajusticiar’) a su propio sobrino, al hijo único de su hermano. Esta vez Elisa no se atrevió a mentir pero, como yo había salido para la entrevista con un eventual traductor, le dijo que llamara a eso de las seis de la tarde, de esa manera me dio un tiempo para prepararme.

Cuando llegué a mi despacho y Elisa me puso al corriente del llamado de Prosperi, subí de inmediato a la oficina del Capitán Iriarte. Ambos sabíamos quién era y de lo que era capaz el general. Con gran sabiduría Iriarte me aconsejó que atendiera a Prosperi quien con seguridad estaría remando por su mujer que –según se comentaba– tenía veleidades literarias. Al despedirme me dijo:

—Pibe, los principios están bien; pero los soles dorados son soles dorados. No hagás de una boludez una razón de Estado.

Prosperi se mostró correcto, quizás porque sabía de antemano que sería obedecido. Fijé la entrevista para el martes siguiente a las cinco de la tarde, eso me daría un respiro para leer el ensayo. Luego por displicencia, ni siquiera me tomé la molestia de hojear el manuscrito durante el fin de semana.

La Señora de Prosperi llegó media hora más temprano a la entrevista. Mi secretaria le dijo que yo estaba en reunión, le ofreció un café y después Elisa entró a mi oficina para dejarme la consabida bandejita de plata y el manuscrito. Muy contadas veces, una tarjeta de visita llega a ser la presentación cabal de quien la esgrime. Cuando leí la de Berta Apold de Prosperi, Iridióloga diplomada, me dije je connais bien le personnage.

Apold para la generación de nuestros padres era todo un apellido. Fue Subsecretario de Prensa y Difusión durante la primera presidencia y gran parte del segundo mandato de Perón. Dirigía una brigada de más de mil funcionarios encargados de manipular la prensa, la radio, el cine y la incipiente televisión argentinos. Antes de caer en desgracia, gozaba de un poder casi omnímodo que padecieron hasta leales peronistas, simplemente porque no se plegaron a sus deseos, entre ellos Hugo del Carril y Fanny Navarro. Haría esperar a la señora de Prosperi. Me tomé un té mientras comencé a imaginar a la tal Berta.

¿Cómo sería? ¿Gorda? ¿Vieja? ¿Pretenciosa?, tal vez. ¿Arrogante?, seguramente. En el ejército se dice que si un oficial es coronel su mujer es general. Berta sería una versión sin domesticar de una señora gorda. Una fierecilla indomable. Me felicité por no haber leído el mamotreto de casi –sí, a ver– setenta y cinco páginas a un espacio. ¡Qué horror! Ni siquiera tenía idea de cómo se presentaba un papel. Ningún poder de síntesis. Los párrafos serían monótonos, confusos e intrincados. Sí, definitivamente pesados. Estarían plagados de lugares comunes y de metáforas insostenibles. Emplearía los tecnicismos de moda: narratología, lexemas, intertextualidad. Citaría a destiempo y sin haberlos comprendido a Todorov, Barthes y Baudrillard. Me dije: ¡Pobre Borges, no tiene derecho!

Cinco minutos antes de las cinco, llamé por el intercomunicador a Elisa pidiéndole que hiciera pasar a la señora de Prosperi. Pero yo estaba decidido a no convertirme en otro Pavel Vassilievich, aquel dócil personaje de Chejov que por amabilidad accede a escuchar a una dramaturga aficionada y luego exasperado termina matándola. No, yo sería tajante, inexorable y en segundos me despediría de la vieja dama. A pesar de las advertencias del Capitán Iriarte yo no me resignaría a que –por las razones por todos conocidas– esa gorda vieja, pretenciosa y arrogante ocupara un lugar al lado de las grandes celebridades. Lo impediría a pesar del gallo Prosperi, aunque en ello se me fuera la vida. Uno tiene sus principios, ¡qué carajo!

Al abrirse la puerta vi aparecer la cabellera ondulante de un rojizo caoba. Vi sus ojos azules casi tan transparentes como nuestro cielo en abril. Vi sus manos de dedos finos y vi sus uñas impecables y nacaradas. Vi la sonrisa calma y seductora, vi el arrebato de su mirada. Vi sus medias negras y su estrecha minifalda. Vi sus muslos todavía jóvenes y tensos, vi sus senos generosos, vi el arco de sus cejas. Vi sus labios sensuales que de manera imperceptible temblaban. Vi lo femenino y lo viviente, Vi lo bello y lo tierno. La vi avanzar hacia mí como en una lenta danza. Y era ella y era yo. Trastabillé y todo lo que pensaba negarle a la señora de Prosperi sabía que no podría rehusárselo a Berta. Tendí mi brazo hacia el sillón invitándola a sentarse y me embobé escuchándola.

—Estoy aquí porque conocí el aleph, el verdadero aleph —añadió confiada— el del sótano de la Calle Garay, el que Borges nunca vio. Ese hombre es un farsante. Si quieren hacerle un homenaje yo no me opongo. Pero también tendrán que publicar eso —dijo señalando a la carpeta que contenía su manuscrito— ¿Lo leyó? —preguntó con sorna.

Algunas semanas después alguien me revelaría que el gallo Prosperi no era más que un pollo mojado hasta que conoció a Berta. Sí, era una mujer de temple. Y allí estaba yo, como perro en cancha de bochas sin saber qué contestar. Pero, Berta tenía el don de leer a la gente con una sola mirada; en lugar de recriminarme simuló que mi respuesta había sido positiva.

—¡Qué boba que soy! Si usted no lo hubiese leído yo no estaría aquí.

Con una leve inclinación le agradecí su discreción. Berta con extremada gentileza fue respondiendo a mis preguntas, las omitiré por considerarlas obvias:

—Conocí a Carlos Argentino Daneri en 1940. Dirigía un taller literario. Yo era joven, muy joven. Mi familia no se podía permitir el lujo de una educación que fuera más allá de un título de maestra. Estaba bien. Lo aceptaba porque mis viejos me dieron todo lo que estaba a su alcance, pero quería hacer algo más. Una de mis compañeras en la Escuela número 34, Celia Pagani, que era una muy buena poeta simbolista, me habló de Carlos Argentino. Una tarde fui a probar suerte y me quedé fascinada con el grupo.

—No, Borges no estaba en aquel entonces. Apareció un poco más tarde me parece que de la mano de Estela Canto o de María Eugenia Cozzi, la pintora.

—Sí, lo recuerdo muy bien a pesar del tiempo —contestó Berta sin hesitar— Era un hombre desteñido de anteojos gruesos y tartamudo, quizás un poco chapado a la antigua y vestido con unos trajes lustrosos y tan grandes que se veían como prestados. Me pareció un pajarón, tenía más de cuarenta años y vivía con la mamá. Trabajaba como auxiliar en una biblioteca municipal de mala muerte. Eso sí, era como las papas, solo valía lo que estaba enterrado. Aunque, claro está, sus antepasados gloriosos eran próceres menores. Para rastrear sus hazañas había que ser un experto en historia militar argentina.

—Borges reiteró hasta el hartazgo —se detuvo en detallar Berta— que sus precursores literarios fueron Macedonio Fernández y Evaristo Carriego. Basta con hojear el “Museo de la novela de la eterna” o “Misas herejes” para darse cuenta de qué nivel de creación se está hablando. Borges no pasaba en aquel momento de ser un poeta menor; por eso la Municipalidad de Buenos Aires con toda justicia ignoró a Borges en 1942. Pero, el señorito hizo un mundo por eso.

—Siempre Borges rechazó a nuestro grupo —recordó con un dejo de amargura— Éramos muchachos y muchachas de barrio que queríamos superarnos. Borges nos zahería sin piedad, por ejemplo, a Guido Monaldo un día le preguntó qué marca de caspa usaba. A otra piba que trabajaba en una matricería le sugirió que usara un esmalte más oscuro para que sus uñas no se vieran tan sucias. Si aquel hombre se atrevió a decir que Federico García Lorca era un andaluz profesional, imagínese qué límite podía tener con nosotros. Pero, Carlos Argentino Daneri, que nunca vio el mal en nadie, leía con atención sus escritos, los corregía, le sugería lecturas. Lo alentaba a incursionar en una narrativa de mayor envergadura. Pero, él se negaba. Ni siquiera leyó el Ulises de Joyce con nosotros, solo dos o tres capítulos como él mismo lo reconoce. Es un hedonista y un perezoso. Nunca pudo ni podrá escribir su imaginaria novela. En cambio, con la sabia guía de Daneri, sus poemas, ensayos y cuentos mejoraron.

—Yo soy una Apold —y añadió con mal disimulado orgullo— sobrina de Raúl Alejandro. Sé cómo se edifican los mitos y también cómo se destruyen. Mi tío fue el que hizo a Perón y a Eva, machacando, insistiendo, haciéndolos salir siempre en las noticias. Les redactaba discursos simples, sencillos y efectivos. Él fue el que hizo de Eva la Jefa Espiritual de la Nación. Él hizo imprimir por miles “La razón de mi vida.” De una pobre chica nacida en un pueblo polvoriento y olvidado hizo una reina que cautivó a Europa; para después convertirla en una mujer severa e implacable, vestida con un sencillo traje sastre, coronada por un austero rodete: la abanderada de los humildes. Fue Apold el que hizo que su foto estuviera en cada hogar argentino. Y el que mostró a los pobres radiantes de felicidad y satisfechos porque Perón cumplía y Evita dignificaba. Los contreras y los comunistas dijeron que Apold era el Goebbels argentino. Pero, mi tío lo superó. El mito de la pareja de dioses benefactores protegiendo al país aún perdura en Argentina. Hay personas que le siguen rezando a Evita, la intercesora ante Perón. Hitler desapareció después que se incineró en su búnker, pero la mujer rubia, esa hada buena permanecerá por siglos en nuestro país. No lo dude.

—Borges era antiperonista por envidia. Él quería ser dios en un Olimpo que ya estaba ocupado por esos dos dioses tutelares. Se resignó a recrear el mito del bardo ciego. Para lograrlo hizo lo mismo que Evita. Consiguió que Roger Callois lo reconociera. Borges vaut bien le voyage ¿recuerda? En una sociedad cholula como la de Buenos Aires esto fue suficiente para contar con un nuevo Homero del subdesarrollo, el execrable Borges. En mi ensayo demuestro que toda la obra de Borges es un plagio de Carlos Argentino Daneri. Quiero que mi testimonio sobre El Aleph se publique junto con los otros. Quiero que haya una voz disidente. Lo necesito. Es algo que le debo a la memoria de Carlos.

—No le robo más su tiempo, doctor. Usted tiene mi tarjeta llámeme cuando quiera.

Tan pronto salió Berta de mi despacho, como bien habrás imaginado, querido lector, me precipité sobre el manuscrito. No podía apartar mis ojos de cada uno de esos renglones. La escritura era fluída, cristalina y Berta iba contando la verdadera historia de El Aleph. Lo hacía con gracia, con elegancia y con una devoción casi enfermiza por Carlos Argentino Daneri. Allí estaba él tal como había sido. Para Berta el gesto natural de Carlos era su carcajada y su humor se filtraba a través de las citas textuales a pie de página. Bastaba con leer a Berta para saber lo buen maestro que había sido Daneri (mucho de él también se reflejaba en Borges, aunque Berta lo hubiera negado de plano). A medida que leía, Daneri estaba conmigo mateando debajo de una parra o pensativo tomando un bichier di bon vin en su comedor diario, sentado al piano interpretando Albinoni, Vivaldi o Scarlatti o duchándose mientras cantaba una canzonetta napolitana. En ningún momento Borges deja traslucir el fervor de Daneri por la música. Ese grácil poeta nunca escribía un solo verso si no estaba acompañado por las Variaciones Goldberg o por el Concierto número dos de Rachmaninov, que eran sus obras favoritas.

Si de mí dependiera, transcribiría aquí en su totalidad el texto de Berta. Lamentablemente tuve que devolverlo. Pero aún recuerdo la breve narración de Daneri “El hombre que recordaba demasiado”, que transcurre en Paliputra en el siglo II A.c., es una prefiguración casi textual (por decirlo de un modo elegante) de “Funes el Memorioso.” La “Antífona de un atardecer” refleja la desazón de Daneri ante su sordera progresiva. Los versos danerianos: “de ese Dios que en su magnifica ironía me dio la música y el silencio…” guardan una llamativa similitud con los más famosos del “Poema de los dones.” Por último el estruendoso y vívido Aleph que describe Daneri, con once dimensiones divergentes, en el que no sólo podemos palpar, oler y gustar nuestro universo sino todos los infinitos universos paralelos, no tiene nada que ver con la raquítica descripción tridimensional del de Borges. Para mí esta era la prueba concluyente de que Borges nunca conoció el aleph de la calle Garay. Seguí leyendo y releyendo las setenta y cinco páginas del manuscrito. Me llamó la atención, sin embargo, que en el texto no se mencionara a Beatriz Viterbo.

A primera hora de la mañana siguiente, tuve una reunión a puertas cerradas con el Capitán Iriarte. Le informé sobre la entrevista con la señora de Prosperi y le resumí los principales puntos del ensayo que había presentado. Iriarte, que no tenía un pelo de tonto, presagió que estábamos ante el fin de nuestro proyecto. Cauto como era, quiso verificar los hechos. Se nos ocurrió que, manteniendo la reserva del caso, lo más apropiado sería tomar contacto con las personas más allegadas a Borges.

La primera en llegar fue María Esther Vázquez que pidió pasar a una salita para leer con calma el manuscrito. Al salir nos gritó indignada “Esta es una sarta de patrañas. ¡Hacerle algo así al pobre Borges, no tienen derecho!” Dos horas más tarde se presentó Adolfo Bioy Casares. Tan pronto le comentamos la situación se limitó a decir. “Me imaginé que este día iba a llegar. No sé por qué Georgie se enredó con esa pelirroja.” Se quedó un rato pensativo y sugirió “No, no le podemos hacer algo así al pobre Borges, no tenemos derecho. Sería mejor desistir del proyecto. Yo le explicaré.”

Pensé que Iriarte convocaría a una reunión del comité en pleno, pero no lo hizo. Me indicó que tomara nota. “Llamá a la viuda de Castagnino y decile que vamos a hacer una reedición de lujo del Martín Fierro con las ilustraciones de su marido. No se va a negar. A los demás del comité anunciales que por razones presupuestarias tenemos que cambiar los planes. No les des más explicaciones. Devolvele el manuscrito a la mina esa y que haga lo que quiera con él, pero advertile que Eudeba nunca se lo va a publicar. Ya mismo estás mandando las cartas a los colaboradores pidiéndoles excusas”. Se sonrío y me dijo:

—Ves qué gaucho es Martín Fierro, siempre nos termina salvando.

Martínez

(APL)El siguiente texto literario de Oscar Castelnovo ganó el primer Premio Clarín de Cuentos, único concurso realizado hasta el momento por este Grupo en el género. Así, el relato había sido uno de los 20 finalistas elegidos entre los más de 6.600 enviados al certamen en 2008. El jurado estuvo compuesto por Claudia Piñeiro, Pablo Toledo, Miguel Brascó, Elizabeth Checa y el editor general de Ñ, Juan Bedoián. Castelnovo integró – y aún lo hace-, diversos medios del periodismo alternativo, comunitario y popular y se desempeña en la defensa de los derechos humanos desde 1983, año en que los organismos lograron visitar a los militantes políticos que la dictadura aún mantenía en el encierro. Si bien los derechos de este cuento pertenecen al Grupo Clarín y solo fue publicado por la Revista Ñ, hoy la Agencia Para la Libertad decide compartirlo con sus lectores. Una vez más, convocamos a quienes lo deseen a envíar sus obras para nuestra sección de Arte, Cultura y Expresión.

Por Oscar Castelnovo  

Esa lona andaba buscándolo. Martínez lo supo cuando llegó al milésimo round. Ningún combate la excluye, mas sentirla destino, verse tumbado allá abajo, le edificaban rencores legítimos o no, según se mire. Rabia era. Una fiereza, como la impetuosa corriente del río, que no revelaba en voz alta ni tenue. Aunque sí en la mirada. En ella podía desentrañarse, en ocasiones, qué bajezas y virtudes porfiaban su alma. Era capaz de la hazaña o el fracaso, de juntar a los dos en un acto o, de simplemente pasar la lengua bajo el borde del vaso de vino, como si lo único verdadero fuese evitar que la noble bebida se deslice por la pendiente. Rápida, la lengua de Martínez se manda copa arriba al encuentro de la humedad rugosa.

Mientras la lona acecha abismo abajo, él se da coraje: ¡Martínez viejo, nomás!, se alienta, y en technicolor figura un batacazo histórico, vislumbra un nocaut espectacular, título de tapa, y de seguido revancha un festejo de los que no se empardan. Así dale que dale, lengua que lengua, para impedir el desparramo suicida del vino en ese hule berreta. A trago lento lo abriga en su interior hondo. Y vuelta a lamer el vaso, con disimulo, para que no exista gota que quede desamparada a la buena de Dios. Porque no es posible que Dios disponga que las gotas, los mortales, las estrellas de la inmensidad o las diminutas hojas de comino, queden expulsados del lugar que les pertenece y vayan a parar a sitios inmundos sin apegos ni sol.

Cada segundo un siglo. Cada pelea la final del mundo. Martínez resiste, vistea y amaga. Martínez esquiva, dibuja con las piernas y ladea su humanidad. Arrinconado, sale, entra, zigzaguea y se tira contra las cuerdas. Las cuerdas, son duros resortes que lo regresan al centro del cuadrilátero. Ahí, en la mesa, se aferra a las copas sin titubeos. Entonces los recuerdos son mazazos en el alma. Las humillaciones, enemigos contundentes que demolieron sus sueños de invicto así como las bestias destrozan la llanura en la estampida.

Martínez, hijo de Martín. Marte: Dios de la guerra. Así le había dicho que era la cosa una vieja que ve en el pasado y adivina el tiempo por venir. “Habrá sido por eso, qué los parió? Que entonces le vayan a cobrar al tataraviejo Martín quien, sin derecho ni sabiduría, esparció la leche fundadora de una herencia huérfana de paz y de respeto”.
Boludeces, dice la vieja. Porque así, en el medio del ring, de nada sirve establecer los motivos reales o absurdos de una condena al combate perpetuo. Ahora se trata de enfrentar la circunstancia. A como salga: Izquierda en punta y si emboca la diestra al otro le cuentan las mil y una noches. Vamos Martínez, todavía. Quieren verte en la lona. El Día del Arquero Suplente: Que se vengan ese día.

El otro se le viene. Como un toro, se le viene al humo para terminar con ese tal Martínez de una vez por todas. Para siempre. Martínez vistea, esquiva, viene y va, puntea de izquierda y le emboca el directo. Bien, Martínez, bien.

Aparecen dos rivales. No puede ser, se repite en voz alta. Esto es un ring, debería ser uno contra uno, hay jueces, está el público, el intendente, todo el mundo lo está viendo. Ahora son tres. Gancho al hígado, “ápercat” y codazo en la boca. Nadie ve nada. Cuatro son. De puntín en los huevos y crece la algarabía en el estadio. Cinco. Seis. Siete contra uno. Abunda sangre en su rostro, cae y lo salva la campana.

Le ponen el banquito. Cuestiona a los segundos, sus íntimos: –’Qué está pasando, che?, ‘por qué no hacen nada?

–Vos no te das cuenta que las cosas cambiaron. Ahora las peleas son así.

–’Ustedes también, hermano, qué entongue hay aquí?

–Qué entongue ni mierda, son las leyes del juego, hacé la tuya.

Sabe que está solo. El árbitro tiene guantes. Y los usa. “Qué hace, juez?” El jurado aplaude. Así, carajo, celebra el intendente. Lo tiran de nuevo. En el piso, un chubasco de patadas lo deja grogui cuando termina otro round.

Se repone, suena la campana. Ahora sus rivales se le ríen sentados cómodamente tras la humareda del ring–side. Los segundos se fueron. El banquito no está. Tiene que pelear.

Mira el ring y se le hace pampa abierta. No puede ser. Debería haber un ring: “qué hago ahora en esta anchura?”, inquiere a Dios. Sabe que está jugado. Puede sentir el viento. Puede escuchar que ya viene la patrulla enfurecida. Puede oír nítidamente: ¡entregate Martínez! Y también puede temblar. Si se rinde lo achuran, si los enfrenta no tiene chance. Todos pertrechados y a caballo. El está solo y a pie. Se pone en guardia y es cuando escucha una voz familiar: “¡Tenga, yo soy Fierro!”, le dice un viejo al tiempo que le pone un puñal en la mano.

Los milicos amainan. Fierro ya los había vencido en otra contienda, y ahora hablaba desafiante a su enemigo de siempre: –Abájese, coronel.

–Vea cómo son las cosas, Fierro, ha llegao a matrero viejo y áhura va a hacerse matar por un tal Martínez, anuncia el uniformado mientras sus botas hunden el pasto.

–Deje, Fierro –dice Martínez–, esta pelea es mía.

–“No era usté el que andaba reclamando que se la cobren al que desparramó la leche primera y dejó la herencia guérfana de paj y de rispeto? Áhura déjeme hacer”, pide Fierro.

Sin aviso, el coronel descarga un planazo al rostro pero Fierro detiene el sable con la mano emponchada. ¡Áhura vas a saber cuántos pares son tres botas!, grita el militar. Par y medio, coronel, retruca Fierro al instante. A prepotencia pura, hacha y punta, el coronel se abalanza sin dar tregua. Fierro resiste, vistea y amaga. Fierro esquiva, dibuja con las piernas y ladea su humanidad. Arrinconado, sale, entra, viene y va, y con el filo tajea la cara del coronel. Éste gargajea sangre y acomete por el flanco. Fierro se dobla con un dolor frío en el costado. Siente su propia sangre y su sudor sin mirarlos, y oye el retumbo de su pecho sin resuello. Retrocede serpenteando y logra eludir al corvo. Sólo sus ojos permanecen fijos, clavados, en los ojos del coronel. La boca de Fierro se hace grande y su jadeo fustiga el aire.

Sonríe en silencio la patrulla a modo de festejo anticipado. Fierro desdobla el poncho del puño y como chicotazo lo arroja a las piernas de su rival. Su mano izquierda ya está libre. Libre en la llanura inmensa.

El coronel se le viene. Como un toro, el coronel se le viene al humo para terminar con el matrero de una vez por todas. Para siempre. Por tanto empeño no advierte que, en un vertiginoso pase, Fierro ha cambiado de mano el facón: de zurda, se lo hunde hasta las tripas.

Martínez respira y escucha a Fierro rugir: –¡”Y áhura quién”?!

–¡”Y ahora quién”?!, grita Martínez mirando a los uniformados que no responden. Envainan y en marcha lenta se retiran sin siquiera dar una última mirada al cuerpo del coronel, cuya sangre bebe la pampa sin apuros.

Fierro y Martínez van hacia el sur. A tranco tardón los siguen sus potros. No hablan. Al llegar a un ombú, Fierro se recuesta y Martínez le cura la herida abierta. Descansan. Descansan.

Ya entrada la oscuridad, acuden al lugar un reducido gauchaje y unas mujeres que traen rumbo norte. Algunos dicen que son de las tierras de Juan Sinsuerte y otros sostienen que son putas de Maldonado. Nadie sabe con certeza, pero ellas son competentes en encender una larga madrugada. La fiesta aplana los tréboles y eleva euforia por la victoria de Fierro. Así, con derroche se comparten las coplas, el vino, los cuerpos y las almas. Ancho y festivo, él alberga el tinto en su boca cuidando que las gotas no sucumban. Fascinado, descubre cómo la noche va desplegando un contorneo presuntuoso hasta que se abre lasciva para que el sol la penetre.

Precisamente al amanecer, Fierro rancha aparte con Martínez y le secretea una cuestión que ambos acuerdan. Brindan y se abrazan largamente. Rápido, Martínez monta a su potro de un salto, mientras Fierro se emociona hacia adentro y mira como sin montura ni equipaje, desnudo, Martínez enfila hacia un horizonte que se alza pampa arriba.
Encima de un zaino bravo, Martínez cabalga sobre el viento atravesando las grandes arboledas. Va en búsqueda desesperada del río. Como sea, debe alcanzar las aguas antes que se haga fuerte la patrulla. Porque se sabe, es ley de rigor: cada vez que un hijo de Fierro galope en pretensión de un destino la partida marchará hacia la costa para cerrarle el paso.

Las cartas están echadas y él conoce de sobra que sólo existen dos caminos. O será otro sumergido al que despanzurrarán sin indulgencia, (y de ese modo la cábala para conjurar tempestades persistirá errante en la corriente rumbo al mar, y nadie ya podrá liberar los vientos mal arremolinados en la llanura); o Martínez, por fin, dará vuelta esa taba culera que lo sacude como zapallo en carro desde el día en que emergió de su madre al vendaval.

Es que si el potro no amaina, si Martínez orilla las aguas primereando a la partida, otros vientos tallarán bajo los cielos. Y entonces no existirá lona adónde puedan tumbarlo. Qué nocaut ni qué mierda. En el brindis, así Fierro se lo había dicho. Nacería un tiempo bendito, si Martínez (que ahora embiste a galope tendido), atropella, guapea y manda, allá en la ribera: donde la pampa se revuelca con el río.

El presagio de los guantes negros

Alicia Susana Gómez

La novela transcurre con la agilidad que requiere el modernismo pero no reniega de conservar giros de lenguaje que ubican al lector en tiempo y espacio.
Atrapante.Una hipótesis posible.Nos sumerge en la revisión histórica de un hecho cuyo mito se ha incorporado a la historia oficial y se cuestiona en esta versión de género policial en excelente trama.
Guionado con verosimilitud, se lee con placer y suma conocimientos sobre la cotidianidad del momento histórico desde donde parte la construcción de la república y sus contradicciones.

Dar luz a las palabras

Edición: Alicia Susana Gómez

ELLA CREE Y NO CREE”

Ella va por la vida con paso cansado arrastrando penas y alegrías, portando como autodefensa permanente una sola arma bien cargada, prolijamente controlada como para que nunca falle si hace falta: su sonrisa.

Ella cree que hay castigos y no juicios pero no cree en dioses ni en demonios aunque crea que algo, más allá de lo tangible, puede andar circundando cada momento que transcurre mientras el tren de la vida tritura guijarros con dirección efectiva entre las vías.

Ella sabe que hay gente que se viste con piel de cordero pero es lobo feroz. Y sabe que existen flores y también, plantas carnívoras pero no cree que devoren hombres, sino insectos.
Cree en entelequias pero no cree en perfecciones aunque jamás profundizó en esquemas filosóficos.

Ella cree que hay noche y que hay día, que hay luna, hay sol y que hay estrellas. Que hay amor y que hay odio, que hay bien y hay mal. Que hay sinceridad e hipocresía.
Ella no cree que lo blanco siempre es bueno o que lo negro, indefectiblemente, es malo; ella no cree en estigmatizaciones aunque sabe muy bien que sí, existen.

Ella anda sola aunque a su lado caminen montones de personas, siendo esa soledad su amiga inseparable por esas cosas tan extrañas de los andares. No acostumbra pedir, rogar y mucho menos suplicar, trata de ser racionalmente irracional, o quizás, irracionalmente racional aunque en realidad cree que no lo ha logrado, todavía.

Podrá parecer extraña, misteriosa, trashumante, pero yo miro sus ojos y leo en ellos como quien dirige su mirada a un libro abierto. Y conozco su pena, la última, la más desgarradora entre otras no menos desgarrantes. La que le permitió deducir, sin tanto esfuerzo, que una gran pena arruina, muchas veces, a la más bella alegría. Lo aprendió como quien asimila una lección dictada a cachetazos un día en que frente al mar se le ocurrió contarme que ella cree y no cree cuando se trata de diferenciar a la vida de la muerte.

Me contó que hubo una vez en la que un pequeño colibrí le susurró al oído antes de emprender un viaje hacia la nada.
-Mi pequeño colibrí, me dijo ella:
-Fue una mañana de aquellas que uno no quisiera sufrir de ningún modo. Quedó como tatuada a fuego sobre los jirones de un alma incinerada, que era mía.
-Fue una mañana de esas en las que como frente al golpe artero de
un hachazo, se derrumbaron esperanzas amasadas.
-Mi pequeño colibrí alzó su vuelo incierto, no sé, rumbo a cualquier
estrella de fuego. Voló con la fuerza de un águila imparable
rumbo a algún pozo insondable que no estaba abierto, en mis sueños.

-Ni imaginado siquiera. Y siguió contándome:
-Mi pequeño colibrí alzó su vuelo confundido entre nunca de olvidos y siempre de recuerdos. Y ya no pude verlo, ¡tan alto que voló y yo lo esperaba con mis brazos abiertos, ensayando caricias para darle, ni bien llegara a este mundo tan complejo!
-No me dejó mecerlo. Tampoco pude cantarle alguna nana tal como hiciera mi abuela cuando me acunaba entre sus brazos tiernos.
-Mi pequeño colibrí alzó algún vuelo dislocado, errante, abandonado
de mi mano, en la que hoy falta la suya.
-Y yo, -¡tan fuerte yo, según me creen! No fui capaz de seguir ese vuelo, tan solo quedé observándolo de lejos, paralizada, inmóvil, enredada en una nube de pánico asfixiante.

-Y él, tan pequeño, indefenso, solitario, pudo cargar en su piquito de oro
un trozo del alma rota, que era mía.
-¡Tan solo estaba mi pequeño colibrí! ¡Tan solo estaba! que alzó su vuelo eterno sin darme tiempo, siquiera, para entregarle un beso. Apenas pude bañarlo con mi llanto.
-Se alejó dejándome los ojos oxidados, el corazón sangrando casi yermo y esta tristeza infinita que no cesa, anclada en mis sentidos.

-Por eso creo y no creo, dijo ella, porque no encuentro explicación cuando de los ojos brotan lágrimas y alguien dice que apenas si son pruebas a las que debés aceptar, ser sometido.
-Es entonces, amiga mía, continuó diciendo, cuando tu alter ego se formula mil preguntas que nadie habrá de poder responder de ningún modo. Sin embargo, pese a todo, sigo creyendo que es ilusorio que los conejos vivan en el estómago de las galeras. Pero no creo que el sol pretenda clandestinizar a gritos a la luna.

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MIS MUERTES QUE NO FUERON
Cuántas veces me morí, me sentí suicidada. Me imaginé gen recesivo, Diana cazadora sin flecha, Juana de Arco sin espada, Alfonsina sin mar, Cibeles sin leones. Yo sin mí. Siendo tantas para terminar siendo ninguna.
Comencé a morirme de a ratos, como dije, suicidada. Me moría de día y revivía de noche, cuando todos dormían y podía desplegarme tal como creía ser: rebelde, puro impulso, paridora de alegrías y enterradora de angustias. Llanto y risa, mariposa y ancla; una cosa de carnehuesoarteriasvenassangrehumores, siempre viva aunque no lo consiguiera del todo.
Me suicidaba al despuntar el día; a veces se puede pasar la vida muriendo por momentos, respirando sin oxígeno, mirando sin ver y escuchando aún con los oídos perforados por el estampido del silencio, que asesina sin necesidad de uranio ni plutonio.
Fui sintiéndome, en este trajinar descolocado, como un ente sin rostro trepando como un mono por las aristas de la vida, siendo todo y siendo nada. Apenas durando en la tremenda telaraña donde quedan atrapadas las ilusiones.

Aprendí a tomar lecciones de acerbidad eliminándolas al pretender elaborar la tesis final. Aprendí a subir escaleras apareciendo en el suelo sin caer y asimilé que la luz a veces enceguece tanto que termina dejándonos sin la posibilidad real de observar.
Traté de andar despejando mis tinieblas y me metí de lleno entre la bruma, tantas veces, que ya ni pude contarlas.

Asistí a mis propias exequias y me alegré en cada resurrección, nunca bendita (mucho menos bendecida) más bien terrena, afirmada en una nube con rueditas que me va acercando a la estación que quiero.

Y así espero seguir en este trajinar dentro del caos donde…
¡Donde me parece descolocado hablar de mí cuando hay tanto por decir de nosotros y yo aquí, perdiendo el tiempo en esta divagación ego centrista!
¡Hay otra realidad colectiva fuera de esta que soy y de lo que creo sentir! ¡Hay otra sustantividad que está más allá de donde copulan fronteras de la muerte en serio, del descarne verdadero, donde no soy protagonista sino simple testigo involuntario y puedo ver que huestes de algún infierno trastocado se abalanzan sobre tantos, inseminando el virus más peligroso que no tiene origen en el África olvidada hasta por la historia corriente!

¡En esta realidad tan ajena como propia, genocida: Acomete la estrella de seis puntas clavándose en los intestinos de niños cuya “arma letal” fue la sonrisa, fiel compañera de la alegría irrespetuosa de vivir sin obtener permiso para ello!
¡Azola el norte feroz sobre ¿cuántos pueblos?! ¡La estatua prostituta yergue su antorcha símbolo del incendio del mundo y tiene hambre de guerra, de vísceras, de sangre coagulada, de tendones y músculos! ¡Tiene hambre de niños y de viejos, de recursos no propios sino adquiridos a fuerza de terror y llanto!
¡Tiene espanto en sus ojos de cemento bilioso descompuesto y está dispuesta a saciarlo como sea!
¡Irrumpe la ambición más descarnada por encima de la lógica irreversible volviendo loco al mundo que se parte, se incinera, se desgaja; se ahoga como se ahoga el niño por nacer en la placenta desprendida antes de tiempo!
¡Y yo aquí, irresponsablemente, contando de mis muertes que no fueron, de mis estúpidos suicidios, de mis yo sin mí, de esas tantas sin llegar a ser ninguna!
¡Y yo aquí, perdiendo un tiempo de oro que no vuelve, describiendo mis sentires con tanta cosa para hablar que no alcanzarían las vidas de cien mil gatos para describir con la ecuanimidad que corresponde!
¡Y me avergüenzo!

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He visto morir

Roberto Arlt

El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

— Está prohibido reírse.

— Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

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Datos históricos

El 1º de febrero de 1931 fue fusilado el anarquista expropiador de origen italiano Severino Di Giovanni, quien con asaltos y atentados, logró tener en jaque a la policía del país durante seis años.

Al día siguiente fue ejecutado su compañero Paulino Scarfó. Así, en dos trágicas jornadas la joven anarquista América Scarfó perdería a su pareja y a su hermano bajo el odio oligárquico. La policía incautó las cartas de amor que se habían escrito Severino y América, quien contaba con 14 años cuando lo conoció aunque ya era un ejemplo de convicciones: para el amor y la lucha. Fueron necesarios el paso de 66 años y la intervención del escritor Osvaldo Bayer, para que el estado Argentino le devuelva las cartas de amor, a los 86 años, a la aguerrida América Scarfó en agosto de 1997.

Di Giovanni había nacido el 17 de marzo de 1901 y vivió su adolescencia en los escenarios de posguerra, entre el hambre y la pobreza. Tipógrafo, maestro y autodidacta, se topó con las lecturas libertarias de Bakunin, Malatesta y Proudhon, entre otros teóricos del anarquismo. Fallecidos sus padres, cuando tenía apenas 19 años, comenzó la militancia anarquista, al mismo tiempo que en Italia se producía el ascenso del fascismo de Benito Mussolini. Casado y con tres hijos que mantener, se exilió en Argentina, específicamente en Morón, donde se desempeñó como tipógrafo.

Eran los años en que el anarquismo acusaba más que nunca los duros golpes recibidos desde 1910. Di Giovanni se alineó con los grupos más radicales del anarquismo en el país y participó en una serie de acciones violentas y atentados que entonces y hoy son motivo de polémica. El 31 de enero de 1931, fue capturado y condenado a muerte, luego de denunciar con dureza la represión y torturas producidas por la dictadura de José Félix Uriburu, que había derrocado a Hipólito Yrigoyen en 1930.

Fuentes: El Historiador. ARLT, Roberto, Obras completas, Buenos Aires, Omeba, 1981, en PIGNA, Felipe, Los Mitos de la Historia Argentina 3, Buenos Aires, Planeta, 2006.

¡Vamos, todavía!

Más adelante, ASG, detallaba sobre el maestro: “Fundó y dirigió hitos históricos del periodismo vanguardista: Revista “Cero” (1964-1967), “Barrilete”, “Talismán” (1969), “Liberación” (1970), “Nuevo Hombre”, “Crisis”, por enumerar las más destacadas. Su labor incansable se aprecia en diarios, suplementos culturales como “La Maga”, “Sur”, “Liberación”, entre otros. Conduce y dirige el programa televisivo “Épocas” que se emite a través de “Barricada TV” en IMPA, La Fábrica recuperada, donde es fundador de la “Universidad de los Trabajadores”.
¡Fuerza Zito!