(Por Oscar Castelnovo/APL) Muchos medios del sistema insisten en nombrar «Tragedia» a la Masacre de Cromañón. Sin embargo los hechos le dan la razón a familiares y sobrevivientes de modo contundente. En 2004, el entonces jefe de Gobierno de la llamada pomposamente Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, recibió 36 alertas por escrito sobre una lista de boliches en peligro, que no se hallaban en condiciones de resguardar la vida del público asistente, mayoritariamente juvenil, eran un polvorín que podía estallar en cualquier momento. Cuatro de esos alertas que llegaron a Ibarra fueron de su propio defensor del pueblo. ¿Que hizo Ibarra con chapa de progresista? Desarmó una estructura de unos 200 integrantes que controlaban los boliches -corrupta por cierto- y la reemplazó por otra de 40 miembros, más corrupta todavía. Estos nuevos controladores ya no iban sorpresivamente a los locales, sino que acudían solo a pedido de los mismos. A la vez, se supo que varios de ellos eran familiares, cercanos o lejanos, ex compañeros de estudios o amigos del jefe de Gobierno. A los llamados de alerta, Ibarra los pasó por encima como alambre caído. Además de juntar dinero para sí mismos, los inspectores debían robar para la corona, hábito muy común en la vieja política capitalista, que hoy mantienen los llamados libertarios de Javier Milei, también sus aliados de otras fuerzas, para aprobar leyes reaccionarias y ajustar a los más vulnerados por el ordenamiento desigual.
Ibarra tuvo por entonces, fuerte apoyo político. Por caso, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner, presidente y Primera Dama de la Nación, respectivamente, le sostuvieron la mano largo tiempo hasta que las evidencias demolieron el encubrimiento. El temor era que la caída de Ibarra, favoreciera a Mauricio Macri, lo que finalmente sucedió. ¿Son culpables los familiares y sobrevivientes quienes perdieron lo que más amaban? De ninguna manera: Si Ibarra, hubiese atendido los alertas enviados por su propio defensor del pueblo, si no se hubiese corrompido fundando un Club de Amigos con inspectores corruptos, entonces otro gallo cantaría. No hubiesen sido masacrados 194 pibxs, no hubiesen muerto unos 30 familiares que luego del hecho los devastó el cáncer, la depresión o la tristeza. Y un número de sobrevivientes -que aún no sabemos con certeza- no se hubiesen suicidado tras el espanto que los envolvió.
Un párrafo especial merecen el extinto Omar Chabán y Rafael Ley, gerente y dueño de Cromañón, respectivamente. Chabán rechazó unos meses antes de la Masacre un sistema ignífugo que tan solo le hubiera costado 17 mil pesos, sí pesos, no dólares. Por su parte, Levy, contrariando a los familiares y sobrevivientes pugna por tener el espacio que las familias reclaman para construir un lugar de Memoria.
Los familiares entonaban en sus marchas: «ni la bengala/ ni el rockanrol/ a nuestros pibes los mató la corrupción». Así de verdadero. Si Ibarra tuvo anteriormente méritos como fiscal entonces debió cuidar la vida de los pibxs junto a sus antiguos logros porque estos no son eternos. Pero eligió el sendero de convertirse en el responsable político de la Masacre. A la vez, los familiares y sobrevivientes siguen organizados y luchan exhibiendo un valor reconocido en el mundo entero.