MASACRE DE PERGAMINO – CRÓNICAS DEL JUICIO -DÍA 12-

El día de las víctimas

Declararon seis personas encargadas de realizar peritajes sobre los cuerpos de las víctimas, sus familiares y los sobrevivientes. Dieron cuenta, por un lado, de cómo murieron los 7 pibes. Por otro, se refirieron al trauma y la culpa que opera en familiares y sobrevivientes y que -señalaron de manera unánime- sólo puede ser reparado por el propio Estado que violó sus derechos humanos. También declaró un policía motorizado que se retiró de la comisaría cuando los sucesos comenzaron a desencadenarse. El juicio seguirá el próximo lunes con las últimas testimoniales. (Por El Diario del Juicio*)

Son las 7:30 de la mañana, y el sol no alcanza siquiera a entibiar la fría mañana de Pergamino. Los tribunales de la ciudad están ubicados frente a una plaza. En una de sus veredas, hay una parada de colectivos que llama la atención por su extenso techo. En otra de las aceras, la que mira al edificio de Tribunales que ocupa toda la manzana, hay un grupito de gente que busca todas las maneras posibles de evitar el frío intenso.

Es 2 de octubre. Y en Pergamino, desde marzo de 2017, los segundos días de cada mes tienen una marca dolorosamente sellada a fuego. Las familias llegaron temprano para colocar un gazebo casi tan grande como el techo de la parada de bondis. Un parlante montado sobre un carrito con dos ruedas sirve para pasar algo de música. Las banderas trepan de árbol en árbol. “Justicia x los 7”, dice la más grande, pero también hay otras con los rostros y los nombres de los pibes que ya no están.

Es probable que haya sido casualidad, pero exactamente a 31 meses de la Masacre de Pergamino, cuando entremos a la sala, escucharemos hablar de los pibes, de sus familias y de los sobrevivientes.

El duelo y el trauma

La audiencia de cierre de la cuarta semana del juicio por la Masacre de Pergamino incluye testigos que se sientan en grupo frente al tribunal. Las psicólogas Paula Ruíz y María Cristina Vidal; y la Trabajadora Social y directora del Programa de Salud Mental de la Comisión Provincial por la Memoria Natalia Rosetti, peritos de parte de la querella, son las primeras en ingresar.

Las tres licenciadas plantean, tomando como marco legal la Ley Nacional de Salud Mental, la necesidad de un testimonio en conjunto que refleje el trabajo transdisciplinario que realizaron con las familias de los 7 de Pergamino. Comienzan explicando al tribunal la metodología de trabajo, fundamentalmente entrevistas individuales. El objetivo fue, entre otros, observar de qué modo impactó la Masacre en la vida de las familias.

La querella pregunta a qué se refieren con el concepto de “impacto”. Desde el equipo responden que, si bien las consecuencias son subjetivas y sintomáticas, se trata de un análisis integral del sujeto, evaluando “impactos” en lo psicológico, económico y laboral. La exposición continúa adentrándose en dos nociones: duelo y trauma.

Las profesionales hablan sobre cómo opera el duelo:  “El afecto depositado en esa persona, debe sacarse poco a poco del otro para poder depositarlo en otras personas, en otros procesos de la vida”, explican. Según las licenciadas, “todos los familiares estaban con duelo suspendido, con la implicancia que eso tiene en la vida de una persona: una detención de sus proyectos y sus actividades cotidianas, de continuar viviendo”.

Sobre el trauma dicen que “implica un quiebre en la vida de una persona”. Es una bisagra. A partir de eso, el sujeto no vuelve a ser el mismo, y eso se manifiesta de diferentes maneras: físicamente, con enfermedades  y trastornos de todo tipo (cáncer, alopecia, trastornos digestivos, pérdidas significativas de peso”); socialmente, con dificultades para relacionarse y trastornos psíquicos (abulia, depresión, desgano, desinterés, tristeza y angustia continua, dificultades para dormir”); y económicamente, con problemas para desempeñarse laboralmente“imposibilidad de trabajar o de generar dinero”.

La culpa

Las tres profesionales se van pasando el micrófono inalámbrico. Entre el público, mientras se nombran sus síntomas, las mujeres -madres y hermanas fundamentalmente- lloran. Están hablando de ellas como víctimas. Están escuchando de boca de las licenciadas, ni más ni menos que un diagnóstico profesional con palabras técnicas de lo que sienten cada día en el cuerpo y el corazón:

-Tienen reminiscencias de los hechos, sobre todo del acontecimiento alrededor de la muerte. Todo lo que se desarrolla en la comisaría en el momento en el que ellos llegan, o en los momentos previos en los que muchos son avisados por las víctimas de que están en situación de peligro. Estos mensajes y llamadas vuelven a la cabeza de ellos como recuerdos y como una sensación de desesperación por no poder hacer nada ante el peligro de sus hijos- afirma Vidal.

-¿Esto último que estás comentando genera culpa en los familiares? -consulta Margarita Jarque, abogada de la CPM.

-La culpa es otro indicador muy importante que encontramos presente. Una culpa sostenida y muy fuerte. La culpa es angustiante para el sujeto. Es aplastante, el sujeto no puede hacer nada con eso. La culpa surge de la desesperación de no haber llegado a tiempo o no haber podido hacer nada para evitar eso. Eso los dejó perplejos y en estado de dolor, lo que se transformó en culpa, que es un problema en la vida de las personas. Es necesario que eso se alivie. Entendemos que de alguna manera, poder fijar la responsabilidad en quienes son responsables produciría un alivio subjetivo que permitiría que el reproche no venga ya contra sí mismos, sino que sea dirigido contra quienes tiene que serlo.

-¿Y esos síntomas son actuales? -puntualiza Jarque.

-Evaluamos hace un mes -responde Vidal.

-Muchos familiares se enteraron por los medios. También fue traumática la agonía que padecieron sus familiares -completa Rosetti- La manera en la que fue la muerte agrega sufrimiento. La muerte abrupta, violenta y en manos de quienes debieron garantizar el cuidado. Por otro lado, muchos familiares se enteraron por los medios, lo que agrega mucho sufrimiento.

Es sin dudas el momento de mayor angustia. Cada vez que se habla de agonía, es como si cada familiar sintiera aquel dolor de su pibe en el cuerpo, como si pudiera transferirse.

¿De qué modo se aliviana la culpa? Por un acompañamiento por parte del Estado, que debe ser integral y, de alguna manera, abarca tres dimensiones de reparación:  la vinculada a la salud, la judicial y la económica. La triada de peritos prosigue desarrollando una interesante mirada sobre los niños y las niñas de las familias: sufren de una doble carga, ya que a la angustia por la pérdida de un ser querido le suman la de contener a sus padres; soportan una obvia desatención por parte del mundo adulto que los y las rodea; y pierden algo fundamental: el derecho a jugar.

En el cierre, agregan que el Estado, con su reparación, también debe dimensionar que cada joven víctima de la Masacre tenía un proyecto de vida, a futuro, que se vio interrumpido al morir en manos de quien lo debía cuidar. Según releva un video que la CPM realizó con material generado por estudiantes en el marco del Programa Jóvenes y Memoria, Fernando Latorre disfrutaba estar con su hija; Paco Pizarro tenía como hobby ir a pescar; Noni Cabrera soñaba con comprarse una casita; Alan Córdoba quería sacar a otros pibes del consumo problemático; Sergio Filiberto esperaba con ansias cada partido de Douglas Haig; Fede Perrotta fantaseaba con tener una casa propia; Jhon Claros se imaginaba conquistando escenarios con su música.

Las consecuencias en los sobrevivientes

La audiencia continúa con el testimonio de dos psicólogos pertenecientes a Enclaves, una Asociación Civil que trabaja con el entrecruzamiento entre Salud Mental y Derechos Humanos. Enclaves es, también, una consecuencia de las políticas de vaciamiento del macrismo en algunas políticas públicas en las que se había avanzado durante el kirchnerismo, como la creación del Centro de Asistencia a las Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa, que si bien todavía tiene presencia -sobre todo en juicios por crímenes de lesa humanidad-, ha perdido parte de sus profesionales.

Laura Vázquez y Oscar Adelqui fueron parte del Ulloa. Vázquez de hecho fue su coordinadora durante algunos años. Ambos realizaron ocho pericias sobre los sobrevivientes de la Masacre, con entrevistas semidirigidas, preguntas abiertas y directas sobre el hecho y técnicas proyectivas. En líneas generales, todos los sujetos presentan traumas de carácter psíquico producto de haber presenciado no sólo el incendio, sino la agonía de las víctimas mortales.

Adelqui plantea que observa síntomas de Estrés Postraumático, como olvidos, abulia y relatos confusos. Casi todos los relatos evidencian dolor por las madres de los jóvenes muertos, y una pregunta recurrente: ¿por qué se tardó tanto tiempo en sacarlos?

Según el equipo de psicólogos, ningún sobreviviente recibió asistencia de forma inmediata luego de la Masacre, y en algunos casos esto produjo daños irreparables. Para Adelqui, además, existen elementos para plantear que algunos sujetos sufren de Estrés Postraumático crónico, que es cuando los síntomas se extienden por más de tres o cuatro meses. Y completa: “Esto puede derivar en daños irreversibles, como el Trastorno de personalidad permanente”.

En el caso de uno de los sobrevivientes, Adelqui dice que, tanto él como su pareja, recibieron amenazas, por lo que los síntomas se agudizaron. La licenciada Vázquez comenta que la situación traumática es actual, no se trata sólo de recuerdos. Por ejemplo, ha observado a un sobreviviente sentir calor en la cara de forma repentina, calmarlo con una toalla mojada, y que no pudiera relacionarlo con el hecho de  que en el momento de la Masacre fue retirado del calabozo con una tela húmeda en el rostro. Otro de ellos no puede prender la estufa, o hacer fuego para un asado.

A todo esto, plantea Aldequi, se le suma un fuerte sentimiento de culpa: “Ellos sobrevivieron y no pudieron ayudar a sus compañeros. En algunos casos se conocían de hacía tiempo o eran amigos”. Para Vázquez, “un juicio que responsabilice al Estado puede ser el inicio de un proceso de reparación”.

Las causas de la muerte de los  pibes

Cuando la siguiente testigo ingresa con su trajecito color salmón, sus tacos altos y sus ojos delineados, es imposible no prestarle atención. Un familiar que la vio llegar de tacos altísimos a la reconstrucción del crimen de Luciano Arruga, sobre la Avenida General Paz, se animó a pensar que “si no tuviera esa presencia arrolladora en un mundo tan machista, no podría imponerse para dar vuelta causas judiciales contra las fuerzas de seguridad”.

Quizás sea eso, o simplemente coquetería. Lo cierto es que está sentada ahora ante el tribunal, en el centro de la escena, y tira todo su currículum durante por los menos dos minutos. El juez Burrone, con su gesto característico de manos pegadas sosteniendo su rostro, la mira como diciendo: “Ya está, doctora”, pero ella sigue. Solicita ver el expediente, para tener presente detalles de la causa y de su informe.

Emma Virginia Créimer tiene una vasta experiencia como médica forense. Trabajó en la Procuración General de la Nación, de la que tuvo que irse después de recibir amenazas, como aquel cuchillo manchado con sangre clavado en la puerta de su casa; o acciones directamente criminales como la aparición de su mascota en el jardín, totalmente descuartizada.

Aunque no lo dice, en su historial también está la denuncia que el mismísimo genocida Miguel Etchecolatz le realizó por “tratos inhumanos”, tras haber solicitado la realización de un tacto rectal para corroborar una patología prostática que el genocida pretendía utilizar para acceder al beneficio de la domiciliaria. Créimer sabe que su saber deja expuesta a la gente poderosa. Este caso no parece la excepción.

-¿Qué trabajo realizó en la causa? -pregunta Burrone.

-Realicé el análisis completo de los autos, desde el punto de vista global médico-forense.

-¿Has tenido intervenciones en casos emblemáticos de violencia institucional? -consulta Carla Ocampo Pilla, abogada de la CPM.

-Soy consultora a nivel nacional e internacional en casos de violencia institucional, lesiones, vejámenes, torturas y muertes en custodia.

-Contanos algunas conclusiones -da pie Ocampo Pilla, pero aparece el abogado defensor Gonzalo Alba.

-La comparecencia de la perito es a los efectos de ampliar o dar detalles de lo que está escrito, no para hacer una pericia en vivo -interviene Alba, cabeza afeitada y una barba que comienza en las patillas.

-No, no va a hacer una pericia en vivo. Va a hacer una correlación de los tres análisis que están por separado y los analizará a nivel global -lo frena el juez.

-Entiendo que eso está incorporado -insiste Alba.

-Pero esto es un testimonio, no es un informe.. ¡es un testimonio! -le responde Burrone, a punto de perder la paciencia-. La escuchamos.

-Quiero dejar en claro que la visión que voy a vertir se ajusta al Protocolo de Estambul para casos de torturas, o al Protocolo de Minessota para casos de muertes en custodia. Éste es un caso de muertes bajo custodia.

Después de todas estas aclaraciones, ida y vueltas, Créimer explica que los jóvenes murieron por tres factores. En primer lugar, las quemaduras, «que van de un 25% a un 90% de la superficie corporal en las diferentes víctimas”. Y señala: «Los cuerpos que tenían más allá del 50% de quemaduras implica una muerte segura, según mi experiencia».

También suma una segunda causa «de enorme gravedad, que transcurre no sólo por el contacto con el evento ígneo, sino por el tiempo transcurrido”. Continúa: “Además de las quemaduras hubo inhalación de sustancias tóxicas, como pueden ser el monóxido de carbono y el ácido cianhídrico. Hay una falta de oxígeno en los tejidos que produce una depresión del sistema nervioso y del sistema respiratorio que puede llevar a la muerte”.

“Entonces, las muertes se producen por las quemaduras, la inhalación de monóxido de carbono y la inhalación de ácido cianhídrico», concluye categóricamente. El análisis de Créimer deja claro que hubo desatención, por lo menos, de parte de los policías, ya que situó las muertes en un rango temporal por  «la carbonización de los cuerpos entre 15 y 30 minutos de exposición al fuego directo”. Luego de ese tiempo, explica, “se produce el coma” pero hasta ese momento, “hay conciencia».

Algunas personas en la sala se contorsionan de dolor. Las perturba la agonía, y saber que los pibes encerrados en la celda 1 tuvieron conciencia casi hasta el último suspiro.

Boxeadores

Créimer mueve sus manos para ir remarcando sus palabras. Cuando es tajante y segura, su mano derecha estirada golpea la palma izquierda como si cortara una torta. Pero esta vez su gestualidad servirá para entender en qué posición se entumecen los cuerpos sometidos a este tipo de hechos: «Cuando los cuerpos están sometidos durante mucho tiempo al fuego y se produce la carbonización, los músculos flexores se doblan sobre los extensores, es decir que la posición del cuerpo -la actúa mientras relata- se llama de boxeador», porque es como si se levantara la guardia, con los puños cerrados cerca de la cara.

Explica también que las altas temperaturas aceleran la rigidez cadavérica. Si en una muerte normal puede llevar 6 horas, en casos como el de la Masacre de Pergamino, «esta posición del boxeador habla tanto del calor como de la inhalación de sustancias tóxicas».

-¿Cómo se explica que haya habido 12 sobrevivientes en el sector donde se producen los focos ígneos? -quiere saber Ocampo Pilla.

-Porque se encontraban en una situación más lejana al proceso ígneo y no expuestos de manera tan directa. Si bien han consumido monóxido de carbono y ácido cianhídrico, no ha sido en tanta cantidad.

-¿Considerás que si los chicos de la celda 1 hubieran sido retirados del lugar habrían sobrevivido? -pregunta la abogada.

-Habrían tenido chances de sobrevivir.

Antes de irse, la perito recuerda que también actuó en la causa conocida como la Masacre de Magdalena, en la que murieron 33 presos de ese penal bonaerense. Dice que aquel crimen masivo fue tomado como base para armar el protocolo de Minessotta, que se utiliza para la investigación legal de ejecuciones extralegales, arbitrarias y sumarias.

En apenas media hora, Créimer dejó en evidencia, a través de sus estudios, el tiempo mínimo de desatención transcurrido, curiosamente similar a lo que duró su exposición ante el tribunal. Los defensores no efectuaron preguntas, tal vez porque no hallaron fisuras por dónde entrar para ayudar a sus clientes.

Un policía que complica a sus colegas

El último testigo de la semana es un policía. La jornada anterior, las tres personas llamadas por la defensa incurrieron en contradicciones. En esta ocasión, policía motorizado Mauro Chida fue convocado por la querella. Está sentado en el medio del salón, después de recorrer el camino entre el público y de trasponer la larga y gruesa valla de madera que actúa como símbolo de la separación entre la Justicia y la gente.

Podría arriesgarse que la situación de Chida no es complicada, porque tuvo la fortuna de irse del lugar en el momento del inicio del primer incendio. Su testimonio deja varias certezas, ya sea a través de las preguntas de las querellas o las del juez, y también algunas dudas. El 2 de marzo de 2017, Chida llegó con su moto custodiando a una patrulla que había detenido a una persona. Terminado ese trámite se fue, no queda claro si apenas antes o ya después del primer humo. Pero en esa estadía en la Comisaría 1ª fue testigo del engome de los detenidos; es decir, del encierro al que fueron sometidos como castigo después de la discusión entre dos de los que luego morirían.

Aquí viene su primer aporte: cuenta que luego del engome, le dio las llaves de las celdas a Alexis Eva. Después del testimonio del policía Hamué, que dijo haber entregado las llaves a Eva en otro momento de la tarde, la situación de uno de los imputados parece cada vez más complicada: siempre, en cualquier circunstancia, el manojo terminaba en manos de Eva. En otro momento del testimonio de Chida, después de haber visto el video para identificar los horarios de su llegada y su salida, el juez Burrone le pregunta:

-Dígame, ¿usted conoce a Renzo Giracci? -consulta en referencia al policía que en la jornada anterior se contradijo a tal punto que es posible suponer que no estuvo en la comisaría cuando dijo que estuvo.

-Sí, lo conozco.

-¿Y lo vio cuando fue a la comisaría?

-Mmm… no recuerdo -señala el testigo, moviendo la cabeza, después de dudar.

Es difícil suponer que la memoria le falle justo en ese lapso, después de haber nombrado a todas las demás personas a las que vio en la comisaría.

Ya sobre el cierre de la jornada, se produce un cruce entre Burrone y el abogado defensor Alba, que resulta ilustrativo del cansancio del juez.

-¿Usted conoce la comisaría? -sorprende Alba al testigo.

-Sí -le dice, luego de comprobar que había entendido bien la pregunta.

-¿Y esa cámara muestra la entrada de la comisaría?

-No, la comisaría está un edificio más allá -le responde Chida.

-A ver, doctor -interviene el juez, claramente ofuscado-, ¿usted está queriendo que el testigo nos explique dónde queda la comisaría? Nosotros hace 30 años que pasamos por ahí todos los días. Ya sabemos dónde queda la comisaría.

Alba regresó ayer mismo a La Plata pensando, seguramente, si le queda alguna chance para dar vuelta una situación que parece cada vez más cercana e irreversible: la condena de sus imputados. En esta audiencia  quedó claro que juega de visitante.

Texto: Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia), Fernando Tebele (La Retaguardia) y Andrés Masotto (Radio Presente)

Fotos: Andrés Masotto

Edición: Mariano Pagnucco (Cítrica) Julián Bouvier (La Retaguardia)

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

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