SANTA FE, CORONDA, «MODELO» DE UNA DOBLE PRISIONIZACIÓN

La Iglesia Evangélica Pentecostal y su nefasta labor en las cárceles

(Por Federico R./APL) «La Unidad 1 Coronda se ha convertido desde mediados del 2008, en “Modelo” de un nuevo tipo de doble prisionización administrado por emergentes del capitalismo central, autodenominados pastores evangélicos. Dentro de los pabellones-iglesias, dichos pastores ponen en marcha día tras día un programa de reconfiguración conductual, basado en estrategias de convencimiento y repetición de actividades tanto físicas como intelectuales, que van moldeando las estructuras de la personalidad del sujeto detenido y de su encuentro con el mundo, si sobrevive, en condiciones de devastación humana. (…)Por lo cual  el evangelismo se inserta en las cárceles santafesinas,  como instrumento de silenciamiento que permite  controlar las voluntades de los presos  aliviando y dándole sentido a sus padecimientos mediante la idea de un mundo de dicha ilusoria y la promesa de una vida eterna, mientras  permite  al SP operar con tranquilidad en el ejercicio de las  violaciones a los derechos fundamentales de las personas, realizando  vejámenes de toda índole,  torturas, suicidios inducidos y otras tantas prácticas tendientes a la devastación humana como parte de un macabro plan de  eliminación  secuencial y  selectiva de personas privadas de  todo derecho , aún del más fundamental, como lo es el derecho a la vida». Párrafos salientes del artículo de Federico R., cuyo texto completo publicamos más abajo.

La Unidad 1 Coronda se ha convertido desde mediados del 2008, en “Modelo” de un nuevo tipo de doble prisionización administrado por emergentes del capitalismo central, autodenominados pastores evangélicos. Dentro de los pabellones-iglesias, dichos pastores ponen en marcha día tras día un programa de reconfiguración conductual, basado en estrategias de convencimiento y repetición de actividades tanto físicas como intelectuales, que van moldeando las estructuras de la personalidad del sujeto detenido y de su encuentro con el mundo, si sobrevive, en condiciones de devastación humana

Por ello parece oportuno hacer una breve introducción que dé cuenta de los factores que propiciaron la creación, instalación, y sobre todo la expansión de los pabellones evangélicos en las distintas unidades penitenciarias de nuestra provincia y, a que objetivos obedece está intervención, dado que en la práctica estos pastores asumen funciones correccionalistas que se suponen en manos del estado.

 El primero de estos factores tiene que ver con lo ocurrido el 11 de abril de 2005 (masacre de Coronda ) que dio lugar a una reconfiguración en la estructura carcelaria. Luego de este hecho, la cárcel de Coronda quedó divida en dos: en el ala norte están los presos del Gran Santa Fe, y en la sur, los del Gran Rosario (división que continúa hasta nuestros días). Por temor a una revancha de aquel día en que 14 internos rosarinos fueron acribillados de manera selectiva, con omisión cómplice del Servicio Penitenciario (SP), nunca habían vuelto a cruzarse unos con otros dentro del presidio. Hasta el año 2008, cuando el pastor evangelista Nicky Cruz, ex líder de una pandilla de Nueva York, llegó desde Estados Unidos para dar «la Palabra». Unos 300 detenidos de ambos sectores de la «Unidad Modelo» coparon el patio el 26 de marzo de ese mismo año. Cantaron, oraron y volvieron a sus celdas sin ningún incidente. Esa paz contrastó con un arranque de año violento en ese mismo penal: dos asesinatos, tres suicidios e incontables peleas que «alarmaron» a las autoridades penitenciarias.

«LOS HERMANITOS»

Desde aquel trágico inicio de 2008 a este año, «los hermanitos» -así denominan los presos a los evangelistas- pasaron de controlar un sólo pabellón de los 14 que tiene la unidad uno de Coronda, a manejar ocho y tener presencia en otros dos, fenómeno que se extendió con el tiempo a la gran mayoría de los pabellones de las distintas unidades penitenciarias de Santa Fe.

En segundo lugar está la condición carcelaria en el momento en que comienza la proliferación de la iglesia evangélica, situación que era sumamente deficitaria. Los altos índices de hacinamiento, las precarias condiciones de la infraestructura carcelaria, las detenciones preventivas y las de dudoso respaldo judicial, además de las prácticas represivas por parte de los penitenciarios, acumularon gran malestar entre los presos.

En un contexto cada vez más hostil, las huelgas de hambre, los motines, las violaciones, muertes y suicidios empezaron a cobrar magnitud -y dominio público- y la administración carcelaria comenzó a instalarse en las agendas gubernamentales. Con los nuevos aires «democráticos» , el SPSF se veía cada vez más cercado por sus habituales prácticas represivas y perdía su plataforma de gobernabilidad. Comienza a tomar forma entonces la idea de una cárcel privada de gestión religiosa dentro de una cárcel pública, idea que se construye en cierto modo desde la fundamentación lógica de que la integración estructural de la iglesia evangélica como institución anexa al SP redundaría en mutuos beneficios. La cárcel recibiría en principio la aprobación simbólica, que más allá de críticas o denuncias circunstanciales, otorga la presencia física de representantes de Dios -y por tanto de todo aquello que en apariencia es deseable y bueno- dentro de una institución siempre sospechada de transgredir los derechos humanos. Por su parte, la iglesia ocuparía posiciones estratégicas en los pabellones desde donde delimitar espacios, generar actividades, habilitar o impedir actuaciones externas, es decir, moldear y reproducir a la institución que la contiene instaurando además, su propio régimen disciplinar y mecanismos coercitivos.

A esto se agrega otro supuesto, la posibilidad de lograr mediante la subjetivación de los presos el rediseño geográfico que señala Brardinelli: La creación de pabellones “segregados por religión”, es decir pabellones en los que se alojan exclusivamente los presos que se declaran “convertidos al evangelio”(Brardinelli 2007) Sólo que en esta lectura, la posición del “refugiado”, que elige entrar a los pabellones por comodidad o conveniencia, se prolonga luego, y gracias a la resocialización cristiana, en la posición sometida del “lavado de cerebro” producto de las sanciones, castigos y técnicas de intrusión que practican los pastores.

En los sectores que quedaron en manos de esa iglesia, la disciplina es estricta: a las 6 hay que estar arriba para orar, acto que se repite a las 9, 11, 15 y 17. De 20 a 22 hay dos horas de culto, donde los «siervos» o «pastores» -líderes de cada pabellón-, profesan la Palabra. No se puede fumar, menos drogarse, ni escuchar cumbia, ni usar gorritas con visera, ni mirar pornografía o programas violentos en la televisión. Ni siquiera tener en la celda la clásica mujer de almanaque, musa infaltable en las paredes tumberas.

A cambio de tanta restricción «terrenal», se consigue una celda limpia, con inodoro (un bien preciado), y la seguridad de que ante un problema no habrá un facazo de por medio, sino una intervención del líder para orar y acercarse más al Señor.

Así presentado el régimen de disciplinamiento, se justifica la presencia de la iglesia evangélica dentro de las unidades penitenciarias, como institución anexa o acoplada al sistema carcelario, donde los sujetos detenidos son vistos como «seres de la adaptación, del ajuste» (Freyre 1970), Sin embargo, lo que se oculta decir es que las iglesias externas, culturalmente trasplantadas de la globalización, llevan adelante tareas intensivas de proselitismo dentro de un Servicio Penitenciario que abandona a los reclusos, y se apoya en la funcionalidad de la propuesta evangélica con el objetivo de conservar pacificados un número suficientemente grande de pabellones, como para continuar funcionando, sin introducir cambios estructurales en el sistema.

DE PASTORES Y NEGOCIOS

A su vez, los pastores con sus iglesias montan un negocio que se alimenta en parte de los diezmos y las donaciones internas y externas mediante un sistema de mercantilización del sujeto supuestamente cristianizado, en el que se aprovecha de modo utilitarista el escape a la violencia de los pabellones comunes por parte de los presos más débiles (en términos de supervivencia) y lo convierte ya no en un refugio sino en una manera más cruenta de encierro –una segunda cárcel- en donde bajo la amenaza de expulsión se ven obligados a seguir un estilo de vida que atenta contra su alma y su personalidad, además de tener que depositar cada mes, una suma de dinero previamente estipulada por los pastores, en concepto de contraprestación por los «servicios religiosos» recibidos. (Esta es una constante que define el acontecer de la religión evangélica, dentro y fuera de la cárcel, ya que su programa educativo-dogmático está sino orientado, al menos caracterizado, por cobrar a sus adeptos una suma fija de dinero en concepto de diezmo). Los pabellones evangélicos estarían por tanto, habitados por dos tipos de figuras sociales: el refugiado, que acepta cínicamente las reglas de juego sin sentir la fe que profesa, y el convertido, que ignora que su cambio es el resultado de un lavado de cerebro, ya que ha entrando en un dispositivo, en una lógica, que podríamos denominar como la teoría de la sujeción religiosa.

La descripción del fenómeno evangélico realizada hasta el momento, aunque demasiado sucinta para elaborar determinantes, nos abre la posibilidad de intentar un marco de inteligibilidad mínimo para abordarlo desde su significación, como matriz gracias a cuya existencia el preso, (genéricamente hablando) asume una determinada conciencia, mediante el sometimiento de éste a dispositivos que suprimen identidades y subjetividades individuales, a las que suple por una voluntad colectiva, bajo el común denominador universal, de los de «hijos de Dios», y por tanto sumisos a éste o a su emisario directo, representado en la figura del pastor -que es nada menos que otro preso-, quien siguiendo esta misma premisa, dicta las reglas del bien y del mal, de lo correcto y lo incorrecto, del ascenso y descenso de las categorías de lo abyecto y de lo sublime y, por ello mismo, se ha convertido en el órgano oficial del nuevo tipo de conciencia del detenido; conciencia que se despliega en el nivel de la experiencia como en el nivel del quehacer, en la confirmación del sometimiento de un sector minoritario de presos sobre otros, que abarca distintas áreas, operando los constructos conceptuales de las mayorías oprimidas sin que éstas se revelen.

En este contexto el mecanismo disciplinario funciona como un mecanismo penal, aceptado desde una lógica internalizada que legitima el accionar coercitivo. La disciplina implica una forma específica del castigo que no se reduce a los pecados cometidos en el marco de las transgresiones espirituales solamente. Lo que compete a la penalidad disciplinaria en los pabellones evangélicos, es la inobservancia, todo lo que se aleja de ella, todo lo que no se ajusta a la regla, las desviaciones. Es punible, por tanto, todo el dominio indefinido de lo no conforme.

A primeras vistas estos pabellones pueden parecer un buen lugar para transitar una condena. Sin embargo al realizar una descripción del ordenamiento social de los pabellones-iglesias (organización, actividades, derechos, obligaciones, etc.), lo primero que hemos de señalar son las similitudes con la prisión en lo referido a su organización. La principal similitud refiere a la existencia de una estructura de mando y un orden jerárquico-verticalista cuyas variaciones o matices estarán dados por el pabellón-iglesia que se habita, aún así, todos estos espacios son encabezados por un detenido que se asume o es nombrado pastor de su pabellón, y adquiere con este nombramiento, todas las prerrogativas vinculadas a su función de líder espiritual, y responsable del dispositivo a través del cual se construirán las subjetividades colectivas mediante los mecanismos y métodos enunciados previamente.

 El orden jerárquico puede representarse pensando en el dibujo de una pirámide, de arriba hacia abajo, se encuentran el siervo, con-siervo, coordinadores, líderes (de mesas), asistentes de líderes y ovejas. Los “siervos” tienen a su cargo la totalidad del pabellón-iglesia. Deben velar por la integridad de todas sus ovejas y vigilar que las normas de convivencia sean aplicadas. Dentro de las funciones del siervo está la de dialogar con las autoridades del SP, y con cada detenido que pretende ir —o es destinado— a un pabellón iglesia. Asimismo, aquel se encarga de presidir los rituales religiosos, función que en caso de ausencia es designada a los estamentos inferiores. Parte de esos estamentos están compuestos por los consiervos, los coordinadores y los líderes (de mesa) que asisten al siervo y quedan a cargo del pabellón en los momentos en que éste no está presente. Cumplen la función de vigilar a la población y el seguimiento de las actividades, y detentan ser los calificados para “instruir en la palabra” a los integrantes de cada grupo. La diferencia en las acciones y obligaciones de cada uno de estos tres lugares suele ser imperceptible pero da cuenta de un modo de organización que establece múltiples estamentos decisionales.

 Siguiendo un ordenamiento jerárquico nos encontramos con los “asistentes” de líderes cuya función es mediar entre los “líderes” y las “ovejas”. También asisten a los consiervos en todo lo que necesitan y se hacen cargo de los grupos cuando los siervos, consiervos, coordinadores y líderes no están en el pabellón o en la prisión. Por último, las ovejas pertenecen al estamento más bajo de la pirámide y son quienes están encargadas de ejecutar las actividades de limpieza, cocina, culto, entre otras. Las ovejas acaban de ingresar al pabellón o llevan poco tiempo en él, y suelen ser las más controladas porque de esa estricta vigilancia surgirá una evaluación que se traducirá en ascensos en la estructura jerárquica, sanciones y hasta la expulsión».(Mauricio Machado 2015)

MAMUSHKA

Esta estratificación da cuenta de estructuras organizacionales similares aunque terminológicamente diferentes entre iglesias y SP, pero ambas con rasgos militarizados y reglamentistas donde rige con puño de hierro la noción de obediencia, de orden y de mando, lo que resulta en una especie de mamushka del encierro, una prisión dentro de otra.

Por lo cual, el evangelismo se inserta en las cárceles santafesinas, como instrumento de silenciamiento que permite controlar las voluntades de los presos aliviando y dándole sentido a sus padecimientos mediante la idea de un mundo de dicha ilusoria y la promesa de una vida eterna, mientras permite al SP operar con tranquilidad en el ejercicio de las violaciones a los derechos fundamentales de las personas, realizando vejámenes de toda índole, torturas, suicidios inducidos y otras tantas prácticas tendientes a la devastación humana como parte de un macabro plan de eliminación secuencial y selectiva de personas privadas de todo derecho , aún del más fundamental, como lo es el derecho a la vida. Nunca más acertado el concepto de dispositivo elaborado por Foucault para pensar la inserción y posterior consolidación del evangelismo en las prisiones. El dispositivo, en tanto conjunto de elementos heterogéneos que comprenden tanto lo discursivo como lo no discursivo (leyes, normativas, espacio, interacciones, etc.), se constituye a partir de una urgencia para luego ir sosteniendo o reconfigurando sus objetivos iniciales (Foucault, 1985). En ese sentido, la aparición del dispositivo religioso-evangélico-pentecostal es la respuesta a la emergencia que vino a concertar la creación de un nuevo tipo de matriz subjetiva, que fue consolidando y rearticulándose en nuevos objetivos hasta convertirse en componente central del mapa carcelario actual.

En virtud de ello, parece oportuno preguntarnos: ¿quienes crean el imaginario de reinserción social dentro de las cárceles?, la respuesta no es del todo clara, sobre todo teniendo en cuenta la preeminencia ( en términos cuantitativos ) de la iglesia evangélica dentro de las unidades penitenciarias de santa Fe, y más aún atendiendo a sus métodos de instalación de subjetividades propias, características de un programa sistematizado de programación conductual, al que es sometido el sujeto encarcelado.

Desde su “doble utópico”, constitutivo del dispositivo carcelario como contraparte del sistema de opresión, y por otro como una cuestionable institución religiosa llamada a regentear y extraer divisas de modo ampliado, de una clientela que en poco menos de 10 años, se ha multiplicado de forma asombrosa, el fenómeno evangélico asume dentro de las unidades penitenciarias de Santa Fe un papel correcionalista. En los pabellones-iglesia son los mismos detenidos; supuestos pastores evangélicos; legitimados por medio de acuerdos de dudosas conveniencias entre autoridades del poder legislativo y representantes externos del movimiento pentecostal-evangélico, los que detentan tener a su cargo los mecanismos pertenecientes al ámbito de la subjetivación, que se supone en manos del estado.

Estos hechos de singularidades oportunas, que no parece despertar escozores en el ámbito judicial encargado de administrar las penas, nos pone de frente a cuestionamientos del tipo: ¿Cuáles son las construcciones ideacionales en materia de reinserción social en actores vinculados a la iglesia evangélica? ¿Qué relaciones existen entre las construcciones ideacionales que estos actores tienen en materia de reinserción social y los intereses que persiguen como institución acoplada integralmente al SP? Y por último ¿Qué tipo de subjetividades se construye en estos espacios cuya reconfiguración conductual reproduce las matrices creadas, dirigidas y sistematizadas por los mismos detenidos de quienes se presuponen conductas delictuales y antitéticas a la justificación del encierro?

La generalidad de la prisión, -efecto e instrumento de relaciones de poder complejas- con todas sus determinaciones, vínculos y justificaciones, ofrece un conjunto singularmente peligroso de respuestas a estos interrogantes, apelando a discursos rimbombantes sobre el papel resocializador que cumple “al rectificar el derecho, rebajando a un nivel aceptable, casi natural, el arte de castigar” mientras, alineado a una serie de ilegalismos de índole y orígenes diversos (de los cuales el fenómeno evangélico-pentecostal es apenas una expresión más) subordina la existencia de las personas atrapadas en su interior a encarcelamientos múltiples, que en nada contribuyen a la seguridad ciudadana y mucho menos propician la rehabilitación de quién una vez cumplida su condena, volverá inexorablemente a vivir en sociedad.

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