Revivir el horror

La sala está llena. Todos/as dispuestas para empezar la segunda audiencia. Hoy declaran familiares y se siente será una jornada intensa. Ingresan los jueces. Estamos todos menos los imputados y uno de sus abogados, Gonzalo Alba. Esperamos. Matías Giuglietti (30 años) ya está sentado en el banquillo de los acusados. La puerta del costado por donde entran se abre, esposados ingresan a la sala: Brian Carrizo (25 años), Alexis Eva (38), Alberto Donza (42 años), Sergio Rodas (54) y Carolina Guevara (28 años). Una de las policías que los custodia acaricia el brazo de Guevara, como sacándole un pelo del saco. Sonríen. Se sientan. Inicia la audiencia.

Los lugares se respetan. A la izquierda, atrás de la querella familiares de las víctimas, a la derecha, atrás de la defensa, familias de los imputados. Los de la derecha escuchan cada testimonio y parecen no inmutarse, excepto una piba joven que mira para abajo de vez en cuando, denota incomodidad. El ex comisario parece no haber descansado, bosteza una y otra vez en las poco más de tres horas de audiencia. Los de la izquierda, con las caras de los pibes en las remeras, lloran la mayor parte del tiempo. La sala revive en cada testimonio el horror del 2 de marzo de 2017.

En la audiencia de hoy las familias pudieron dar testimonio de cómo vivieron y cómo se enteraron de lo que sucedía en la comisaría primera de Pergamino aquel 2 de marzo. En las declaraciones se repitieron algunos puntos que echan claridad sobre varias cuestiones: todas las familias que se comunicaban por celular con los pibes recibieron esa tarde mensajes de auxilio “vengan, hagan quilombo en la puerta que la policía nos mata”; los policías presentes esa noche, hoy imputados de abandono de persona seguido de muerte, tenían una actitud tranquila y ninguno de ellos estaba “tiznado” (manchados de hollín); algunos familiares llegaron antes que los bomberos y vieron humo que salía del patio de la comisaría primera; durante casi dos horas las familias fueron llegando a la puerta de la dependencia policial y no recibieron información sobre qué pasaba con los pibes, por el contrario, un oficial de apellido Hamué iba y venía y aseveraba que todo estaba bien; los medios de comunicación difundieron la noticia de 7 fallecidos, incluso sus nombres, antes de que un oficial de nombre Julio saliera a la puerta de la primera a gritar “como si fuera una lotería” los nombres de las siete víctimas; que un cordón no dejaba ingresar a nadie y que esa noche reprimieron.

Juan Carlos Pizarro y Milagros Pizarro son el padre y la hermana de Franco Pizarro. Ambos recibieron mensajes suyo pidiendo se acerquen a la comisaría. Cuando llegaron, también hablaron con Hamué, y a ellos también les dijo que se quedaran tranquilos, que todo estaba bien, que en un rato sacarían a los pibes. Milagros afirmó que esa noche pudo ver a Matías Giuglietti y a Carolina Guevara y como todos los testimonios coincidieron en que ninguno estaba manchado de hollín. También ellos escucharon el nombre de Franco entre los fallecidos.

“Esa tarde llamé varias veces a la comisaría, pero no me atendieron”

La primera en declarar fue Silvia Rosito, la madre de Fernando Latorre. Con su campera de Justicia x los 7, juró decir la verdad y empezó contando cómo se enteró ese 2 de marzo:

Un llamado de una amiga la alertaba que prendiera la tele, que algo pasaba en la comisaría de Pergamino. Que se apure. Al llegar ve a Alicia Pizarro (la Mamá de Franco Pizarro) y a Cristina Gramajo (madre de Sergio Filiberto) que le decía “tengamos fe que todo va a estar bien”.

Silvia, al igual que varias de las familias de los pibes, se enteró a través de la televisión de la muerte de su hijo. Al llegar a la puerta de la comisaría, su marido le dio la peor de las noticias: en la tele habían nombrado a los fallecidos y entre ellos estaba Fernando. Fue el último nombre de la lista que ese 2 de marzo gritaron en la puerta de la dependencia policial.

Al día siguiente, volvió a la comisaría primera a buscar explicaciones y Donza (ex comisario), que salía, le ofreció un café y le preguntó si necesitaba asistencia psicológica. Después se fue, diciendo que volvía al rato. Entonces habló con Alexis Eva. Relató el diálogo

-¿Cómo no pudieron abrir ese candado?
-Y, señora, no se pudo

Eva agacha la cabeza. Silvia relata que nunca hubiera hablado con Eva porque sabía que era ese Eva el que los amenazaba con una faca a los chicos y les decía “los voy a matar y voy a decir que se mataron entre ustedes”. Pero ella lo confundía con Giuglietti. Eva era Giuglietti, y Giuglietti era Eva en su cabeza.

Relató también que los últimos días lo vio a Fernando nervioso y enojado. Que quería que lo trasladen. Que Fernando le decía que la policía era una mierda, que no los dejaba pasar ni siquiera agua. Que ella no quería que lo trasladen, porque iba a ser más difícil llevarle las cosas, que la comisaría primera estaba cerca, y que si a él le pasaba algo ella iba a correr enseguida. Y terminó: “y corrí para verlo muerto”. La prima, la tía, la abuela y la pareja de Fernando la escuchan. Todas lloran.

Carla, abogada querellante de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), habilitó un lugar para que cada familiar pueda contar lo que quiera de los pibes. “Fernando es mi hijo, es mi vida, y voy a luchar hasta el último aliento, como hice desde que lo tenía en la panza. Si se equivocó, de alguna manera lo estaba pagando. Fue condenado a pena de muerte y por toda la sociedad. Merecía la oportunidad de vivir.”

“No me voy a hacer cargo de esta masacre”.

A Jorgelina Ferreyra su hijo Federico Perrotta le mandó dos mensajes de auxilio. Fue una de las primeras en llegar esa tarde a la comisaría, incluso antes que los bomberos. Cuando llegó un médico de la policía de apellido Jaume salía de Dorrego 654 y lo escuchó decir “no me voy a hacer cargo de esta masacre”. Mientras declara todos los imputados miran al fiscal menos Brian Carrizo que mantiene su mirada fija en la testigo mientras masca chicle. “Fede vivía conmigo y su hermana, hacía changas, tenía dos hijos, Pía y Ian” responde a la pregunta de quién era. Se quiebra, no puede seguir y sale. Las familias de la derecha inconmovibles al relato desgarrado.

“No se encontraron las llaves, señora”

El día anterior a la masacre, habían hecho la pericia socioambiental en la casa de Cristina Gramajo, madre de Sergio Filiberto. Se había solicitado el arresto domiciliario del Fili, como lo conocen todos, tenía afecciones de salud por las que muy probablemente la semana de la masacre iba a ser trasladado a su casa bajo la modalidad de prisión domiciliaria. Cristina fue una de las últimas madres en llegar, cerca de las 20:00. Ya lloviznaba luego del agobiante calor de todo el día.

La familia Filiberto se enteró de la noticia cuando Rocío, esposa de Diego y cuñada de Andrea, los llama a ambos. Unos minutos antes había escuchado en la radio que había un motín en la comisaría primera. Andrea avisó a Cristina que, como todos los días a esa hora, estaba preparando la comida para llevarle a Sergio. Porque ni eso le garantiza el Estado a quienes están privados/as de su libertad.

Andrea y Cristina llegan casi juntas. Estacionan. Cristina, sin dimensionar aún el hecho, atina a bajar del auto la bolsa con la cena. “Deja la comida mami, hay siete muertos”

Andrea trabaja en la Fiscalía del Fuero Penal Juvenil y de camino se había enterado por un audio de un grupo de whatsapp del trabajo “si alguno puede que se acerque a la comisaría, hay ocho muertos”.

Diego, cuando recibió el llamado de su esposa dejó todo y fue andando “como un loco”. Llegó volando. Su abuela lo había llamado desde Tucumán avisando que Sergio Filiberto estaba entre los muertos. En la puerta, algunos familiares les decían que a Sergio lo habían trasladado al hospital porque no estaba bien. Cristina quería correr allí. Andrea y Diego esperaban una respuesta oficial. Ya sabían que había muertos pero todavía, cerca de las 20:00 nadie decía los nombres. “Todos teníamos dos opciones, o nuestros hijos estaban muertos o eran sobrevivientes” declaró Cristina Gramajo conmovida.

Andrea le preguntó a todos los oficiales que conocía, por su trabajo, esa noche si su hermano estaba en la lista de las víctimas. El último intento lo hizo con Mauro Chida, otro oficial que salía de la departamental, al lado de la comisaría. “Chida se vuelve y sale con Gastón Tolosa, otro oficial y Pablo Ferreyra, compañero mío del trabajo que nos dice que nos sentemos” para confirmarles la peor de las sospechas: Sergio Filiberto estaba entre los fallecidos.

Cristina se fue porque le pidieron que busque el documento de Sergio, al regresar Hamué, el policía al que casi todos los testigos refirieron hoy, la hizo pasar para entregar el documento. Se encontró entonces con Brian Carrizo y Sergio Rodas, con la tele prendida. “No se encontraron las llaves, señora” fue lo único que le dijeron.

En su testimonio, Diego remarcó las condiciones de precariedad absoluta que se vivían en la comisaría. Su hermano durmió un tiempo en el pasillo, en una colchoneta estilo gimnasio, abajo de una ventana que da al patio interno que solo tenía rejas. No había duchas, se bañaban con un chorro que caía desde un agujero del techo que habilitaban los policías. También contó, al igual que sus familiares, que a Sergio no le entregaban la medicación debidamente. Cristina le llevaba todas las noches la cena y sus pastillas pero muchas veces no le llegaba. Andrea fue más específica en este punto “Sergio en sus cartas nos decía que la medicación de las 20:00 no le llegaba”.

Gonzalo Alba, uno de los abogados defensores, sólo tuvo preguntas para la familia Filiberto. Insistió en preguntarles sobre qué medicación le entregaban a Sergio y cuál le faltaba.

Andrea rompió en llanto al recordar al Fili. Llanto muchas veces contenido por quien siempre se mostró fuerte. Los tres recordaron las cartas con las que se comunicaba Sergio, que era un amiguero, que siempre tenía una sonrisa. Que les decía que los amaba y que quería cambiar. Dar un giro de 180 grados, salir adelante. Que era fanático de La Renga y amante de Douglas Haig (incluso su firma decía el nombre del club pergaminense).

También relató el hostigamiento que sufrieron luego de la masacre por parte de la fuerza policial. Puntualmente se refirió a que un oficial de apellido Lucero, el día posterior a la masacre publicó una foto con la leyenda “asi comienza la guardia en la Comisaría primera”.

La sala hoy estuvo dividida en dos, espacial y emocionalmente. A la izquierda, el dolor y la bronca se calmó con abrazos constantes. A la derecha los rostros permanecieron inconmovibles ante los relatos de cada uno/a de los testigos/as. Una pregunta quedó resonando en la sala y la hizo Diego Filiberto en la última declaración del día cuando expresó “no entiendo cómo se llegó a este punto”. La inhumanidad no cabe en la cabeza. Nadie puede entender cómo ninguno de los seis ex policías presentes ese día no abrió el candado de acceso a las celdas ante los ruegos desesperados de los pibes por seguir viviendo.

**Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com