LONGCHAMPS, PROVINCIA DE BUENOS AIRES

A casi tres años del asesinato de Joselin Mamani la Justicia no investiga el crimen

(Por Kuña Mbarete/APL) El 7 de enero de 2019, fue asesinada de 50 puñaladas  Joselin Nayla Mamani, en el Barrio 14 de Febrero de Longchamps. Personas cercanas a Zaira (su mamá) y a la causa señalan que la investigación, a cargo de la fiscal Fabiola Juanatey de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) especializada en Violencia de Género del Departamento Judicial de Lomas de Zamora; está estancada, sin investigación entre una mezcla de impunidad y desinterés. Joselin vivía junto a su mama Zaira (migrante boliviana) en el sur del conurbano bonaerense. En el Barrio 14 de Febrero que hasta no hace mucho era un asentamiento donde hermanos y hermanas de la “comunidad boliviana” se instalaban en un lugar que quedaba a más de 30 cuadras de la estación más cercana de tren, donde los medios de transporte locales no llegaban.

Si bien la situación ha mejorado en algunos aspectos, siendo que hoy son dos los ramales que llegan a lo que fuera la casa de Joselin, esto no ocurre así con la indignación que moviliza el cuerpo, que lo hace salir a reclamar para que se reactive la investigación, que pide justicia. La indignación por el asesinato de una niña de 10 años no llego allí.

Yunuem Velarde (allegada a la familia), nos comenta que el barrio en el año del asesinato, no tenia pavimentación en gran parte de sus calles internas, sino que eran (y muchas lo siguen siendo) de tierra. Una de las entradas por Av. Espora fue mejorada, haciéndola doble mano luego del crimen de Joselin. Por eso, y seguramente por las demoras qué siempre caracterizan a la atención cuando de barrios periféricos pobres se trata, Zaira tuvo a su hija agonizando una hora en sus brazos.

Yunuem señala que esto no fue una excepción, las mujeres en el barrio manifestaron que nunca les atendían en la comisaría y que a sus barrios no entran las ambulancias. Que no les tomaban denuncias por violación, por robos, por lesiones

DESPUÉS DEL CRIMEN; EL DESINTERÉS Y LA VIOLENCIA.

El crimen ocurrió durante el mediodía del 7 de enero, cuando Zaira salió, quedando su hija en la casa. No se forzaron las puertas, no robaron nada. Hay sospechas de un vínculo cercano a la madre pero aun así la investigación no avanza para encontrar al responsable. Es tanto el

desinterés por resolver el caso por parte de la Justicia qué aún las pericias de ADN no han sido realizadas estando a pocos meses de cumplirse tres años.

La mamá de Joselin, quien no recibió ninguna contención psicológica por parte del Estado luego de lo qué ocurrió, no solo debe luchar porque este le demuestra constantemente que no le interesa quien asesinó a su hija; sino qué ahora sobre ella cayó la revictimización, haciéndola responsable de la terrible muerte de su hija por el vínculo que tuvo con quien es el principal sospechoso del crimen.

Zaira, como una mujer migrante, pobre, del conurbano más alejado no ha dejado de sufrir la violencia desde ese día. Ni el pedido de justicia por el atropello a la integridad física de su hija, ni su integridad mental parecen preocupar al Estado.

Tampoco fue de interés de la escuela a la cual concurría Joselin, “la 9 de Longchamps”, como se la conoce (aunque su nombre completo es “Escuela Nº9 Profesor Ricardo Monner Sans”); el pronunciarse de alguna manera ante lo ocurrido, ni por parte de las autoridades ni de su cuerpo docente. ¿Una niña es asesinada de la forma más brutal y el espacio al qué ella concurría día a día guarda silencio? ¿En ningún momento se les ocurrió pronunciarse de alguna manera?

Yunuem nos comenta que la violencia no solo fue de las instituciones del estado que tendrían que haber hecho algo en ese momento y a lo largo de los años; sino también de organizaciones con presencia en el barrio como el FOL. “Yo los señalo como gente qué violentó a Zaira. No solo dando a entender que tenían cosas más importantes que hacer, otras prioridades; sino específicamente porque ella les parecía muy `dura`. Es decir, en criollo, qué no entiende. Este espacio tuvo nula empatía con Zaira, y se lo demostraban constantemente. Ellos querían que ella se quedase en el barrio, nunca intentaron entender que ella no podía quedarse en el lugar donde a su hija la habían asesinado”, nos dice Yunuem.

LA INTEGRIDAD FÍSICA Y MENTAL DE LOS CUERPOS MIGRANTES, INDÍGENAS  Y NEGROS IMPORTAN!

Quienes habitamos cuerpos oscuros, migrantes, identidades indígenas o afrodescendientes sabemos que muchos de los temas que nos preocupan día a día no lo serán jamás de interés de quienes no padecen nuestras opresiones.

Sabemos que si las personas que mueren son migrantes en un taller textil, o un hermano mapuche en una recuperación territorial, o unas niñas guaraní a manos del Estado infanticida paraguayo; la indignación es menos. No es prioridad, no forma parte de muchas de las

banderas de los espacios que en teoría asumen esas luchas. Sus historias son olvidadas prontamente, los reclamos de justicia pierden fuerza y así vamos notando que nuestras muertes duelen menos.

Lo qué ocurrió con Joselin y con Zaira así lo demuestra.

Poco sabemos de lo qué le gustaba a Joselin, si era buena alumna, compañera, qué hacía día a día. No ha sido recordada por sus maestrxs, no no se ha generado una memoria alrededor de ella. Ella no ha tenido lo que otras víctimas han tenido. Su imagen no ha sido tomada por dibujantes, artistas, muralistas para que se nos impregne en la retina; no ha sido poema, canción. El arte no llegó a Joselin para estimular la memoria y el pedido de justicia. Ella es la víctima deshumanizada, como históricamente nos cabe a los cuerpos racializados. Desde hace 529 años ese es el argumento que se usa para justificar las violencias sobre nosotrxs. Ahora, 2021, no se justifica su asesinato, pero indigna menos. La falta de humanidad qué rodea a una hermanita de 10 años no es algo nuevo, la estructura que lo sostiene es la misma (colonialismo), solo han cambiado las maneras en que se manifiesta.

Por otro lado, la violencia ejercida contra Zaira. No solo del Estado, sino de espacios que se manifiestan en lucha. Porque Zaira no era el ”tipo” de madre luchadora por el asesinato de su hija que “lxs luchadores” necesitan. Y así se lo demuestran; le cuestionan decisiones sobre cómo ella enfrenta el duelo diciendo qué debería quedarse en el barrio luchando ahí. Por supuesto, la colonialidad también está presente en organizaciones barriales; y para ellxs solo hay un modo de luchar y resistir. Zaira no es “dura”, no es que ella “no entiende”; ella tomó las decisiones que pudo en un momento de dolor inmenso. Quizás las prioridades deberían ser acompañar sin imponer.

Sin embargo, habemos quienes recordamos a aquellxs que la indignación selectiva no ha elegido. Lxs recordamos en nuestros perfiles, espacios, memorias, reclamos, paredes con la fuerte convicción de que nuestrxs hermanitxs merecen infancias donde su corazón este repleto de orgullo por su identidad, y no de puñaladas.

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